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Author: Diego Fernando Marín
viernes, julio 8
Elizabeth es una lectora feroz. Una vez encuentra un libro que le gusta se abalanza sobre él y lo rinde en profundos y furiosos asaltos. No importa si se trata de una novela o de una gran saga. Si la obra la engancha se la devora. Ahora está encantada con el mundo que George R. R. Martin plasma en Canción de hielo y fuego. Es la segunda vez que Elizabeth llega a una obra literaria a través de su recreación audiovisual. Su primera vez fue con El señor de los anillos, incluso se resistió durante algún tiempo, pensando que una vez vista la película para qué leerse el libro. Tolkien le mostró el poder de las palabras y todo el encanto de personajes como Tom Bombadil. Ahora, después de ver la primera temporada de Juego de tronos, ambos nos hemos lanzado sobre su origen literario.

Elizabeth lee ahora en el Kindle la versión electrónica de la novela (que me gustaría saber cuando llega impresa a Cali). Es decir, sigue las mismas palabras que se pueden hallar en el formato impreso. Sin embargo se resiste a decir que está leyendo un libro. Dice que sigue una lectura, dice que está leyendo a Martin, pero no que está leyendo un libro. Es comprensible, afirma, es extraño, no es lo mismo. La expresión de Elizabeth no tiene nada de particular, es la misma que tienen ahora miles o millones de personas que están leyendo en el formato electrónico; la misma sensación que tienen las editoriales (que incluso sienten que están perdiendo dinero: http://www.elmundo.es/elmundo/2011/07/08/cultura/1310109890.html [8/7/11]), la misma que siento cuando miro la vitrina de una librería y siento que en internet tengo más posibilidades, aunque no sea capaz aún de hacer compras virtuales por temor y desconocimiento. Muchos de nosotros no nos habíamos sentido tan golpeados por la tecnología. Nosotros, los hijos de la década de los setentas y posteriores, crecimos medianamente cerca a un computador. Sin embargo, la revolución de los libros electrónicos es algo que nos ha llegado  tarde y que nos produce extrañeza y una suerte de desconcierto. Hasta aquí, sin embargo, estamos hablando de la extrañeza generada por el Kindle y lectores electrónicos similares; la situación es más radical cuando hablamos de los libros como aplicaciones de los tablets.

Hace algún tiempo, en una discusión con los amigos de Pidetulibro, uno de los participantes del foro reclamaba que leer en un formato electrónico, no era de ninguna manera lo mismo que leer en formato impreso. Algo así como que el libro y lo que se hacía con él cambiaba drásticamente al leerlo en un dispositivo electrónico. Esa sensación de pérdida, tanto en el sentido de apropiación (no es lo mismo decir que se tienen mil libros virtuales que mil libros físicos, no existe la misma vergüenza al afirmar que el 10% de la biblioteca está sin leer cuando se trata de e-books que de libros de papel) como en el sentido de la sensación (navegar en los dos formatos es por completo diferente) se acentúa más cuando hablamos de los libros disponibles para las tablets, en general, y para los ipads, en particular. A pesar de todo esto, considero que el futuro del formato electrónico no se encuentra en el Kindle sino en los tablets. Esto a raíz de las grandes posibilidades que se encuentran en elementos como la interactividad y la multimodalidad.

Estamos claros que hay un abismo entre el libro tradicional y el libro como aplicación de las tablets. Mi última gran sorpresa ha sido la adaptación de El corazón y la botella de Oliver Jeffers, que cuenta no sólo con posibilidades de interacción sino también con el acompañamiento en audio de Helena Bonham Carter. He disfrutado horrores esta historia de Jeffers, pero cuando veo las posibilidades que brinda su versión electrónica en verdad me relamo como gato goloso. De alguna manera siento que el libro se enriquece. Los puristas no estarán de acuerdo con mi actitud, por supuesto, es por completo comprensible; y de hecho la adaptación no aporta ninguna fuerza narrativa al relato, no lo modifica sustancialmente, pero lo hace cómplice, lo acerca a esa posibilidad, tan pocas veces aprovechada en el campo editorial, que se denomina libro-juego. El libro deja así, de ser un solemne objeto, a ser un artículo lúdico.

Este paso a un libro más lúdico y menos solemne es también un paso que se gana en el campo de la promoción de lectura, y es un paso que le cuesta enormemente al académico y al purista.
  1. Esto nos llegó desde México:
    Hola , Diego:

    Las bondades de las tecnologías de la información son tan evidentes y nos deslumbran tanto las maravillas que hacen que desaparece de nuestra vista cualquier efecto negativo que pudieran tener en nosotros, sobre todo en nuestras mentes.

    Incluso en términos económicos resulta sumamente difícil establecer una correlación entre el uso de las tecnologías de la información (en las que se invierten cantidades estratosféricas de dinero) y el mejoramiento de la competitividad de las empresas y hasta con los márgenes de utilidad derivados de esas fuertes inversiones.

    Robert Merton Solow, premio Nobel de Economía, dijo: "Puede verse la era de los ordenadores en todas partes, excepto en las estadísticas de productividad".

    Enmedio del sinfín de estudios que hablan de la economía digital y hablaron de la nueva economía surgieron predicciones acerca del fin del trabajo, hacia mediados de este siglo, pues los robots habrán de sustituir a los humanos, sobre todo en las labores pesadas. Y la revolución no para, basta ver los esfuerzos que se realizan para romper el paradigma del funcionamiento de las computadoras mediante el cómputo cuántico, que sería como llevar la computación del estatus de una carreta tirada por caballos al avión más veloz que exista.

    Pero es notoria la escasez de críticas al uso de las tecnologías de la información, hay que buscar demasiado para encontrar una de esas joya casi incunables que alertan de algún peligro, de un efecto negativo de las tecnologías de la información, uno de esos estudios es el libro de Nicholas Carr titulado Superficiales. Qué está haciendo Internet con nuestras mentes.

    Conforme a lo que se señala en ese libro, sería conveniente que Elizabeth continúe estimulando su gusto por la lectura de libros en papel, pues si sustituye éstos por los libros electrónicos corre el riesgo de que dé el salto al Google como fuente exclusiva del conocimiento (la memoria intelectual de la humanidad, diría un amigo) y entonces se transforme su raciocinio, que cambie su forma de pensar actual por otra que estará conformada, no por libros leídos de principio a fin, sino por fragmentos de información extraídos del Google. ¿Para qué leer los libros completos si lo relavante ya está en el Google? Además, con el uso frecuente de esta herramienta durante varios años, bastan unos cuantos minutos para acumular la información que antes nos habría llevado semanas o meses obtener en una biblioteca.

  1. Y continua el mensaje de México:
    A continuación te envío el texto que viene en la solapa del libro de Nicholas Carr, recibe un afectuoso saludo desde México:

    ¿Google nos vuelve estúpidos? Nicholas Carr condensó así, en el título de un célebre artículo, uno de los debates más importantes de nuestro tiempo: mientras disfrutamos de las bondades de la red, ¿estamos sacrificando nuestra capacidad para leer y pensar con profundidad? en este libro, Carr desarrolla sus argumentos para crear el más revelador análisis de las consecuencias intelectuales y culturales de internet publicado hasta la fecha.
    Nuestro cerebro, como demuestran las evidencias científicas e históricas, cambia en respuesta a nuestras experiencias, y la tecnología que usamos para encontrar, almacenar y compartir información puede, literalmente, alterar nuestros procesos neuronales. Además, cada tecnología de la información conlleva una ética intelectual. Así como el libro impreso servía para centrar nuestra atención, fomentando el pensamiento profundo y creativo, Internet fomenta el picoteo rápido y distraído de pequeños fragmentos de información de muchas fuentes. Su ética es una ética industrial, de la velocidad y la eficiencia.
    La red nos está reconfigurando a su propia imagen, volviéndonos más hábiles para manejar y ojear superficialmente la información pero menos capaces de concentración, contemplación y reflexión. Este libro es una alerta sobre la seducción de la tecnología y aquello que estamos sacrificando a cambio de los beneficios y favores del mundo digital.
    «Incluso la gente que sospecha de la influencia irreprimible de la Red pocas veces permite que esa preocupación interfiera con el uso y disfrute de la tecnología. La computadora aniquila nuestras dudas con sus recompensas y comodidades. Nos sirve de tal modo que resultaría desagradable advertir que también somos sus siervos.»

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