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miércoles, noviembre 19

Por alguna extraña razón los libros de terror y los de ciencia ficción son los que suelen tener peor fama entre los lectores adultos. No importa que Orson Scott Card sea mejor escritor de lo que alguna vez aspire a ser Paulo Coehlo, si se trata de un libro de terror suele ser calificado de malo o innecesario. Incluso se suele emplear el apelativo de morboso.  Para muchos, recordemos, la vida deber verse de color rosa, aunque sea dura, implacable.
Los padres de familia sobre todo suelen ser fuertes defensores de sus hijos ante la menor exposición que los pequeños puedan tener ante cualquier libro o película de terror (Vea/ lea algo que le sirva, que le aporte algo, diría mi madre), al punto que los aspectos más escabrosos de los cuentos de hadas clásicos –como ya lo han dicho Marías y Lacombe- han ido desvaneciéndose en versiones edulcoradas, de esas que venden en tapas color pastel.  Sin embargo se suele olvidar que el miedo ficcional puede preparar en el momento de enfrentar el miedo real, incluso del miedo que en algunos momentos no sabemos hasta qué punto sentimos, aunque nos lo neguemos o nos lo queramos negar.
Hace un mes, por ejemplo, enfermó mi madre, con una de esas enfermedades de las que no se tiene un diagnóstico claro y ante la que los médicos reaccionan de la manera antigua, a puro ensayo y error, mandando muchos exámenes, contradiciéndose entre ellos, enfocándose ora en un síntoma, ora en otro. Durante todo ese tiempo, muchos de los cuales mi madre soportaba fuertes dolores que no se paliaban de manera fácil o ante los que los médicos se excusaban diciendo que no se podía enmascarar el síntoma, yo permanecía leyendo en esas horas muertas de los hospitales, y luego cuando estaba siendo atendida en casa, incluso ahora que parece recuperarse, al menos el dolor es manejable aunque el diagnóstico siga siendo igual de misterioso o inexacto o esquivo, los libros que me han acompañado, por un afán que solo ahora me consigo explicar, han sido libros primordialmente de terror. Así en los primeros días me releí El horror de Dunwich, después de lo cual me di en pedir Los mitos de Cthulhu y La sombra de Insmouth, a los cuales acompañe del Bestiario, Orgullo y prejuicio y zombis –La novela gráfica- y En las montañas de la locura –magníficamente ilustrada por Enrique Breccia y publicada por Editorial Zorro Rojo-, todo ello casi sin respiro e incluso llegando a leerme dos de ellos por semana y sin mayor intervalo de tiempo entre uno y otro. En todos ellos el mal, la oscuridad, el antagonista, si se quiere llamar así, no era cosa que una entidad innominada, amorfa e inenfrentable –característica propia de los relatos protagonizados con héroes lunares- como la enfermedad sin diagnóstico de mi madre, pues algo que no tiene nombre u origen claro es difícil de ser asimilada o controlada. Por supuesto, aún no termina el recorrido, acabo de terminarme la Narración de Arthur Gordon Pym de Poe y espero con impaciencia sus cuentos macabros ilustrados por Lacombe.
 No hay morbo en ello ni hay angustia ni hay porque alejarme de esas páginas, es una forma, de la misma sabia manera en que lo hacen los niños, de enfrentarme a mis propios miedos, mis propias angustias. Es también una forma de ratificarme en que a cada quien le llega el libro que busca o el que necesita, y que la lectura, en determinados momentos, es también una fuerte forma de terapia –de ahí la biblioterapia-, porque pone al lector en un diálogo profundo consigo mismo. A lo sumo, esos que no alcanzan la dicha de leer no lo pueden hacer porque no saben cómo hablar consigo mismos en esas noches estrelladas en las que cualquier ruido presagia el monstruo que le puede devorar.       

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