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10 viajes y un sueño

Author: Diego Fernando Marín
domingo, agosto 26


Autora: Meritxell Martí
Ilustrador: Xavier Salomó
Editorial: Combel
Recomendado para: Los pequeños
Libro pop-up
Una de las funciones de los libros infantiles es informarle al lector sobre el mundo a su alrededor inmediato y más distante, así lo prepara para lo que se pueda encontrar después, pudiendo entonces ajustar sus guiones de comportamiento ante una nueva situación y/o escenario. Esta función, que podemos denominar didáctica, hace parte de todos los libros, y es tan natural que a menudo no la percibimos. Quizás por eso sea tan franco mi desagrado cuando esta función didáctica se superpone de manera violenta a la función natural del relato, la transmisión de una historia.  
10 viajes y un sueño puede ser catalogado como un libro informativo; así pues, su intención principal no es la de relatar sino la de brindar datos al lector sobre un elemento en particular, los medios de transporte. En este orden de ideas lo que encontramos son diversas viñetas acompañadas de un pequeño verso que comenta las comodidades y desventajas de transportes como la bicicleta, el tren, los todoterreno y el barco, entre otros.
Uno de los elementos más especiales de este libro es la construcción espacial pop-up, que ofrece 4 niveles de profundidad en cada escena, que por lo demás se halla bellamente construida.
Mira el video si quieres ver cómo fue concebido y realizado este libro:

El libro como objeto

Author: Diego Fernando Marín
sábado, agosto 25

A finales del año lectivo pasado, Elizabeth, mi persistente esposa bibliotecaria, descubrió y decidió explotar todas las posibilidades de aquellos libros que escapan de la función literaria y/o meramente informativa. Con ahínco y perseverancia se adentró en el tema de los libros de artistas, realizando descubrimiento bello tras descubrimiento bello en su recorrido.  Uno de los primeros es que para ser tratado como arte, el libro debe ser primero reconocido como objeto y, por ende, reconocer que puede ser intervenido.
En principio parece fácil aceptar esto. Es decir, todos reconocemos que un libro es un objeto, pero cuando se trata de intervenirlo son pocos los que se atreven a hacerlo. Culturalmente el libro es un objeto tratado de manera similar a una obra pictórica o una escultura valiosa. Sin embargo, aunque no podemos desconocer su valor, un libro se trata de un objeto artístico producido en masa (Ojo, producido, no creado). Sólo existe una copia de la Gioconda, en contraste con los millares de ejemplares impresos de Crimen y castigo. Aún así, para los amantes de los libros, esa copia que existe en su biblioteca tiene las mismas características de singularidad que la obra de Da Vinci. Es por eso, que ver un libro intervenido puede, en muchas ocasiones resultar doloroso a pesar de su belleza.
Uno de los primeros ejemplos lo podemos encontrar en la red. Se trata del tratamiento que se le da a las revistas de manga para que puedan albergar plantas. Así, de material impreso, pasan a ser materas. 
Este tipo de intervención es el más sencillo. En esta misma línea de ideas se pueden encontrar otras intervenciones que destrozan por completo la idea comunicativa del libro en un primer momento para convertirla en un objeto artístico completamente distinto. Un ejemplo de esto es El caminante eterno de Carolina Ramírez.
(Imágen tomada de: http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/cultura/imagen-libro-de-artista-1 25/08/2012)
 
La unión entre arte y libros, por fortuna para los librofilos, no siempre es tan drástica. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en los libros de David A. Carter publicados por la editorial Combel. En ellos el arte se funde con el trabajo impreso maravillando a quien los contempla. Es importante realizar el énfasis en el verbo contemplar antes que en el verbo leer, porque la experiencia a la que se somete el lector no es a la que está acostumbrada. Es posible, incluso, que los más ortodoxos incluso desdeñen este tipo de trabajos que no incluyen un gran aparataje narrativo ni informativo, más sí conceptual.
Los libros de Carter, El 2 azul y Un punto rojo no son los libros pop up, o animados, que hemos conocidos de cuando éramos niños. Se trata de obras que suponen un desafío tanto estético como semiótico. En primer lugar, ambas propuestas indagan página a página al lector, quien no sólo se debe servir de los ojos para encontrar las respuestas exigidas sino también debe acudir a sus manos para halar pestañas o mover diales, pero sobre todo a su ingenio.





(Imágen interior de Un punto rojo tomada de: http://ceipgabrielygalan.blogspot.com/2011/12/pequerecomendaciones.html 25/08/12)

Este tipo de propuestas, sobre las que esperamos ahondar próximamente, lector fiel, nos alejan del libro como producto cultural intocable y  nos acercan a una concepción del libro como objeto. Es decir como elemento de interacción constante, que puede ser intervenido sin que por ello pierda, de manera necesaria, su valor.  
Lo curioso es que una parte de todo esto proviene del vídeo, mediado por un libro, de Lille
  

El coleccionista de momentos

Author: Diego Fernando Marín


Autor e ilustrador: Quint Buchholz
Editorial: Lóguez
Recomendado para: lectores en marcha
Libro- álbum
Quien observa por vez primera las imágenes que hacen parte de El coleccionista de momentos puede relacionarlo con Los misterios del señor Burdick. Sin embargo hay una diferencia crucial, las imágenes construidas por Allsburg son similares al test de Rorscharch que exigen ser completadas por medio de un relato. En contraste la narración realizada por Buchholz sumerge primero al lector en la relación existente entre el narrador y su amigo pintor.   Donde Allsburg sugiere, Buchholz completa.
La historia es sencilla. A la vida de un niño llega un pintor con quien comparte sensibilidades y el gusto por el arte. Sin embargo el pintor nunca deja ver al niño los cuadros que ha pintado. Una vez el pintor, Max, se prepara para realizar un viaje largo y deja al niño las llaves del apartamento pidiéndole que riegue las plantas y eche un ojo por allí. Cuando el niño –de gafas, un poco regordete y violinista- entra al apartamento, encuentra que Max ha organizado una exposición especial para él; cada cuadro se halla acompañado de una frase enigmática que, a la manera de Allsburg, exige al niño en primer lugar intentar darle un orden y una coherencia. A partir de allí, los espectadores –el niño y el lector- cruzan referencias entre las imágenes y algunas de las conversaciones que el niño ha sostenido con su amigo el pintor.  
Una gran parte de la magia de esta historia es que se constituye como un elemento importante en el aprendizaje de la lectura semiótica de las imágenes. Estas no sólo acompañan y amplían el sentido del relato alfabético sino que piden al lector interpretarlas en función del relato más que en función de si mismas. El lector entiende que es un invitado a la relación existente entre el niño y su amigo el pintor, y que para desentrañar de la mejor manera el significado de esas imágenes debe acudir a lo relatado en el texto para luego aventurar sus propias interpretaciones. Debe apuntarse empero, que El coleccionista de momentos no parece tener un trasfondo didáctico, tratándose ante todo de una historia cautivadora y bien narrada.
jueves, agosto 9


Autor: Jorge Amado
Ilustrador: Carybé (Héctor Julio Páride Bernabó)
Editorial: Losada
Recomendado para: los pequeños
Cuento ilustrado

Jorge Amado es uno de los escritores brasileros más reconocidos a nivel mundial con obras como Capitanes de la arena; Gabriela, clavo y canela y Doña Flor y sus dos maridos, entre tantas otras, relatos todos en donde se refleja la singular forma brasilera de ver el mundo. Sin embargo pocos conocen este breve relato en donde Jorge Amado, a quien nadie le dijo como debían escribirse las historias para niños, describe la relación única que se da entre una golondrina y un gato.
Lo primero que se encuentra el lector al abordar El gato manchado y la golondrina Sinhá, es una prosa profusa en figuras y giros literarios. A diferencia de muchos de los relatos infantiles contemporáneos, Amado no se halla interesado en ir al grano, se detiene en diversos elementos como la relación del viento y la mañana o cómo esta afecta la cotidianidad del hombre común,
La mañana viene llegando despacio y somnolienta; con tres cuartos de hora de atraso, funcionaria cansada. Demórase entre las nubes, perezosa, abriendo con dificultad los ojos sobre el campo, con ansías de dormir sin despertadores; ¡dormir hasta no tener más sueño! Si pudiese conseguir un marido rico, la mañana no se despertaría hasta las once o más. (Pp.17)
De la misma manera va tejiendo la historia hasta llegar a la descripción del que parece ser el más malvado de todos los animales, el Gato manchado, villano del parque que también habita la jovencísima Golondrina Sinhá. Amado empero no hace concesiones, dibuja los diversos personajes sin escatimar sus rasgos, tanto positivos como negativos, dotándolos de una gran verosimilitud. Es así como entendemos que el Gato manchado sigue sus impulsos tanto en lo bueno como en lo malo, sin importar lo que piensen los demás; también comprendemos que la Golondrina es joven, temeraria e inexperta, pero que nada puede hacer contra una familia y una sociedad que condena esa relación, al punto de arreglar un matrimonio en el que nada tiene que ver el amor.
Consecuente consigo mismo, de la misma manera en que dibuja representantes de la sociedad como el loro hipócrita, Amado sabe que no es posible que una diferencia de edad y de especies triunfe contra viento y marea. No siempre el amor vence, aunque nos logre dar felicidad por momentos.
Dedicada a su hijo Joao, en su primer cumpleaños, El gato manchado y la golondrina Sinhá, dibujan una verosímil historia de amor, tan colorida y variopinta como las ilustraciones que la acompañan.   

Mis primeras ochenta mil palabras

Author: Diego Fernando Marín
viernes, agosto 3


Autor: Vicente Ferrer (Ed.)
Ilustrador: Varios
Editorial: Media Vaca
Diccionario ilustrado
Recomendado para: los pequeños

El diccionario que más recuerdo de niño es invariablemente el pequeño Larousse, un monstruoso tomo pleno de ilustraciones que se hallaba dividido en dos partes; la primera correspondía al diccionario común, en tanto la segunda tenía que ver con personajes históricos y sitios geográficos. En aquella época, acudía siempre al pequeño Larousse para resolver mis dudas.
Uno de los recuerdos de aquellos días recae en una adolescente. Yo era apenas un niño que acompañaba a su madre a visitar a una amiga, que para mi bendición tenía una amplia biblioteca, en donde conocí esa colección de Grandes aventuras. Durante mucho tiempo me llamó la atención ver esa chica de largas piernas y pantalones cortos que se sentaba bajo el sol a leerse un mamotreto impresionante, un diccionario. Nunca entendía, pasados los años, porque lo leía en orden si el sentido de la aventura era precisamente encontrarse una sorpresa abriéndolo al azar.  
Con Silvia nos une –entre otras muchas cosas- el juego del diccionario, en donde un grupo de personas toma una palabra extraña y le inventa un significado teniendo en cuenta el modelo literario que plantea el cementerio, como lo llamaba Cortázar.
El último diccionario que tuve, es un voluminoso diccionario enciclopédico que me regaló mi madre en mi época de la universidad. Durante varios meses lo fue pagando por cuotas y aún hoy me acompaña.
Sin embargo tengo que reconocer que los diccionarios, amen de las palabras que contienen, son libros más bien aburridos y sin mayos atractivo. Los niños y jóvenes de hoy en día parecen detestarlo; y dentro de las aulas de clase exigen a los docentes que les digan los significados de las palabras. Ni siquiera recurren a los celulares para consultar en la RAE.
¿Es posible, entonces, acercarse a una nueva forma de presentación de un diccionario? No se trata de reinventar el concepto si no de dotarlo de un mayor atractivo y dinamismo que, sin desafiar la cómoda organización alfabética, pueda ser útil al usuario.
El editor Vicente Ferrer apostó por esa idea, siendo Mis primeras ochenta mil palabras el resultado. Por supuesto, la idea de juntar ochenta mil vocablos en lengua española para un diccionario de este tipo es exagerada, sin embargo si responde al espíritu del proyecto. El concepto fue simple, partiendo de definiciones de diccionarios diversos, se les pidió a un grupo de 294 artistas de 20 países diferentes, que eligieran su palabra favorita, la ilustrasen de acuerdo a la acepción deseada y la enviasen para ser parte del proyecto. Incluso si el artista no hablaba el idioma español podía participar, aunque invariablemente todas las palabras eran traducidas.
El sentido del libro se halla en dos elementos. El primero a saber, el libro trae una gran variedad de propuestas de ilustración; y el segundo, que se trata de las palabras favoritas de los artistas en cuestión, lo que añade el elemento de la lúdica y de la pasión al proyecto.
Por supuesto, creo que aquella joven y tenaz adolescente de la que alguna vez fui testigo, no podría reunir la disciplina de leer todas las palabras una por una, como si ábaco fuera más importante que zompopo, si no que se remitiría ala zar de la exploración y el descubrimiento.  

Las brujas

Author: Diego Fernando Marín
miércoles, agosto 1


Autor: Roald Dahl
Ilustrador: Quentin Blake
Editorial: Alfaguara
Recomendado para: lectores en marcha
Novela ilustrada

Para quien no haya leído esta novela de Roald Dahl he de avisar antes que, como en pocas ocasiones, hay avances que pueden adelantar algunos puntos clave de la lectura. Debo advertir además que la lectura de Las brujas garantiza un rato pleno de diversión y de buena literatura.
Cuando leí lo poco que pude de Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket quedé extasiado ante la cantidad de sarcasmos, expresiones políticamente incorrectas y las diversas formas literarias empleadas a lo largo del libro. Ahora leyendo a Dahl, debo reconocer también que Snicket es un gran deudor de la obra de Dahl.
Las brujas se halla ubicado en una Inglaterra atemporal donde la abuela noruega de un niño huérfano se divierte de lo lindo contándole historias sobre brujas. Sin embargo estas brujas no son de cualquier tipo ni forma, no se trata de las horribles ancianas de las que nos cuentan en los cuentos de espantos ni en la tradición popular ni en los relatos de hadas. No, estas brujas viven en todos los países, en las mismísimas ciudades y pueden ser confundidas con cualquier mujer. En esto Dahl es irreductible, las brujas son mujeres de la misma manera en que los vampiros solo son hombres. A pesar de que las brujas pueden ser confundidas con mujeres comunes y corrientes hay formas de identificarlas, porque todas las brujas son calvas -entonces usan pelucas que les provocan comezón- y tienen garras en lugar de uñas –entonces usan siempre guantes- y no tienen dedos en los pies, además de otras características que una  persona muy detallista puede encontrar. Con este tipo de historias crece el protagonista de la historia y en verdad esta información le va a resultar muy útil cuando se tope, no con una si no con toda una convención de brujas que están decididas a deshacerse de todos los niños de Inglaterra convirtiéndolos en ratón.
La narración de Dahl no sólo es ágil si no que se halla llena de contravenciones sociales (La abuela recomienda enfáticamente que los niños a lo sumo deberían bañarse una vez al mes) y de elementos de deliciosa crueldad (Las brujas tienen un canto sobre como despanzurrar a todos los niños después de haberlos convertido en ratones), pero se encuentra ante todo plena de realismo y sinceridad. Una de las mejores escenas es quizás cuando el protagonista, convertido en ratón, y sin posibilidad de volver a ser humano, descubre por boca de su abuela que probablemente sólo tenga nueve años más de vida; pleno de amor y ternura piensa que es lo mejor porque así morirá junto con la anciana que le ha brindado toda su sabiduría y le ha regalado todo su coraje. El final es abierto pero nos deja con la certeza que en algún momento en el futuro que sólo se vislumbra aguarda la muerte, aunque esta no sea tan terrible.
Como siempre será Blake el encargado de ilustrar los mejores momentos de la historia, con sus trazos tan alejados de eso que suelen considerar los padres y maestros una buena ilustración pero que comunican de manera profunda las situaciones, y  la carga emocional que las acompañan.