Imágen original de Sofía López Mañán.
I
La industria editorial tiene un poder inmenso
hoy, que va mucho más allá del campo literario, internándose en lo mediático.
Creo que es necesario afirmar esto, puesto que existe el imaginario que plantea
la idea de una editorial como una empresa dedicada a difundir la literatura. De
hecho se espera que difunda nueva literatura. Cosa que tampoco es cierta.
No sé hace cuento tiempo existe la editorial
como elemento que media entre los autores y el publico. Creo que tal vez no
hace más de tres siglos. Especulo que las editoriales fueron hijas de las
revistas literarias y tal vez de los agentes literarios. No lo sé, repito. Sólo
especulo. Existieron muchos escritores durante este lapso de tiempo, que en
muchos momentos decidieron autopublicarse ante la nula respuesta que agentes y
revistas dieron a su obra. Cervantes y Shakespeare no tuvieron editoriales.
Hace relativamente poco Hernán Casciari, un
escritor argentino mejor conocido como Orsai, decidió desafiar la dinámica
tradicional de la industria editorial y creó su propia editorial (http://editorialorsai.com/), donde el
editor gana el 50% y el editor el otro 50%. Lo que suena como un trato justo
para el escritor.
El trabajo de Orsai nace como
respuesta a una industria que está empeñada en ganar, no evolucionar y
quejarse. En España, por ejemplo, las editoriales recusaron, se acobardaron y
buscaron formas de protección ante la llegada de Amazon en español. En
Latinoamérica las editoriales tradicionales decidieron empezar a sacar libros
electrónicos a la venta. Lo que no deja de ser curioso es que los precios son
bastante similares a los de un libro impreso. Ellos tienen sus razones,
nosotros podemos decidir dejar de creerles. No podemos olvidar que las
editoriales no están necesariamente interesadas en la promoción de lectura, su
interés es vender.
II
Vender no es sencillo. Lo primero que debe
hacer un vendedor es localizar un nicho del mercado y buscar crecer ahí. Hay editoriales que se pueden dar el lujo de
publicar lo que quieran mientras otras deben ser obedientes con los deseos del
cliente. Un ejemplo de esto último son las editoriales que se concentran en el
plan lector. Los planes lectores son hijos de la escuela y sus amos son los
profesores y padres. Profesores y padres que no se caracterizan siempre por sus
buenos hábitos lectores. He sabido de docentes desempleadas por tener la
iniciativa de leer a sus alumnos Sin
tetas no hay paraíso, de docentes desprestigiados y confrontados por pedir Nada a sus alumnos, de directivas que han tenido que reunir a los padres de todo un
curso para explicarles porque un libro como Semanario
del miedo no iba a traumatizar a sus hijos. Las editoriales dedicadas al
nicho de Plan lector son sensibles a
esto, y en respuesta suelen producir horribles libros políticamente correctos,
despojados del mínimo elemento subversivo, que es lo mismo que decir literario.
En consecuencia se forman lectores que sólo
buscan textos políticamente correctos, que si acaso son salvados por la
presencia de Cervantes y Shakespeare, con sus hermosos dramas humanos, donde la
muerte, el terror, el incesto y la profanación se instalan en cada línea, en
cada escena. Antes que nada porque no le temen a la vida real.
Las editoriales de plan lector obedecen a la
morbosa tendencia que tienen los padres y docentes de hoy de sobreproteger a
los niños y jóvenes. Sobreprotección que termina poniéndolos frente a libros
anodinos, descargados de gracia, adoctrinantes, pobres excusas para enseñar
contenidos, alejados del mundo real.
III
Sin embargo reconocer que una editorial no es
un negocio, no significa que debamos andar con anteojeras y no realizar
exigencias. La primera de ellas, quizás la más relevante, es aceptar que sus
dinámicas empresariales deben ser modificadas en relación a los avances
tecnológicos. Es evidente que la industria editorial ha reaccionado mal y con
torpeza frente a los retos que ofrece internet y elementos como los e-readers. Mal, porque lo primero que ha
ofrecido, son las versiones digitales de las obras y han pretendido cobrar los
mismos precios. Creo que la única diferencia hasta el momento ha sido Amazon. Mal, porque pocas empresas,
entre ellas Penguin Books, han
ofrecido contenidos innovadores e interesantes relacionados con los nuevos
medios. Mal, porque sólo algunas editoriales de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ)
han ido más allá de la queja y han comprendido que los libros interesantes
desde el punto de vista literario, editorial y artístico, no serán reemplazados
por sus contrapartes electrónicas. De hecho son los libros de la franja LIJ
quienes han repuntado sus ventas en los últimos años. Libros como El imaginario del profesor Revillod, no pueden ser fácilmente apropiados
por los tablets y e-readers. Mal, sobre todo, porque
pretenden seguir manteniendo una estructura empresarial que funciona ante todo con
material impreso y no digital.
Y es que
García Márquez, Salhman Rushdie, Stephen King, Stiegg Larrson, John Ronald
Reuen Tolkien, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, entre tantos otros, no van a
ver menoscabado el valor de su obra por el hecho de ser difundidos en la red. De hecho para un autor novel encontrarse que
su obra se está vendiendo en los semáforos es señal de que algo anda haciendo
bien. Al menos desde el punto de vista comercial. De hecho Jorge Amado, Alexander Dumas y Charles
Dickens, entre otros, fueron publicados
en medios tan bochornosos como el folletín o los libros de cordel. No, entendámoslo de una vez, el problema no es
para los autores – de hecho varios escritores noveles han comenzado publicando
en internet y luego han sido cazados por editoriales-, el problema es para las
editoriales.
Leyes como SOPA y ACTA, no están hechas para
proteger a los autores sino a la denominada industria del entretenimiento (Un caso en la industria del comic puede verse
en: http://alt1040.com/2012/02/el-creador-de-ghost-rider-debera-pagar-17000-dolares-a-marvel-y-omitir-en-publico-la-autoria-de-su-obra ).
Los autores podrían tenerla más sencilla si tuvieran la disponibilidad, como
algunos ya lo han estado haciendo, de vender ellos mismos sus propias obras.
Por
supuesto existen pros y contras. Uno de las razones más interesantes es que las
editoriales pueden ayudar a un autor a mejorar su obra. Autores como Isaac
Asimov y Stepheh King, han afirmado esto
en varias ocasiones. Sin embargo el costo es que la mayor parte de los
beneficios de una obra literaria (entendiendo literaria como obra escrita
impresa- el asunto de los ilustradores es diferente por muchas y variadas razones)
son para las editoriales y sólo un 10% -por lo general- va a parar a manos de
los autores.

Una de las razones más
importantes que dan las editoriales para su exorbitante porcentaje de ganancias
tiene que ver con los intermediarios que hay entre el creador del producto y el
consumidor final. Es aquí cuando nos encontramos con los vendedores. Un
vendedor es, por lo general, una persona que conoce su producto y sabe hacerlo
llegar a las manos de quienes lo necesitan. Sin embargo en el mundo de los
vendedores editoriales, son los lectores quienes conocen de antemano el
producto y deben señalárselo en repetidas ocasiones al vendedor, que desconoce
su mercancía, para que lo ponga en sus manos.
Los vendedores de las editoriales
son el ejemplo más claro de la poca eficiencia de este sector empresarial.
Cualquiera que haya estado en un colegio y haya necesitado un libro para sus
estudiantes lo puede confirmar. Cualquier librero que pretende tener un negocio
especializado entiende que debe tener un buen capital para que las editoriales
no le manden un 95% de porquería que está en demanda y un 5% de lo que el
librero quiere realmente vender en su negocio.
IV
La industria editorial debe
entender que la piratería y la digitalización masiva de obras se debe ante
fallas evidentes de su modelo empresarial. Que ese mismo modelo no ha sabido
reaccionar ante los cambios y las exigencias del mercado, así como de los
intereses de clientes que hoy dominan más de un idioma y que tienen un mundo
más ancho que el que pueden ofrecer las librerías. Un mundo más amplío porque a
través de un click se puede acceder a obras que no han llegado siquiera al país.
Un ejemplo de ellos tiene que ver con Canción
de hielo y fuego, que fue lanzada hace unos cuantos meses en Colombia y que
ya estaba disponible en internet desde hace un par de años. Es más, en Colombia
sólo se han lanzado dos libros, en internet están los cuatro primeros volúmenes.
Estoy seguro, como alguna vez sucedió con La
torre oscura, que se hallará primero
en internet la traducción del quinto volumen antes que las editoriales empiecen
a hacer su tarea.
Mí no haber entendido. Yo volver a leer más tarde. Tampoco entender foto.
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