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martes, noviembre 22

    Hace ya un tiempo dejé de emplear solo las carátulas de los libros en las reseñas. Se ha convertido en un reto “escenificar” cada uno de los libros, aunque en muchas ocasiones me he terminado repitiendo. Detrás del primer volumen de Wild Cards (ya reseñado) se encuentra el germen de lo que es hoy la biblioteca de aula, debido a una mezcla de cambios, persistencia y mucha suerte.



     Hace unas pocas horas terminé de leerme de nuevo Un monstruo viene a verme de Patrick Ness (ya reseñado con anterioridad).  La novela de Genji (por reseñar) me sigue acompañando en el maletín y la planeación para el segundo período de octavo va a girar alrededor de No comas renacuajos de Francisco Montaña (también reseñado ya). Los libros me han acompañado toda la jornada. Sin embargo hay una pregunta que me ha rondado en las últimas semanas, ¿para qué enseñamos literatura en el aula?

     La respuesta no es sencilla por supuesto. De hecho, creo que se trata de una respuesta en proceso, de un trayecto inacabado, de un edificio a construir –una suerte de Sagrada Familia-, sobre el que no hemos terminado de ponernos de acuerdo. ¿Trabajamos para que nuestros alumnos se conviertan en nuevos lectores?, ¿empelamos la literatura para que lean todo con lupa, como quien lee los contratos de préstamos de los bancos?, ¿empleamos la literatura para formar mejores personas? Y si es así, ¿qué mecanismos de censura ponemos en marcha?, ¿sirven para algo?, ¿el Coronel Aureliano Buendía conoció en verdad el hielo alguna vez o se trataba de una metáfora acerca del desamparo?, ¿terminó el periplo del pistolero en la puerta de la Torre Oscura?, ¿se encontrará el principito de nuevo en su asteroide? No lo sé. Paso con rapidez de preguntas estructurales a preguntas relacionadas con el deseo.

     Construyo mi planeación alrededor del rastreo de las formas de violencia presentes en No comas renacuajos. Quiero que los chicos de octavo aprendan a rastrear una idea en un texto, que aprendan a seguir un hilo de Ariadna en medio del laberinto de las palabras. Elizabeth, mi esposa, se ha burlado un poco. Te vas a tirar el libro, me dice con sorna. Las funciones de una bibliotecaria y de un docente son diferentes, le respondo con rapidez a la defensiva. Además, primero lo vamos a leer de un tirón, añado con rapidez. ¿En realidad me tiraré el libro? He vuelto a derramar unas pocas lágrimas al acercarme a las últimas páginas del libro (¿novela?, ¿cuento?, ¿por qué novela?, ¿por qué cuento?) de Montaña. ¿Sucederá lo mismo con los chicos? Solo tengo una forma de saberlo, implementar la idea, los elementos conceptuales, leer el libro con ellos, discutirlo, cuestionarlos, conducirlos a que se enfrenten a la realidad a través de una historia que ellos rastreen y que puedan convertir en una crónica, y luego evaluar qué ha sucedido con todo el proceso.

     El día de hoy no les he leído a los chicos. No he encontrado el libro adecuado. Sin embargo, este fin de semana compré libros para la biblioteca de aula. Pero como dijo Ende, esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

     Gracias por la compañía, querido lector insomne.