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lunes, octubre 27

Hasta el momento hemos utilizado dos términos de manera indistinta: mediado y promotor. Sin embargo, es justo aclarar que existe una que, según ciertos espacios, puede ser o no importante. Así, el mediador es quien media –valga la redundancia- entre el material escrito y el lector. Es decir, quien presenta, modela y guía la lectura de determinado texto y su destinatario final. De esta manera el docente, en virtud de su oficio y de sus objetivos, es el mediador por excelencia, puesto que es él quien determina un libro del canon, por lo general, para ser entregado, esto es mediado, ante el lector en formación, ya sea un niño o un adolescente.
Por fortuna, por bien o por mal, no recae solo en el docente el proceso de formación lectora. Por fortuna existe una figura imbuida de los más tenues poderes y las exigencias más inciertas, el bibliotecario. Y hemos de decir tenues e inciertas, porque esos adjetivos describen, en mayor o menor medida, con mayor o menor justicia, el papel que el bibliotecario funge en las instituciones educativas. De esta guisa en Colombia podemos encontrar diversos tipos de bibliotecarios que van, verbigracia, desde el auxiliar de secretaría hasta el denominado bibliotecólogo; abarcando este camino un gran espectro de funciones auxiliares y/o principales que convierten esta figura en una suerte de mago medieval venido a menos, de tan variopintas descripciones ha sido cargado. Sin embargo, una función habrá de serle inherente, la de promotor. En este orden de ideas, si el docente media la lectura, o lecturas, de determinados libros, el bibliotecario se encargará de abrirle al lector en formación un sinnúmero de puertas y posibilidades entre las cuales perderse. Donde el docente evalúa el bibliotecario invita, sugiere, susurra. Por supuesto esto no quiere decir en ningún momento que la función del docente acabe en la mediación. Si nos retornamos a la sección anterior de este recorrido que hemos venido haciendo, el docente tiene dos posibilidades que no son mutuamente excluyentes: por un lado sigue el currículo, por otro lado le roba tiempo y comparte lecturas con sus alumnos. Mas, si hemos de ser justos, cuando un docente se encuentra con un bibliotecario, su combinación puede ser invencible.
Con todo, la figura del bibliotecario, quien promueve el universo de libros contenido dentro y fuera de la biblioteca, es una figura en permanente construcción, que ha pasado de ser un burócrata de documentos, aquel que susurraba a los oídos de las autoridades escolares competentes quien leía libros obscenos (Pantaleón y las visitadoras, por ejemplo) a ser quien susurra al oído de los lectores cual puede ser la nueva aventura en la que se pueden embarcar. Así, títulos como Juego de tronos, Corazón de tinta, Viva la música, Hush-hush, Pippi Calzaslargas, Tom Sawyer y Lolita, entro otros muchos libros, adquieren sentido al hallarse fuera del campo de la mediación y más cercano al campo de la promoción. Dicho de otra forma, lejos de la formación de competencias lectoras, y más en el terreno de la formación de hábitos lectores. Esta última diferencia es necesaria, pues a despecho del Ministerio de Educación y de las editoriales de planes lectores, competencias y hábitos no son, no pueden ser lo mismo.
De esta forma, hemos revisado hasta el momento al menos los conceptos de literatura juvenil y su relación con la escuela, hallando como vasos comunicantes entrambos las figuras de los docentes y bibliotecarios, los mediadores y los promotores. Pero si hemos de ser justos, si hemos de ser exhaustivos, aún tenemos que indagar en otras figuras presentes en las instituciones educativas: quienes administran –dueños, rectores, coordinadores- y quienes vigilan, bien que mal, que la escuela cumpla sus objetivos –los padres, en primer lugar y los organismos administrativos del Estado, en segundo lugar.
Pero, como hemos venido diciendo, ese es otro tema, y será abordado en otra situación.