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miércoles, febrero 3

Autor: David Foster Wallace
Traducido por: Javier Calvo
Editorial: Debolsillo
Recomendado para: Grandes lectores
No ficción

     Conocí este libro a través de María Paulina, una alumna de penúltimo año de bachillerato, quien realizó una reseña de este libro mientras buscaba evadir su exploración de temas académicos para realizar su trabajo de grado. Sin embargo, la reseña resultante fue lo suficientemente buena que deje pasar el tema y le di una buena calificación junto con una línea con mi letra cuneiforme en donde le decía que me había hecho ganas de leerme el libro. Los chicos tienen un corazón generoso, sobre todo las chicas que leen, dos días después María Paulina me llevó el libro para que me lo leyera. La experiencia ha resultado mucho mejor de lo esperado.
     El mundo capitalista nos ha enseñado a matarnos mucho tiempo, muchas horas al día, para que en algún momento nos demos unas vacaciones que sean inolvidables. Por lo general –No puedo dejar de recordar al principito mientras terminaba de hablar sobre las píldoras que quitaban la sed diciendo que emplearía todo el tiempo ahorrado en caminar con tranquilidad hasta un pozo para beber- la fantasía de las vacaciones consiste en hacer lo mínimo posible en cualquier lugar tropical, lleno de palmeras y de playa. Eso, o un crucero.
     Los cruceros nunca me han llamado la atención en particular, y mucho menos después de leer el reportaje de David Foster Wallace. Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer es el relato de un periodista paranoico semiagarofobico que se sumerge en el blanco corazón de los mares a bordo de un gigantesco crucero de lujo, todo ello pagado por la prestigiosa revista Harper´s. Lo que podría ser el sueño de muchos, resulta ser la pesadilla de este periodista.
     Foster Wallace comienza haciendo un recuento de todo lo visto, de todo lo vivido en su semana, desde la patética espera en una suerte de hangar [Una segunda señora (…)tiene un megáfono y repite una y otra vez que no nos preocupemos por nuestro equipaje, que nos seguirá más tarde, y por lo visto solamente a mí me parece un momento aterrador por su eco involuntario de La lista de Schindler en que embarcan a la gente para Auschwitz (p. 29)] , pasando por la sensación de ser odiado por el capitán de la nave, su contemplación de las multitudes que descienden a los puertos [No importa que esté aquí arriba o ahí abajo, soy un turista americano, y por tanto ex officio corpulento, rollizo, rubicundo, escandaloso, malcriado, preocupado por su aspecto, avergonzado, desesperante y codicioso: la única especie de bovino carnívoro que se conoce en el mundo (p. 91)] hasta la introspección de su –nuestra- insaciable capacidad de pedir siempre más. Y todo ello contando de la manera más delirante posible, como en aquel instante en que decide averiguar en qué momento arreglan su cuarto y descubre que si se demora más de 29 minutos de alguna manera mágica su cuarto está limpio y organizado, pero si se demora menos tiempo todo sigue igual, o las páginas donde teme que finalmente el capitán del crucero ha encontrado la mejor manera de deshacerse de él, a través de la fuerte succión del sanitario (No sé porque tengo la fuerte necesidad de escribir la palabra retrete).
     Cada recuerdo, cada momento, cada diálogo, escrito con un enorme humor negro que hace trizas de alguna manera todo, incluso lo que parece admirar. Sobre todo si se refiere a sí mismo. Así, algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, se convierte en una experiencia divertida que me hizo buscar casi de inmediato La broma infinita, y esperar leer más del autor en poco tiempo.
    

        
  1. Hay que ponerlo en la lista: "Por leer".

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