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martes, julio 27

Somos animales de relatos. Una vez en posesión del tiempo comenzamos a relatarnos el mundo, sus orígenes, su futuro, nuestro lugar en él. Los primeros relatos nos ayudaron a localizar el alimento, a delimitar nuestro mundo y a saber quiénes éramos y lo que nos hacía diferente. Los relatos pasarían de generación en generación, se modificarían; algunos se agrandarían y en otros casos desaparecerían. Los relatos nos explican a nosotros mismos y el entorno en el que nos movemos. Sí, los relatos nos hacen humanos. La literatura habla de relatos.
En nuestra vida el gran almacén de relatos de la humanidad pasa a través de la literatura, la cual explora no sólo nuestras posibilidades reales de acción, las que tenemos a mano, las que nos ocupan día a día, sino que nos permite explorar las otras, las remotas, aquellas que nos son ajenas e incluso imposibles. Es a través del relato que aprehendemos nuestras primeras emociones, lo que debemos sentir ante los monstruos y la oscuridad, ante los labios de la amada, ante el rostro desfigurado por la ira, ante la soledad del bosque De manera implícita, los relatos nos entregan el mundo y la cultura que habitamos.
La literatura se moviliza a través del lenguaje y desde el momento en que nacemos nos vemos involucrados con canciones, palabras, frases, cuentos, rimas y ritmos. Cada palabra narra una historia. Los bebés lo saben desde sus primeras palabras. Al principio -ya lo asegura Vigotsky en Lenguaje y Pensamiento-, es en realidad toda una secuencia de acciones cuya interpretación dependerá del lugar y el momento en que son pronunciadas. Una palabra como tete puede ser traducida como dame tete, quiero tete, no quiero tete o que terrible tetero con sabor a cal me han dado el día de hoy, ¡puaj¡ En esa secuencia de ideas ya se halla el germen del relato y de la literatura.
A través de los relatos exploramos la multiplicidad de posibilidades que nos brindan las relaciones de una manera implícita y por lo general amoral -la carga moral se la puede adjudicar el lector (a menos claro que se trate de literatura infantil donde se supone que los niños no pueden leer entre líneas) que por lo general simplemente la olvida. A través de las historias aprendemos sobre el poder, sobre la sexualidad, sobre los árboles, sobre el bosque, el cielo, el amor y el odio. Todo está ya allí. El Quijote no nos habla de la valentía, nos habla de las relaciones de un hombre con la lectura, con sus iguales y con su propio tiempo. Los Miserables nos habla de las múltiples formas del amor y de la misericordia. King nos habla desde el otro lado, nos pide que seamos valientes, que nos esforcemos, que nos aguantemos y que el resto es oscuridad. A través de estas y otras obras exploramos formas de relacionarnos diferentes aunque no vivamos en la España del renacimiento ni nos toque la Francia del Siglo XIX. Descubrimos que esas formas de relacionarnos siguen siendo validas.
La construcción del sentido de lo humano está permeada de manera constante por el uso del lenguaje que se perfecciona a través de la literatura, aún cuando no se sepa leer. Muchas de estas figuras literarias terminan haciendo parte del inconsciente colectivo y se convierten en referentes simbólicos constantes.
Claro, se puede alegar que existe el cine y la televisión y el teatro y la música y la danza. Por supuesto, pero vienen después. En el principio fue la palabra…

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