lunes, octubre 20

AMERICAN GODS


Autor: Neil Gaiman
Editorial: Norma editorial
Recomendado para: Jóvenes lectores
Novela
American Gods  es justo esa novela que una vez leída se queda para siempre en tus recuerdos y comienza a hacer parte de tus referencias constantes. Luego te das cuenta de que lees otro libro de Gaiman, bien sea Los hijos de Anansi o El libro del cementerio y te das cuenta que te has quedado enganchado, que has ingresado a un autor a tu biblioteca y que comienza a hacer parte de tu propia mitología.
Sin contar a Sandman, American Gods es la obra fundamental de Neil Gaiman, en ella recoge sus más importantes temas y los desarrolla de manera magistral. Aunque decir eso sea quedarse corto. Pero, ¿qué es lo que hace tan relevante a Gaiman dentro de la literatura fantástica en general? Podríamos decir que su importancia se resume en la capacidad que ha tenido su autor de apropiarse de diversas mitologías –en especial la nórdica- y darles vida sobre la página. Más aún darles vida en tierras norteamericanas y representar toda la influencia que el “nuevo continente” ha tenido sobre los dioses que viajaron con los primeros colonizadores. Así, desde Wothan hasta Bastet, desde el Gran Espíritu hasta Anansi, encuentran en este relato su lugar en toda su complejidad, con facetas que abarcan mucho más allá de lo que insinúan las páginas de los diccionarios de mitología. De alguna manera el lector presencia el movimiento de una mitología viva, en nada relacionado con la de los museos o de los libros de historia.
Debe señalarse sin embargo, que aunque ágil American Gods no es libro complaciente ni ágil, por el contrario, está lleno de símbolos, de guiños a historias del folklore, a mitologías casi olvidadas, y a una declaración de la tierra norteamericana, árida para cualquier tipo de dios.
Al lector sólo le queda una certeza final: Solo los dioses son reales.

jueves, octubre 16

LITERATURA JUVENIL Y PROMOCIÓN DE LECTURA. El lugar del promotor. La escuela II.

Cuando mi madre me veía elegir un libro en una librería, siempre me dirigía una pregunta encantadora y cargada de sentido: ¿ese libro si le va a servir de algo? Era encantadora porque desde ese entonces, en aquella lejana época de mi adolescencia, se abrieron las puertas de mi capacidad de imaginación. Así, fui capaz de argumentar que Parque Jurásico de Michael Crichton me servía para un ensayo acerca del autismo que estaba adelantando (que sí me sirvió, que el único que lo entendió fue el profesor es otra cosa. Por otro lado, mis compañeros de carrera jamás pudieron entender como la castración operaba en El show de Truman), que Asimov me servía para ilustrar algunos elementos de psicología social o que Gibson podía sustentar la alienación social causada por la tecnología. La ciencia ficción nunca fue difícil de sustentar en relación con mi elección de carrera, en cambio la fantasía, bueno, la fantasía era otra cosa. Hoy que vivo de los libros, aún mi madre me sigue haciendo la misma pregunta, ¿ese libro si le va a servir de algo?
Es ese mismo afán de utilidad el que guía la escuela. Esa necesidad de sustentar ante muchos padres la utilidad del libro, la capacidad que tiene el lector en formación de acabar Antología de los mejores relatos de ciencia ficción, Cóndores no entierran todos los días o Cien años de soledad en un trimestre o menos. Acabarlo, porque ya veremos si disfrutarlo o entenderlo. Porque, entiéndase bien, para muchos adolescentes la escuela arruina los libros. Al menos eso manifestó el estudiante de un colegio en donde una docente, con la mejor de las intenciones, tuvo la iniciativa de elegir Twilight Crepúsculo- como libro de English and literature: El colegio se tira los buenos libros.
Si concordamos con este estudiante encontraremos una de las grandes dificultades en la formación de lectores en la escuela. Ante su esfuerzo por formar lectores competentes, se olvida de formar buenos lectores. Ante el esfuerzo de evaluar las competencias se olvida de dialogar acerca de los buenos libros, de construir el amor por la lectura.
Como mencionamos con anterioridad, el docente mediador no puede alejarse de su rol como formador de lectores competentes y menos aún de responder ante las exigencias de los padres y las directivas. Porque los padres y la administración exigirán buenos resultados en los exámenes, en las pruebas bianuales, al final del período del bachillerato, al final de la educación profesional. ¿De qué le sirve leer tanto si no puede responder bien las pruebas ICFES/ PISA? Esta es la afrentosa pregunta que recibe el lector de Shakespeare, de Pessoa, de King.
De esta manera nunca antes la palabra medidor describió tan bien al docente. Una criatura que se halla justo en el medio entre lo que quiere hacer y lo que le piden hacer. Así que no hay otra opción que robarle tiempo al tiempo, al currículo, a las reuniones, a las exigencias administrativas, a la vida en pareja, para poder construir un espacio paralelo de lecturas que se comparten, de poemas fugaces, de prosa rauda, que se transmite entre una y otra clase, en forma de lectura en voz alta, de libro reseñado, comentado, criticado. En medio de una conversación acerca del libro de moda, del libro que se está leyendo en otra clase; y recordando que el proceso del niño, del adolescente, difiere sustancialmente del nuestro, porque él está descubriendo, inventado de alguna manera autores nuevos, porque aunque estén leyendo a los clásicos, para ellos son autores nuevos, que reinventan con su voz.
Aclaremos que el mediador tampoco debe emocionarse. No hay soluciones fáciles ni universales. Las ventajas de ser invisible le encanta a las niñas de los últimos grados, ¿pero quién se anima a leer esas escenas donde Charlie ve que una chica le hace sexo oral a un compañero? o ¿cómo detenerse cuando se está leyendo Seda y la mitad del grupo se aburre pero la otra mitad se halla en el éxtasis? o ¿cómo explicarles que El cobrador  de Fonseca, emplea toda esa carga de violencia en el lenguaje como un reflejo de la violencia en la que se encuentra inmerso? o ¿cómo explicarles que la mitad de la obra de Bukowski habla de chochos y pelos y piernas, porque él sólo puede expresarse a través del cuerpo, que le es lo más cercano, lo más íntimo? y ¿cómo no detenerse cuando solo uno de los alumnos parece seguir la lectura?
Lo importante sin embargo, es que el docente no está solo, no debe estar solo, como mediador de lectura en ese espacio privilegiado que es la escuela.

Pero como siempre, ese será tema de otra entrada y será tocado en otra ocasión. ¿Aún me sigues, oh amable lector? 

sábado, octubre 11

EL GLOBO. Restaurante – taller


Algunas de mis escenas favoritas de Calvin & Hobbes tienen que ver con sus visitas a los restaurantes. En primer lugar porque cuando lo hacen, a Calvin siempre le ponen saco y corbata; y en segundo lugar porque cuando pueden llevar a Hobbes la situación se pone un poco más surrealista. Sin embargo la cuestión es clara, entre tantos espacios que niegan la infancia, el restaurante, relacionado con el placer de la buena comida, es uno más. Así que a Calvin solo le queda fantasear en casa con la comida que le dan, comida que termina siendo atacada, descuartizada y regada por toda la casa. Comida sana, de manera muy probable, pero que es presentada de una manera muy sosa.
El día de ayer, 10 de octubre de 2014, visité el restaurante que quizá le habría gustado a Calvin, porque es un restaurante pensado para niños, y porque visiblemente es mucho más que un restaurante, El globo. En él Silvia Valencia ha concebido un espacio hermoso, con escenario, decoraciones, platos de comida y libros para niños. Así, es posible encontrarse detalles llenos de vida y de infancia en cada una de las estancias que conforman este espacio. Desde los platos, porciones pequeñas, divertidas y sanas (la comida es 100% realizada en el restaurante, desde el pan hasta las salsas) hasta los espacios de talleres y la librería, en donde los chicos y adultos tendrán un lugar de encuentro y diversión. De esta manera, en un lugar donde hay pocas posibilidades de diversión, se ha erigido El globo, como un homenaje a la infancia.
El globo puede ser visitado en: Calle 4A #34-20 B/ San Fernando Viejo. Teléfonos: 3044291 -3174251353  
Sus horarios de atención son: Martes a viernes de 3:00 p.m. a 9:00 p.m. Sábados de 12:00 a.m. a 9:00 p.m. y domingos de 12:00 a.m. a 6:00 p.m.
También pueden visitar su página en Facebook (https://www.facebook.com/elgloborestaurante?fref=ts ), que les brindará una pálida idea de lo que en verdad pueden encontrarse.

 
  









miércoles, octubre 8

LITERATURA JUVENIL Y PROMOCIÓN DE LECTURA. El lugar del promotor. La escuela I.


Si hemos sido juiciosos hasta ahora debemos convenir en algo. La literatura juvenil no es propiamente lo que las editoriales signan como tal. No, se trata de un territorio de frontera en donde se puede encontrar una amplia gama de publicaciones, desde Cuentos en verso para niños en verso hasta Shakespeare; desde Mark Twain hasta Cincuenta sombras de Gray. La razón de las generalizaciones se halla en un error común, la asunción de que a determinadas edades se gusta de determinados libros. Esta categorización de libros por edades es propia del aparato mediador más grande que existe, la escuela.
No podemos olvidar que los niños y adolescentes por lo general no pueden adquirir libros por sí mismos, así que sus gustos e intereses son mediados por sus padres. ¿A quién acuden, en inmensa mayoría, los padres para determinar cuáles son los libros más adecuados para sus hijos en su desarrollo lector? A la escuela. Ante todo cuando muchos padres no son lectores por sí mismos.
La escuela ha detentado un lugar cada vez más preponderante en la mediación entre el mundo real y las etapas de desarrollo; es en ella en quien se ha descargado la responsabilidad de educar en nuestro tiempo. Al punto de que si un niño es maleducado o simplemente grosero los padres no suelen mirarse a sí mismo, miran a los docentes y a la institución escolar en general. Esto aún es más evidente en la escuela secundaria.
Ya lo decía Pennac en su célebre ensayo Como una novela. Mientras los niños son pequeños y se encuentran en el seno familiar, los padres buscan las bibliotecas públicas e incluso van a librerías con los pequeños a buscar las publicaciones adecuadas para ellos. Son los padres entonces los primeros mediadores, pero al llegar a la edad escolar las orientaciones, la mediación tiene lugar en el colegio. Los padres no suelen discutir, se acogen a las decisiones de los profesores y rectores, las decisiones institucionales. Aquí hay un divorcio de objetivos, puesto que la escuela busca formar, no en gustos lectores, sino en competencias básicas que permitan a los niños y jóvenes enfrentarse a una amplia variedad de textos y, no lo podemos negar, a entregar a los lectores en formación aquello que podemos denominar el canon. Dicho de otra forma, aquellas lecturas que han sido, y son, indispensables en la formación del pensamiento occidental. No podemos discutir la labor que en esto tiene la escuela. No podemos discutir las razones que llevan a los padres a entregar estos procesos de formación a las instituciones educativas. Discutimos en cambio la labor que tienen, que han tenido que asumir los docentes en las escuelas.
En los primeros años de formación, en lo que podemos llamar preescolar y primaria, el acceso a los libros, al material escrito, se halla principalmente guiado por la lúdica, por el aprehendizaje del gusto. Los docentes leen en voz alta, discuten, inventan canciones, proponen interpretaciones a los libros álbum y libros ilustrados, brindan herramientas para que los chicos se apropien de las lecturas. El acceso a la secundaria tiene otro sabor. Se espera que los alumnos hayan accedido a las claves básicas de la decodificación, interpretación y análisis crítico, es entonces cuando se enfrentan, se considera que son capaces de enfrentarse, a los análisis de obras más “duras”. Hacen así su ingreso obras cumbres del pensamiento occidental, El doctor Jekyll y Mr. Hide, El señor de las moscas, El gigante egoísta. Los libros entonces no son mediados en virtud de su valor estético intrínseco, si no de la capacidad de análisis que el lector en formación pueda tener al enfrentarse a ellos. También sucede, de manera casi imperceptible, que se olvidan de los juegos de palabras, la poesía, el goce de la representación y el drama. El papel del mediador cambia de manera drástica, el goce es dejado a un lado, es el lugar de la crítica, de la inferencia, de la construcción de sentido en virtud de X o Y teoría. No nos malentendamos, estos elementos ayudan a que los lectores puedan sacar otros elementos en los que las obras literarias se hallan inmersos, pero el mediador toma un papel más duro, el de juez, el de evaluador. Así el libro se convierte en un conjunto de datos de los cuales se debe poder sacar algo de utilidad, y que va mucho más allá de la moraleja, del deber ser.
Son estas circunstancias las que alejan a los mediadores de los adolescentes, porque a su vez estos se convierten en duros auditorios, sospechosos, repelentes. ¿Dónde está la trampa?, ¿cómo se va a evaluar?, ¿qué se espera que hagamos con esto que se nos entrega? El joven sospecha, y el mediador es comenzado a ver casi como un criminal, pues no es otra cosa que objeto de sospecha. ¿Dónde está entonces la trampa?
Si me permites la dilación, oh amable lector, retomaremos en una próxima entrada estos interrogantes. 

martes, octubre 7

¿QUÉ ES LA LITERATURA JUVENIL? El aspecto del lector II

Foto de Nathalia Rivero, tomada de la página de facebook de Riders
He de iniciar esta entrada con una generalización: hasta el lanzamiento de Harry Potter en 1997, no existía una literatura juvenil propiamente dicha. Existían libros para jóvenes, por supuesto, y libros que los jóvenes se habían apropiado. Pero no existía una literatura juvenil como tal.
Antes de continuar debo declarar que no me gusta Harry Potter, que me parece que el mundo que J. K. Rowling describe es demasiado deudor de Tolkien, y que de alguna manera toma sus mejores partes y las infantiliza sin pudor. Con todo esto, sin embargo, la serie de Harry Potter logró algo de lo que muy pocas obras pueden ufanarse, creció con sus lectores. Durante diez años Potter y sus amigos –quienes hacen todo por él- entretuvieron a los lectores, que enamorados de ese universo que se había expandido también con el trascurso de los años esperaron con paciencia a que fueran apareciendo los libros. Por supuesto podría alegarse que no es la única saga que ha hecho esperar a sus lectores. Se puede mencionar entonces la saga de la Fundación de Isaac Asimov, la infinita Dragonlance, la inacabable Dune e incluso a Sherlock Holmes. Sin embargo, gracias a la globalización y al mercadeo –no se puede omitir su participación en este fenómeno-, entre otras razones, ha sido unas de las pocas veces en la historia que un conjunto de lectores ha crecido a la par que su protagonista. Y no sólo crecieron de tamaño, sino que también lo hicieron como lectores. Eso implicó que debieron apoderarse de otras obras, de otros mercados, de otras sagas. Así, autores como Terry Gilliam y Neil Gaiman también vieron acrecentados el número de lectores, lectores que en muchos casos no habrían concebido al principio. Pero el fenómeno escapó del campo de la fantasía, porque no necesariamente (y esto lo olvidaron por mucho tiempo las editoriales) los jóvenes están necesitados de Fantasía. En Colombia, por ejemplo, estos lectores se apropiaron de la obra de Mario Mendoza, que escribe obras de carácter político y realista.
Es aquí donde debemos detenernos para recordar que el mercadeo ha creado un estereotipo de lo que debe leer un joven, pero el sujeto real escapa por mucho de esos débiles límites. Para ejemplificar este punto hablaré de un fenómeno que durante los dos últimos años, aproximadamente, se ha dado en Cali. Este fenómeno se llama Riders.
Riders nace, ya me corregirán ello, como una iniciativa de jóvenes y para jóvenes que un buen día deciden reunirse en un centro comercial para hablar de libros. No son fanáticos de una saga o de un autor en particular, sólo les gusta hablar de libros. Sin embargo ante la dispersión que ofrece un centro comercial deciden acercarse a la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero –Sí, esa que estuvo a punto de cerrar hace algún tiempo por falta de presupuesto departamental, porque así hacemos las cosas en Colombia- y se encuentran con un promotor de lectura que se reinventa bajo el pseudónimo de Spaguetti Morela Alfin y que no sólo les escucha sino que se convierte en una piedra de toque, un dinamizador del proceso juvenil. Seamos claro, John Jairo Navia -Spaguetti- no inventa Riders, lo que hace es sencillo, los escucha y se compromete con ellos.
En su página de Facebook sus integrantes –que oscilan entre los trece y los veinte años de edad- dan cuenta de sus escritos, sus intereses y, sí, sus lecturas. Estas últimas abordan a autores como Rick Riordan, J.K Rowling –por supuesto-, John Green, Edgard Allan Poe, William Shakespeare, Piedad Bonnet, Suzanne Collins, Stephen King – si hacen un conversatorio o evento sobre King me apunto sin resquemor alguno- y F. Scott Fitzgerald, solo por nombrar algunos.    
Así, el lector juvenil no es sólo aquel que consume lo que las editoriales y librerías ubican bajo el rotulo de juvenil sino que sus lecturas van más allá, mucho más allá.
Más aún, hay que hacer un alto, uno nuevo, y aclarar que el lector joven actual, no solo consume libros impresos, sino que los devora –principalmente ante sus altos precios- en formatos electrónicos, ya sea a través de tabletas, celulares, kindles o computadores. Por eso, las viejas encuestas acerca de hábitos lectores y de consumo ya no pueden detenerse en el número de libros que son adquiridos en las librerías, porque estas no pueden reflejar la actualidad del consumo cultural.  

Queda entonces preguntarse: Si bajo la égida de la literatura juvenil el mundo del mercadeo y la publicidad lanzan uno tras otro productos premasticados –hay muchos títulos y autores que brillan por sí mismo a pesar del mercado- bajo el signo de lo que los jóvenes consumirán, ¿cuál será entonces en papel del promotor de lectura? 

jueves, octubre 2

¿QUÉ ES LA LITERATURA JUVENIL? El aspecto del lector I

Portada de Los tres mosqueteros, publicada por Oveja negra, uno de mis libros más recordados.

Si bien la literatura juvenil es un concepto relativamente nuevo, no lo es el de literatura ni mucho menos el de joven. Entonces, ¿cómo era la literatura juvenil antes de la existencia de la literatura juvenil? Revisar este concepto es importante para que entendamos algunos de los comportamientos que se están dando en la actualidad en los campos editorial y de promoción de lectura.
Para poder realizar esta exploración tendremos que retrotraernos muchos años, quizás hasta el surgimiento de los folletines. ¿Por qué nos adentramos en los folletines? Porque los señores Dickens y Dumas cultivaron este tipo de novela que consistía en realizar entregas periódicas de las obras y que supusieron la necesidad de terminar en punta cada uno de los capítulos, para que una semana después los lectores ansiosos por saber que sucedía con sus héroes compraran el siguiente y el siguiente ad absurdum (si lo consideran un género muerto bien se puede observar las técnicas narrativas de autores como Arturo Pérez Reverté o G.R.R. Martin). Más allá del arte, innegable de estos autores, tenemos en ellos a los padres de la literatura por entretenimiento. Muchos de los grandes autores que los lectores de mi generación cultivamos y muchos de los que se tienen por imprescindibles –como Balzac- publicaron folletines.
Es de señalar que en ningún momento estos autores escribieron para un público exclusivo –aunque bien que sí conocían a su público y lo que ellos querían- sino para una masa hambrienta que esperaba semanalmente su dosis de ficción. Así nacieron obras como Los tres mosqueteros, Los hermanos Karamazov, Sandokán y Las aventuras de Pinocho, por nombrar solo algunos títulos.
Si bien en su momento los editores hicieron su agosto, fueron los lectores quienes en últimas eligieron que autores eran sus preferidos, de qué personajes querían saber más y cuáles eran los villanos más detestados. Este género, denostado en su momento, fue, como ya vimos, el padre de una gran generación de autores.
Lo mismo sucedió con mi generación y algunas generaciones anteriores. Las primeras obras que cayeron en mis manos –y muchos de quienes leen estas líneas se sentirán identificados- fueron Los tres mosqueteros y Sherlock Holmes y Veinte mil leguas de viaje submarino, que, o bien aparecían por entregas en suplementos dominicales o en tomos ilustrados que “aparecían” por múltiples razones en las casas, heredados de padres, abuelos o tíos, que ofrecían algunas de sus lecturas favoritas a los más pequeños.
No fue una literatura pensada para jóvenes –a muchos de ellos el estilo de Dickens o Balzac les parecerá demasiado rimbombante y descriptivo- sino que fueron los jóvenes –que fuimos y/o somos- quienes los elegimos como nuestros. Para muchos de los lectores de hoy en día el procedimiento ha sido similar, pero ese es un aspecto que continuaremos revisando en la próxima entrada (espero que esta apropiación folletinesca sirva para mantenerte pendiente, Oh amable lector). 

miércoles, octubre 1

¿QUÉ ES LA LITERATURA JUVENIL? : El aspecto editorial.

Imágen tomada de: piezasdeaocho.blogspot.com
Al escribir un concepto podemos pensar que aquello que engloba se trata de una unidad. Si bien la lógica nos enseña que bajo el concepto esfera se agrupan todas las figuras que cumplen con la idea de esfericidad, en detrimento de sus características físicas como color o tamaño, aplicar esta idea al campo literario puede ser muy complicado. Así, al agrupar el concepto de literatura latinoamericana podemos encontrarnos en extremos tan diversos como Joao Guimaraes Rosa, William Ospina o Jorge Luis Borges, todos ellos con sus propias características, con sus propios mundos.
De la misma manera, al aplicar el epíteto de Literatura Juvenil, podemos encontrarnos con dos divisiones principales. A la primera de ella correspondería aquello que se considera se ha escrito para jóvenes; en tanto en la segunda se puede considerar todo aquello que los jóvenes se han apropiado como suyo.
En el primer caso encontraríamos un gran conjunto de obras que las editoriales han rubricado con el término juvenil, teniendo en cuenta, en apariencia, que se trata de obras de aventuras o romance o una mezcla extraña de ambas, escritas en estilo cinematográfico y cuyos protagonistas, de manera casi invariable, están entre los trece y los diecinueve años de edad.  Al menos, de manera general, podemos describir así lo que nos encontramos en el mercado en la actualidad. Así, libros tan disímiles como Harry Potter, Crepúsculo, las ventajas de ser invisible o Bajo la misma estrella, se pueden encontrar con el mismo rótulo. El signo del cine no es ajeno a ninguno de estos títulos.
En Colombia los éxitos cinematográficos han dejado su impronta en el mercado editorial. Un ejemplo de ello es que al poco tiempo del éxito de la adaptación de El señor de los anillos, en muchas librerías surgió una nueva sección: Ciencia ficción. Eso, sin importar qua la obra de Tolkien no tiene ningún elemento de extrapolación científica. De esta forma, las librerías amontonaron bajo ese mismo título las obras de Asimov, de H.P. Lovecraft, Ambrose Bierce, Robert E. Howard, Stephen King y J. K. Rowling, solo por citar algunos. Por supuesto, y lo podemos constatar con el simple hecho de que la sección todavía existe, se trató de un éxito en el mercado del libro.
Hace poco tiempo, en una de las sedes de nuestra “amada” Librería Nacional, buscando la sección de Ciencia Ficción – en dónde no están títulos como: Dr. Jekill y Mr. Hyde o 1984, pero sí Vampyr- me encontré con una nueva sección: Juvenil. Ahí se encontraban agrupados títulos como Ghost Girl, Bajo la misma estrella, El libro de los portales u Oscuros. Dicho de otra forma, todo aquello que las editoriales han lanzado al apostrofado como Juvenil y que, a mi parecer, se encuentran más o menos cortadas bajo la misma tijera. Se trata de historias románticas que retratan amores- el amor debe aparecer aunque sea casi innecesario o complique de manera inútil la trama como en Memorias de Idhún- o situaciones imposibles que un joven –el sexo puede ser indistinto- a través de pocas reflexiones y una situación traumática supera siendo transformado en el proceso. El lenguaje, como fue mencionado con anterioridad, suele ser sencillo –no vaya a ser que el lector abandone si se utilizan descripciones largas o palabras muy complicadas-, los diálogos rápidos y efectistas y mucha acción. Todo esto configura un retrato robot que las editoriales han hecho de la juventud de hoy en día. Aclaro, no digo que los jóvenes sean así, digo que las editoriales han concebido así a los jóvenes.
Al mismo tiempo, y siguiendo las enseñanzas adquiridas con Harry Potter, si se trata de una saga, más o menos esquemática, mucho mejor. Por supuesto, y mencionarlo es casi gratuito, son obras de fácil adaptación al medio audiovisual, no tardando así en salir el libro cuando ya se anuncia la película.
Sin embargo la juventud no es, por fortuna, todo lo que un retrato robot hace de ella, pero eso será tema de la siguiente entrada en la que espero, querido lector, que aún nos acompañes.

lunes, septiembre 29

LITERATURA JUVENIL Y PROMOCIÓN DE LECTURA I (Introducción)


Siempre he tenido una debilidad por la adolescencia, y aún creo que mi más grande éxito fue haber logrado que un montón de alumnos de décimo y once grado sonrieran al leerles la versión de Caperucita Roja que Roald Dahl presenta en Cuentos en versos para niños perversos.  De ese encuentro conservo la idea de que a los adolescentes no se les debe tener miedo al compartirles libros para niños o libros para grandes, ellos suelen responder muy bien ante el simple hecho de compartir.
Por supuesto no todo ha sido color de rosa, y en mis años como docente he tenido que descubrir que no hay libros infalibles. Así, mientras hubo grupos que disfrutaron enormemente la lectura de Seda de Baricco, hubo también grandes lectores, que querían matarme por hacerlos escuchar los tres viajes de Hervé Joncour. Con todo, creo que mi experiencia ha sido, mal que bien, bien que mal, positiva, y que uno u otro de mis escuchas han desarrollado, sino un amor obsesivo por la palabra escrita, sí un amor por algunos libros, y, en algunos casos, han decidido iniciar un camino lector. Así que eso me gusta creer al menos cuando inicio con un nuevo plan de lectura en voz alta para quienes, insisto en llamar, mis chicos. Más aún cuando me recuerdo que estoy robándole tiempo a la clase y que no enseño lenguaje o literatura sino metodología de la investigación.
Durante mi adolescencia el furor de las editoriales por lo que ahora se denomina literatura juvenil era más bien frío, así que nos debíamos conformar con aquello que conseguíamos. Así, los habitantes de mi generación, aquellos nacidos a finales de los 70’s y principios de los 80´s visitamos de manera indistinta autores como Julio Verne, Richard Bach, Lobsang Rampa, Isaac Asimov, Stephen King, J.R.R. Tolkien, Sir Arthur Conan Doyle y Emilio Salgari, entre tantos otros nombres. Como se puede ver, el escenario era en realidad de lo más variopinto. Ignoro, la verdad no me ponía a pensar en ello, si existía algo llamado literatura infantil y/o juvenil. La verdad, como tantos otros, me dediqué a leer aquello que me cayera en las manos, fuese porque me lo recomendaba un docente, un adulto o un compañero. Así que tiendo a creer que la literatura juvenil es un género más bien nuevo que comienza con una serie de libros protagonizados por un niño de gafas redondas y con una marca de rayo en su frente. El niño por supuesto era Harry Potter, quien a partir de su lanzamiento en 1997 H. P. ha hechizado la mente y las almas de millones de lectores.  
Recuérdese, no tengo el recuerdo de que existiese en mi época una literatura juvenil, al menos en Latinoamerica; a menos que se piense en la obra de Julio Cortázar o la ciencia ficción, que buscaba con desesperación ser tenida en cuenta como un género serio. Tampoco existía, que yo recuerde, eso que hoy se llama promoción de lectura. En el colegio se trataba de hacer resúmenes y presentar exámenes. Así que lectura era, mal que bien, sinónimo de tareas. Recuerdo incluso una vez que visité la Biblioteca Centenario – una de las bibliotecas clásicas dentro de Cali- en busca de libros de Stephen King y me buscaron la biografía del autor. Sin éxito. Sobra decir que durante años no volví a poner un pie en esa biblioteca.
Todo esto me lleva a preguntarme, ¿existe en realidad algo llamado literatura juvenil? Si es así, ¿cuáles son los límites de esa literatura?, ¿de dónde nace?, ¿Quiénes la consumen?, ¿de verdad existe una literatura que sea sólo para jóvenes? Si es así, ¿en qué consiste?, ¿hay alguien que la estudié en serio?
Estas  preguntas no carecen de importancia, puesto que día a día el término y los títulos son cada vez más empleados, en muchos casos para enaltecer, en otros casos para denigrar. De otro lado también nos obliga a preguntarnos acerca del rol del promotor de lectura con los jóvenes, más aún cuando muchos docentes, padres y rectores piensan que los lectores solo se forman en la niñez, y que el campo juvenil es un terreno árido en donde la esperanza de lograr cualquier fruto es incierto.
Así que, amigo lector, a lo largo de esta semana, exploraremos juntos qué es eso de la literatura juvenil y cuál es el papel del promotor de lectura con los jóvenes.     

miércoles, septiembre 24

LAS AVENTURAS DE PINOCHO


Autor: Carlo Collodi
Ilustrador: Roberto Innocenti
Editorial: Kalandraka
Recomendado para: los pequeños
Libro ilustrado

Las aventuras de Pinocho es uno de esos relatos que, como Caperucita Roja o La Bella Durmiente, pertenecen a la cultura occidental. ¿Quién no recuerda la tierna imagen del títere de madera popularizada por Disney?, ¿quién no sabe que al decir mentiras a Pinocho se le crece la nariz?, ¿quién no recuerda a Pepe Grillo?, una conciencia tan absolutamente arrasadora, que luego repetiría papel con otro nombre en la película Mulán –Sí, también de Disney, quien dulcifica historias políticamente correctas como… bueno, como crispetas-.
Antes que todo, debe decirse que esta edición de Kalandraka es majestuosa. En primer lugar por sus características físicas: tapa dura con sobre cubierta impresa a todo color, que permite su fácil manipulación, además de su tamaño que lo hace accesible con facilidad. En segundo lugar, y lo que le otorga un espacio en cualquier biblioteca son las maravillosas ilustraciones de Innocenti, quien no sólo figura con su nombre en la tapa, sino que se auna a Collodi como autor. Así, en la tapa, justo después del nombre, figura Carlo Collodi y Roberto Innocenti. Para quienes vemos a diario como el nombre del autor es relegado, si acaso, a la página legal de los libros, encontramos ese lugar en la portada francamente maravilloso. Por supuesto, a medida que vamos recorriendo las páginas del libro, entendemos porque el ilustrador italiano figura como autor.
El primoroso trabajo de Innocenti rebela la majestuosidad de su trabajo. Desde la primera página encontramos ilustraciones plenas de detalles minúsculos que nos transportan a la vida de los pequeños pueblos de Italia. Así, nos encontramos las casas, las pequeñas vías, y el vestuario de los habitantes de cualquier momento entre los finales del siglo XIX y los principios del XX. Acaso, tal vez haya algún pueblo justo así en este momento. Pero la magia de las ilustraciones de Innocenti no termina ahí, puesto que vemos como, a partir de la construcción de diversos planos y escenas panorámicas, el lector se ve inmerso en el estado anímico de las situaciones. Esta magia- pues de magia, nada más y nada menos, se trata- alcanza su punto cumbre de desolación en la escena en la que Pinocho es ahorcado.
Ahorcamiento de Pinocho. Capítulo 15

Por supuesto el lector se habrá dado cuenta que he dedicado un espacio extenso a hablar del trabajo del ilustrador sin referirme al autor, y esto es, simple y llanamente, porque la historia no me convenció.
Bien, detengámonos un momento. Las aventuras de Pinocho se escribieron en un momento histórico en los que las narraciones con carácter moralista abundaban; dicho de otra forma, la literatura era una forma de educar. Así, Pinocho cumple con su cometido, pues la historia narra las diversas aventuras de una marioneta tonta –asumo que tenía cerebro de serrín- que desobedece de manera descarada a un hombre que está dando la vida por ella. El motivo de convertirse en un niño de verdad en realidad es un elemento posterior que aparece, de manera aproximada, en el último tercio del libro. De resto, lo único que encontramos es el esfuerzo de un padre por darle todo a su hijo de madera, y como este se las arregla para meterse en un lío tras otro. Empero lo que en verdad me disgustó fue la poca coherencia de los personajes con los que se encuentra Pinocho, desde Geppetto hasta el Hada Azul, pasando por el titiritero y Pepe Grillo –quien muere de un mazazo en el capítulo cuatro y aun así vuelve a aparecer dos veces en capítulos posteriores- , los personajes se comportan como unos verdaderos imbéciles, cuya única virtud, si es que se puede decir eso, es tener una capacidad infinita de olvidar la tontería de la marioneta.
Con todo, las situaciones descabelladas, propias del non sense, pero que no lo alcanzan por su afán moralizador, puede hacer aún las delicias de los más chicos, y los padres que pueden a través de este volumen otorgar a los niños una de nuestras más importantes herencias culturales.

martes, septiembre 23

INTERNET Y LA LECTURA

Mucho se ha discutido acerca de la forma en que los nuevos medios de comunicación afectan la forma en que la gente lee, no solo en cantidad, sino también en la calidad. Alguna vez un profesor de la universidad refirió que al haber sido invitado a una universidad estadounidense a dar una charla, había observado que la atención de su auditorio se disipaba cada cierto tiempo, pongamos un promedio de quince minutos; al preguntar acerca de este fenómeno a quien lo había invitado, este le respondió que era el tiempo en que los programas de televisión se demoraban en poner los comerciales. Así, la atención de un televidente promedio tendía a disiparse al llegar las propagandas. ¿Podríamos pensar que de alguna manera internet ha afectado nuestra capacidad de leer o de atender? Procederé para ello a comentar mi experiencia en el tema.
Hace ya dos años mi esposa y yo nos propusimos visitar con mayor asiduidad la Feria Internacional del Libro de Bogotá; yo, porque lo consideraba una de mis obligaciones al denominarme promotor de lectura (este tema es un post obligado en el futuro); ella, simplemente porque adora los libros infantiles y viajar. Así que en el 2013, entre libro y libro caí en la red de un nuevo artilugio que estaban exhibiendo en medio de uno de los pabellones, una Tablet Galaxy Note 8.0, ideal para trabajar y para sacar mi lado creativo. Elizabeth, como se llama mi esposa, puso cualquier cantidad de pegas al asunto pero al fin me salí con la mía, saliendo poseedor, no solo de una buena cantidad de libros sino también de una nueva tableta que me podría servir para dejar de cargarme los veinticinco kilos que debe pesar mi computador portátil. Aunque no lo sabía mi vida iba en verdad a cambiar.
Si han leído hasta aquí no crean en ningún momento que este va a ser un virulento ataque contra la tecnología, de hecho, si así se quiere ver, este texto se asemejará más bien a la confesión de un adicto.
Al principio, por supuesto, pensé que la Tablet (palabra que el computador insiste en iniciar con mayúscula) iba a permitirme desarrollar un montón de ideas y que me permitiría innovar mis clases en el colegio donde laboró. Como podrán imaginarse las cosas no sucedieron así, sobre todo al averiguar la cantidad de periféricos que necesitaría para ello, la dificultad de conseguirlos y el costo que sumado acarrearía más que haber comprado un portátil de última generación. Así que no, seguí cargando mi computador, mis libros, la tableta y el kindle.
Lo que sí me proporcionó la tableta fue la posibilidad de conectarme a diversas redes sociales en casi cualquier lugar, al no poseer Facebook, me decanté por el uso de twitter e instagram con la excusa de difundir de manera más efectiva los contenidos de la revista estudiantil que se halla a mi cargo (@viceversaglc). Y sí, debo decirlo, para eso ha sido bastante más efectivo. Con lo que no contaba era con la forma que esto iba a incidir en mi producción intelectual.
Un año antes, las cifras de mis préstamos y consultas en la biblioteca del colegio, que se traducen, para mí, en lecturas efectivas, había llegado al muy deseable monto (sí, como si se tratase de dinero) de 132 ejemplares, sumados entre revistas, libros de literatura, consulta académica y de LIJ. Empero, poco a poco, y por la necesidad de alimentar las redes sociales, mi promedio de lectura y escritura comenzó a decaer, así mismo la forma en que estaba leyendo. Por supuesto, ha de aclararse, esto no obedece tan solo a la influencia de la tecnología, diversos proyectos de promoción de lectura (Fiesta de la Lectura, por poner solo un ejemplo) acapararon mi atención, amén de la carga ingente de trabajos que mi materia –Metodología de la investigación- acarrea. Con todo, las redes sociales fueron poco a poco acaparando mi atención y mis esfuerzos. Revisaba con cierta obsesión la cantidad de likes que recibía las fotos publicadas, así mismo la cantidad de retuits o favoritos con que señalaban mis enlaces o publicaciones de este mismo blog por internet (me pueden encontrar en twitter como @marn_f), así como los comentarios que recibía.
Ha sido tal la magnitud del impacto que en muchas ocasiones me sentaba o acostaba a leer un libro con la tableta al lado, esperando cualquier anuncio, alarma de comentario para contestar, o me detenía para ver que había sido puesto en periódicos o revistas acerca de la lectura para retuitearlos, comentarlos o difundirlos. Estoy contribuyendo con la causa, me decía entonces.
La cuestión comenzó a ser más preocupante cuando en julio Elizabeth me regaló un teléfono inteligente. He llegado incluso a descuidar la alimentación del blog. Ahora, sólo ahora, estoy preocupado, al punto de iniciar un proceso de lo que denomino desintoxicación de internet.
Siendo un lector de tiempo completo, y escritor cuando las ideas me asaltan, he procurado construir un horario de acciones delimitadas donde internet tenga un papel menos importante en mi vida. Más aún cuando en una conversación con un amigo - que en cualquier momento, en medio de cualquier conversación, muestra fotos de Instagram o me lee tuits de conocidos- este se defendió ante una interpelación acerca de si las redes sociales no le estaban quitando tiempo para la lectura. Ahora, dijo entonces él, estoy leyendo lo que a mí me interesa.
En retrospectiva puedo decir que he comenzado a leer más periódicos y revistas digitales, pero que en muchos casos me salto párrafos enteros; incluso he podido observar que comento noticias de las que no he pasado más allá del titular que he encontrado por twitter o que ha llegado a través de un rápido escaneo de los periódicos.    
Como he mencionado antes, me considero un lector de tiempo completo, pero también soy un promotor de lectura, y aunque sigo compartiendo libros con mis alumnos, no puedo dejar de preguntarme como la exposición a los medios digitales están moldeando nuevas formas de pensar de los muchachos, nuevas formas de relacionarse con el texto escrito, que no siempre son para bien. Más aún cuando puedo observar que la prensa de hoy, siempre atenta a la chiva, difunde de cualquier manera, tomándola como cierta, las noticias de portales como actualidad Panamericana o elmundotoday, reconocidas páginas de burlas y humor.
Si nosotros estamos expuestos, ¿de qué forma están expuestos aquellos que comienzan a formarse en la lectura y la escritura?, ¿qué han crecido, o están creciendo, con una tableta y un teléfono inteligente? Esos mismos niños y jóvenes que son tratados como consumidores de Harry Potter por los estudios Warner.
No he pretendido dar respuestas, solo comentar una situación personal y esbozar una preocupación.
Y tú, amable lector, ¿cómo te estás relacionando con este mundo tecnológico de hoy? 

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