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miércoles, octubre 8

Si hemos sido juiciosos hasta ahora debemos convenir en algo. La literatura juvenil no es propiamente lo que las editoriales signan como tal. No, se trata de un territorio de frontera en donde se puede encontrar una amplia gama de publicaciones, desde Cuentos en verso para niños en verso hasta Shakespeare; desde Mark Twain hasta Cincuenta sombras de Gray. La razón de las generalizaciones se halla en un error común, la asunción de que a determinadas edades se gusta de determinados libros. Esta categorización de libros por edades es propia del aparato mediador más grande que existe, la escuela.
No podemos olvidar que los niños y adolescentes por lo general no pueden adquirir libros por sí mismos, así que sus gustos e intereses son mediados por sus padres. ¿A quién acuden, en inmensa mayoría, los padres para determinar cuáles son los libros más adecuados para sus hijos en su desarrollo lector? A la escuela. Ante todo cuando muchos padres no son lectores por sí mismos.
La escuela ha detentado un lugar cada vez más preponderante en la mediación entre el mundo real y las etapas de desarrollo; es en ella en quien se ha descargado la responsabilidad de educar en nuestro tiempo. Al punto de que si un niño es maleducado o simplemente grosero los padres no suelen mirarse a sí mismo, miran a los docentes y a la institución escolar en general. Esto aún es más evidente en la escuela secundaria.
Ya lo decía Pennac en su célebre ensayo Como una novela. Mientras los niños son pequeños y se encuentran en el seno familiar, los padres buscan las bibliotecas públicas e incluso van a librerías con los pequeños a buscar las publicaciones adecuadas para ellos. Son los padres entonces los primeros mediadores, pero al llegar a la edad escolar las orientaciones, la mediación tiene lugar en el colegio. Los padres no suelen discutir, se acogen a las decisiones de los profesores y rectores, las decisiones institucionales. Aquí hay un divorcio de objetivos, puesto que la escuela busca formar, no en gustos lectores, sino en competencias básicas que permitan a los niños y jóvenes enfrentarse a una amplia variedad de textos y, no lo podemos negar, a entregar a los lectores en formación aquello que podemos denominar el canon. Dicho de otra forma, aquellas lecturas que han sido, y son, indispensables en la formación del pensamiento occidental. No podemos discutir la labor que en esto tiene la escuela. No podemos discutir las razones que llevan a los padres a entregar estos procesos de formación a las instituciones educativas. Discutimos en cambio la labor que tienen, que han tenido que asumir los docentes en las escuelas.
En los primeros años de formación, en lo que podemos llamar preescolar y primaria, el acceso a los libros, al material escrito, se halla principalmente guiado por la lúdica, por el aprehendizaje del gusto. Los docentes leen en voz alta, discuten, inventan canciones, proponen interpretaciones a los libros álbum y libros ilustrados, brindan herramientas para que los chicos se apropien de las lecturas. El acceso a la secundaria tiene otro sabor. Se espera que los alumnos hayan accedido a las claves básicas de la decodificación, interpretación y análisis crítico, es entonces cuando se enfrentan, se considera que son capaces de enfrentarse, a los análisis de obras más “duras”. Hacen así su ingreso obras cumbres del pensamiento occidental, El doctor Jekyll y Mr. Hide, El señor de las moscas, El gigante egoísta. Los libros entonces no son mediados en virtud de su valor estético intrínseco, si no de la capacidad de análisis que el lector en formación pueda tener al enfrentarse a ellos. También sucede, de manera casi imperceptible, que se olvidan de los juegos de palabras, la poesía, el goce de la representación y el drama. El papel del mediador cambia de manera drástica, el goce es dejado a un lado, es el lugar de la crítica, de la inferencia, de la construcción de sentido en virtud de X o Y teoría. No nos malentendamos, estos elementos ayudan a que los lectores puedan sacar otros elementos en los que las obras literarias se hallan inmersos, pero el mediador toma un papel más duro, el de juez, el de evaluador. Así el libro se convierte en un conjunto de datos de los cuales se debe poder sacar algo de utilidad, y que va mucho más allá de la moraleja, del deber ser.
Son estas circunstancias las que alejan a los mediadores de los adolescentes, porque a su vez estos se convierten en duros auditorios, sospechosos, repelentes. ¿Dónde está la trampa?, ¿cómo se va a evaluar?, ¿qué se espera que hagamos con esto que se nos entrega? El joven sospecha, y el mediador es comenzado a ver casi como un criminal, pues no es otra cosa que objeto de sospecha. ¿Dónde está entonces la trampa?
Si me permites la dilación, oh amable lector, retomaremos en una próxima entrada estos interrogantes.