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martes, octubre 7
Foto de Nathalia Rivero, tomada de la página de facebook de Riders
He de iniciar esta entrada con una generalización: hasta el lanzamiento de Harry Potter en 1997, no existía una literatura juvenil propiamente dicha. Existían libros para jóvenes, por supuesto, y libros que los jóvenes se habían apropiado. Pero no existía una literatura juvenil como tal.
Antes de continuar debo declarar que no me gusta Harry Potter, que me parece que el mundo que J. K. Rowling describe es demasiado deudor de Tolkien, y que de alguna manera toma sus mejores partes y las infantiliza sin pudor. Con todo esto, sin embargo, la serie de Harry Potter logró algo de lo que muy pocas obras pueden ufanarse, creció con sus lectores. Durante diez años Potter y sus amigos –quienes hacen todo por él- entretuvieron a los lectores, que enamorados de ese universo que se había expandido también con el trascurso de los años esperaron con paciencia a que fueran apareciendo los libros. Por supuesto podría alegarse que no es la única saga que ha hecho esperar a sus lectores. Se puede mencionar entonces la saga de la Fundación de Isaac Asimov, la infinita Dragonlance, la inacabable Dune e incluso a Sherlock Holmes. Sin embargo, gracias a la globalización y al mercadeo –no se puede omitir su participación en este fenómeno-, entre otras razones, ha sido unas de las pocas veces en la historia que un conjunto de lectores ha crecido a la par que su protagonista. Y no sólo crecieron de tamaño, sino que también lo hicieron como lectores. Eso implicó que debieron apoderarse de otras obras, de otros mercados, de otras sagas. Así, autores como Terry Gilliam y Neil Gaiman también vieron acrecentados el número de lectores, lectores que en muchos casos no habrían concebido al principio. Pero el fenómeno escapó del campo de la fantasía, porque no necesariamente (y esto lo olvidaron por mucho tiempo las editoriales) los jóvenes están necesitados de Fantasía. En Colombia, por ejemplo, estos lectores se apropiaron de la obra de Mario Mendoza, que escribe obras de carácter político y realista.
Es aquí donde debemos detenernos para recordar que el mercadeo ha creado un estereotipo de lo que debe leer un joven, pero el sujeto real escapa por mucho de esos débiles límites. Para ejemplificar este punto hablaré de un fenómeno que durante los dos últimos años, aproximadamente, se ha dado en Cali. Este fenómeno se llama Riders.
Riders nace, ya me corregirán ello, como una iniciativa de jóvenes y para jóvenes que un buen día deciden reunirse en un centro comercial para hablar de libros. No son fanáticos de una saga o de un autor en particular, sólo les gusta hablar de libros. Sin embargo ante la dispersión que ofrece un centro comercial deciden acercarse a la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero –Sí, esa que estuvo a punto de cerrar hace algún tiempo por falta de presupuesto departamental, porque así hacemos las cosas en Colombia- y se encuentran con un promotor de lectura que se reinventa bajo el pseudónimo de Spaguetti Morela Alfin y que no sólo les escucha sino que se convierte en una piedra de toque, un dinamizador del proceso juvenil. Seamos claro, John Jairo Navia -Spaguetti- no inventa Riders, lo que hace es sencillo, los escucha y se compromete con ellos.
En su página de Facebook sus integrantes –que oscilan entre los trece y los veinte años de edad- dan cuenta de sus escritos, sus intereses y, sí, sus lecturas. Estas últimas abordan a autores como Rick Riordan, J.K Rowling –por supuesto-, John Green, Edgard Allan Poe, William Shakespeare, Piedad Bonnet, Suzanne Collins, Stephen King – si hacen un conversatorio o evento sobre King me apunto sin resquemor alguno- y F. Scott Fitzgerald, solo por nombrar algunos.    
Así, el lector juvenil no es sólo aquel que consume lo que las editoriales y librerías ubican bajo el rotulo de juvenil sino que sus lecturas van más allá, mucho más allá.
Más aún, hay que hacer un alto, uno nuevo, y aclarar que el lector joven actual, no solo consume libros impresos, sino que los devora –principalmente ante sus altos precios- en formatos electrónicos, ya sea a través de tabletas, celulares, kindles o computadores. Por eso, las viejas encuestas acerca de hábitos lectores y de consumo ya no pueden detenerse en el número de libros que son adquiridos en las librerías, porque estas no pueden reflejar la actualidad del consumo cultural.  

Queda entonces preguntarse: Si bajo la égida de la literatura juvenil el mundo del mercadeo y la publicidad lanzan uno tras otro productos premasticados –hay muchos títulos y autores que brillan por sí mismo a pesar del mercado- bajo el signo de lo que los jóvenes consumirán, ¿cuál será entonces en papel del promotor de lectura?