Escrito
por Efraím Blanco
Ilustrado
por Daniele Serra
Publicado
por Fondo de Cultura Económica
Recomendado
para Lectores en marcha
Fantasía
Este es un libro que solo pudo haber sido
concebido en México o, quizá, en Corea. Es un libro que mezcla el elemento
poético, el relato detectivesco y la fantasía. El resultado, una historia
barroca, a veces en demasía, que va aumentando el interés del lector a medida
que avanzan las páginas.
Al principio nos encontramos con una visión
general. Las almas producen un ruido particular al escapar de la tierra, pero
no todas las almas escapan, hay un grupo de niños que no escapan, que están
atados, que han sido asesinados de diversas formas y que pueden temer una
segunda muerte sobre la faz de la tierra. Ninguno de ellos sabe quién es su
asesino. Tampoco esto parece ser importante.
El narrador juega con las historias, con el
elemento lírico, como una abeja que vuela de flor en flor, deteniéndose aquí y
allá, libando las flores aparentemente sin orden ni concierto, pero que obedece
a un plan más amplio que ella misma desconoce. El narrador juega con las
historias y el lector no sabe a que se enfrenta en verdad en esas primeras
páginas hasta que el relato empieza a mostrar como se hilvana. La balada de
los niños muertos sigue un plan urdido de manera bella, una telaraña que va
se tiene entre ramas para capturar al lector descuidado que descubre, pese a
todo, que se le exige más atención de la que pensaba. Los niños muertos buscan
respuestas a sus preguntas y después, venganza.
Las ilustraciones de Daniele Serra
acompañan este relato. Nos obligan a detenernos, a descansar del relato cuando
se hace a veces pesado y cansino. Las imágenes no solo alegorizan, también
suavizan la historia y la metaforizan. Otro elemento que también ayuda es la
maquetación, la forma en que cada página ha sido concebida.
La balada de los niños muertos exige
la atención al detalle de un libro policiaco, pero también la contemplación de
una antología poética. No es para devorarse en una sentada, sino para
paladearse por momentos, para detenerse en las imágenes e intentar descubrir
qué es lo que está pasando a ciencia cierta. Es un libro que atrapa y que exige
paciencia.
Conocí este libro por Rosa Adriana Buriticá a finales de año. Me parece una forma excelente de retomar la lectura en estos días fríos y desolados.
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