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jueves, octubre 2
Portada de Los tres mosqueteros, publicada por Oveja negra, uno de mis libros más recordados.

Si bien la literatura juvenil es un concepto relativamente nuevo, no lo es el de literatura ni mucho menos el de joven. Entonces, ¿cómo era la literatura juvenil antes de la existencia de la literatura juvenil? Revisar este concepto es importante para que entendamos algunos de los comportamientos que se están dando en la actualidad en los campos editorial y de promoción de lectura.
Para poder realizar esta exploración tendremos que retrotraernos muchos años, quizás hasta el surgimiento de los folletines. ¿Por qué nos adentramos en los folletines? Porque los señores Dickens y Dumas cultivaron este tipo de novela que consistía en realizar entregas periódicas de las obras y que supusieron la necesidad de terminar en punta cada uno de los capítulos, para que una semana después los lectores ansiosos por saber que sucedía con sus héroes compraran el siguiente y el siguiente ad absurdum (si lo consideran un género muerto bien se puede observar las técnicas narrativas de autores como Arturo Pérez Reverté o G.R.R. Martin). Más allá del arte, innegable de estos autores, tenemos en ellos a los padres de la literatura por entretenimiento. Muchos de los grandes autores que los lectores de mi generación cultivamos y muchos de los que se tienen por imprescindibles –como Balzac- publicaron folletines.
Es de señalar que en ningún momento estos autores escribieron para un público exclusivo –aunque bien que sí conocían a su público y lo que ellos querían- sino para una masa hambrienta que esperaba semanalmente su dosis de ficción. Así nacieron obras como Los tres mosqueteros, Los hermanos Karamazov, Sandokán y Las aventuras de Pinocho, por nombrar solo algunos títulos.
Si bien en su momento los editores hicieron su agosto, fueron los lectores quienes en últimas eligieron que autores eran sus preferidos, de qué personajes querían saber más y cuáles eran los villanos más detestados. Este género, denostado en su momento, fue, como ya vimos, el padre de una gran generación de autores.
Lo mismo sucedió con mi generación y algunas generaciones anteriores. Las primeras obras que cayeron en mis manos –y muchos de quienes leen estas líneas se sentirán identificados- fueron Los tres mosqueteros y Sherlock Holmes y Veinte mil leguas de viaje submarino, que, o bien aparecían por entregas en suplementos dominicales o en tomos ilustrados que “aparecían” por múltiples razones en las casas, heredados de padres, abuelos o tíos, que ofrecían algunas de sus lecturas favoritas a los más pequeños.
No fue una literatura pensada para jóvenes –a muchos de ellos el estilo de Dickens o Balzac les parecerá demasiado rimbombante y descriptivo- sino que fueron los jóvenes –que fuimos y/o somos- quienes los elegimos como nuestros. Para muchos de los lectores de hoy en día el procedimiento ha sido similar, pero ese es un aspecto que continuaremos revisando en la próxima entrada (espero que esta apropiación folletinesca sirva para mantenerte pendiente, Oh amable lector). 

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