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lunes, octubre 27

Hasta el momento hemos utilizado dos términos de manera indistinta: mediado y promotor. Sin embargo, es justo aclarar que existe una que, según ciertos espacios, puede ser o no importante. Así, el mediador es quien media –valga la redundancia- entre el material escrito y el lector. Es decir, quien presenta, modela y guía la lectura de determinado texto y su destinatario final. De esta manera el docente, en virtud de su oficio y de sus objetivos, es el mediador por excelencia, puesto que es él quien determina un libro del canon, por lo general, para ser entregado, esto es mediado, ante el lector en formación, ya sea un niño o un adolescente.
Por fortuna, por bien o por mal, no recae solo en el docente el proceso de formación lectora. Por fortuna existe una figura imbuida de los más tenues poderes y las exigencias más inciertas, el bibliotecario. Y hemos de decir tenues e inciertas, porque esos adjetivos describen, en mayor o menor medida, con mayor o menor justicia, el papel que el bibliotecario funge en las instituciones educativas. De esta guisa en Colombia podemos encontrar diversos tipos de bibliotecarios que van, verbigracia, desde el auxiliar de secretaría hasta el denominado bibliotecólogo; abarcando este camino un gran espectro de funciones auxiliares y/o principales que convierten esta figura en una suerte de mago medieval venido a menos, de tan variopintas descripciones ha sido cargado. Sin embargo, una función habrá de serle inherente, la de promotor. En este orden de ideas, si el docente media la lectura, o lecturas, de determinados libros, el bibliotecario se encargará de abrirle al lector en formación un sinnúmero de puertas y posibilidades entre las cuales perderse. Donde el docente evalúa el bibliotecario invita, sugiere, susurra. Por supuesto esto no quiere decir en ningún momento que la función del docente acabe en la mediación. Si nos retornamos a la sección anterior de este recorrido que hemos venido haciendo, el docente tiene dos posibilidades que no son mutuamente excluyentes: por un lado sigue el currículo, por otro lado le roba tiempo y comparte lecturas con sus alumnos. Mas, si hemos de ser justos, cuando un docente se encuentra con un bibliotecario, su combinación puede ser invencible.
Con todo, la figura del bibliotecario, quien promueve el universo de libros contenido dentro y fuera de la biblioteca, es una figura en permanente construcción, que ha pasado de ser un burócrata de documentos, aquel que susurraba a los oídos de las autoridades escolares competentes quien leía libros obscenos (Pantaleón y las visitadoras, por ejemplo) a ser quien susurra al oído de los lectores cual puede ser la nueva aventura en la que se pueden embarcar. Así, títulos como Juego de tronos, Corazón de tinta, Viva la música, Hush-hush, Pippi Calzaslargas, Tom Sawyer y Lolita, entro otros muchos libros, adquieren sentido al hallarse fuera del campo de la mediación y más cercano al campo de la promoción. Dicho de otra forma, lejos de la formación de competencias lectoras, y más en el terreno de la formación de hábitos lectores. Esta última diferencia es necesaria, pues a despecho del Ministerio de Educación y de las editoriales de planes lectores, competencias y hábitos no son, no pueden ser lo mismo.
De esta forma, hemos revisado hasta el momento al menos los conceptos de literatura juvenil y su relación con la escuela, hallando como vasos comunicantes entrambos las figuras de los docentes y bibliotecarios, los mediadores y los promotores. Pero si hemos de ser justos, si hemos de ser exhaustivos, aún tenemos que indagar en otras figuras presentes en las instituciones educativas: quienes administran –dueños, rectores, coordinadores- y quienes vigilan, bien que mal, que la escuela cumpla sus objetivos –los padres, en primer lugar y los organismos administrativos del Estado, en segundo lugar.
Pero, como hemos venido diciendo, ese es otro tema, y será abordado en otra situación.   

AMERICAN GODS

Author: Diego Fernando Marín
lunes, octubre 20

Autor: Neil Gaiman
Editorial: Norma editorial
Recomendado para: Jóvenes lectores
Novela
American Gods  es justo esa novela que una vez leída se queda para siempre en tus recuerdos y comienza a hacer parte de tus referencias constantes. Luego te das cuenta de que lees otro libro de Gaiman, bien sea Los hijos de Anansi o El libro del cementerio y te das cuenta que te has quedado enganchado, que has ingresado a un autor a tu biblioteca y que comienza a hacer parte de tu propia mitología.
Sin contar a Sandman, American Gods es la obra fundamental de Neil Gaiman, en ella recoge sus más importantes temas y los desarrolla de manera magistral. Aunque decir eso sea quedarse corto. Pero, ¿qué es lo que hace tan relevante a Gaiman dentro de la literatura fantástica en general? Podríamos decir que su importancia se resume en la capacidad que ha tenido su autor de apropiarse de diversas mitologías –en especial la nórdica- y darles vida sobre la página. Más aún darles vida en tierras norteamericanas y representar toda la influencia que el “nuevo continente” ha tenido sobre los dioses que viajaron con los primeros colonizadores. Así, desde Wothan hasta Bastet, desde el Gran Espíritu hasta Anansi, encuentran en este relato su lugar en toda su complejidad, con facetas que abarcan mucho más allá de lo que insinúan las páginas de los diccionarios de mitología. De alguna manera el lector presencia el movimiento de una mitología viva, en nada relacionado con la de los museos o de los libros de historia.
Debe señalarse sin embargo, que aunque ágil American Gods no es libro complaciente ni ágil, por el contrario, está lleno de símbolos, de guiños a historias del folklore, a mitologías casi olvidadas, y a una declaración de la tierra norteamericana, árida para cualquier tipo de dios.
Al lector sólo le queda una certeza final: Solo los dioses son reales.
jueves, octubre 16
Cuando mi madre me veía elegir un libro en una librería, siempre me dirigía una pregunta encantadora y cargada de sentido: ¿ese libro si le va a servir de algo? Era encantadora porque desde ese entonces, en aquella lejana época de mi adolescencia, se abrieron las puertas de mi capacidad de imaginación. Así, fui capaz de argumentar que Parque Jurásico de Michael Crichton me servía para un ensayo acerca del autismo que estaba adelantando (que sí me sirvió, que el único que lo entendió fue el profesor es otra cosa. Por otro lado, mis compañeros de carrera jamás pudieron entender como la castración operaba en El show de Truman), que Asimov me servía para ilustrar algunos elementos de psicología social o que Gibson podía sustentar la alienación social causada por la tecnología. La ciencia ficción nunca fue difícil de sustentar en relación con mi elección de carrera, en cambio la fantasía, bueno, la fantasía era otra cosa. Hoy que vivo de los libros, aún mi madre me sigue haciendo la misma pregunta, ¿ese libro si le va a servir de algo?
Es ese mismo afán de utilidad el que guía la escuela. Esa necesidad de sustentar ante muchos padres la utilidad del libro, la capacidad que tiene el lector en formación de acabar Antología de los mejores relatos de ciencia ficción, Cóndores no entierran todos los días o Cien años de soledad en un trimestre o menos. Acabarlo, porque ya veremos si disfrutarlo o entenderlo. Porque, entiéndase bien, para muchos adolescentes la escuela arruina los libros. Al menos eso manifestó el estudiante de un colegio en donde una docente, con la mejor de las intenciones, tuvo la iniciativa de elegir Twilight Crepúsculo- como libro de English and literature: El colegio se tira los buenos libros.
Si concordamos con este estudiante encontraremos una de las grandes dificultades en la formación de lectores en la escuela. Ante su esfuerzo por formar lectores competentes, se olvida de formar buenos lectores. Ante el esfuerzo de evaluar las competencias se olvida de dialogar acerca de los buenos libros, de construir el amor por la lectura.
Como mencionamos con anterioridad, el docente mediador no puede alejarse de su rol como formador de lectores competentes y menos aún de responder ante las exigencias de los padres y las directivas. Porque los padres y la administración exigirán buenos resultados en los exámenes, en las pruebas bianuales, al final del período del bachillerato, al final de la educación profesional. ¿De qué le sirve leer tanto si no puede responder bien las pruebas ICFES/ PISA? Esta es la afrentosa pregunta que recibe el lector de Shakespeare, de Pessoa, de King.
De esta manera nunca antes la palabra mediador describió tan bien al docente. Una criatura que se halla justo en el medio entre lo que quiere hacer y lo que le piden hacer. Así que no hay otra opción que robarle tiempo al tiempo, al currículo, a las reuniones, a las exigencias administrativas, a la vida en pareja, para poder construir un espacio paralelo de lecturas que se comparten, de poemas fugaces, de prosa rauda, que se transmite entre una y otra clase, en forma de lectura en voz alta, de libro reseñado, comentado, criticado. En medio de una conversación acerca del libro de moda, del libro que se está leyendo en otra clase; y recordando que el proceso del niño, del adolescente, difiere sustancialmente del nuestro, porque él está descubriendo, inventado de alguna manera autores nuevos, porque aunque estén leyendo a los clásicos, para ellos son autores nuevos, que reinventan con su voz.
Aclaremos que el mediador tampoco debe emocionarse. No hay soluciones fáciles ni universales. Las ventajas de ser invisible le encanta a las niñas de los últimos grados, ¿pero quién se anima a leer esas escenas donde Charlie ve que una chica le hace sexo oral a un compañero? o ¿cómo detenerse cuando se está leyendo Seda y la mitad del grupo se aburre pero la otra mitad se halla en el éxtasis? o ¿cómo explicarles que El cobrador  de Fonseca, emplea toda esa carga de violencia en el lenguaje como un reflejo de la violencia en la que se encuentra inmerso? o ¿cómo explicarles que la mitad de la obra de Bukowski habla de chochos y pelos y piernas, porque él sólo puede expresarse a través del cuerpo, que le es lo más cercano, lo más íntimo? y ¿cómo no detenerse cuando solo uno de los alumnos parece seguir la lectura?
Lo importante sin embargo, es que el docente no está solo, no debe estar solo, como mediador de lectura en ese espacio privilegiado que es la escuela.

Pero como siempre, ese será tema de otra entrada y será tocado en otra ocasión. ¿Aún me sigues, oh amable lector? 

EL GLOBO. Restaurante – taller

Author: Diego Fernando Marín
sábado, octubre 11

Algunas de mis escenas favoritas de Calvin & Hobbes tienen que ver con sus visitas a los restaurantes. En primer lugar porque cuando lo hacen, a Calvin siempre le ponen saco y corbata; y en segundo lugar porque cuando pueden llevar a Hobbes la situación se pone un poco más surrealista. Sin embargo la cuestión es clara, entre tantos espacios que niegan la infancia, el restaurante, relacionado con el placer de la buena comida, es uno más. Así que a Calvin solo le queda fantasear en casa con la comida que le dan, comida que termina siendo atacada, descuartizada y regada por toda la casa. Comida sana, de manera muy probable, pero que es presentada de una manera muy sosa.
El día de ayer, 10 de octubre de 2014, visité el restaurante que quizá le habría gustado a Calvin, porque es un restaurante pensado para niños, y porque visiblemente es mucho más que un restaurante, El globo. En él Silvia Valencia ha concebido un espacio hermoso, con escenario, decoraciones, platos de comida y libros para niños. Así, es posible encontrarse detalles llenos de vida y de infancia en cada una de las estancias que conforman este espacio. Desde los platos, porciones pequeñas, divertidas y sanas (la comida es 100% realizada en el restaurante, desde el pan hasta las salsas) hasta los espacios de talleres y la librería, en donde los chicos y adultos tendrán un lugar de encuentro y diversión. De esta manera, en un lugar donde hay pocas posibilidades de diversión, se ha erigido El globo, como un homenaje a la infancia.
El globo puede ser visitado en: Calle 4A #34-20 B/ San Fernando Viejo. Teléfonos: 3044291 -3174251353  
Sus horarios de atención son: Martes a viernes de 3:00 p.m. a 9:00 p.m. Sábados de 12:00 a.m. a 9:00 p.m. y domingos de 12:00 a.m. a 6:00 p.m.
También pueden visitar su página en Facebook (https://www.facebook.com/elgloborestaurante?fref=ts ), que les brindará una pálida idea de lo que en verdad pueden encontrarse.

 
  









miércoles, octubre 8

Si hemos sido juiciosos hasta ahora debemos convenir en algo. La literatura juvenil no es propiamente lo que las editoriales signan como tal. No, se trata de un territorio de frontera en donde se puede encontrar una amplia gama de publicaciones, desde Cuentos en verso para niños en verso hasta Shakespeare; desde Mark Twain hasta Cincuenta sombras de Gray. La razón de las generalizaciones se halla en un error común, la asunción de que a determinadas edades se gusta de determinados libros. Esta categorización de libros por edades es propia del aparato mediador más grande que existe, la escuela.
No podemos olvidar que los niños y adolescentes por lo general no pueden adquirir libros por sí mismos, así que sus gustos e intereses son mediados por sus padres. ¿A quién acuden, en inmensa mayoría, los padres para determinar cuáles son los libros más adecuados para sus hijos en su desarrollo lector? A la escuela. Ante todo cuando muchos padres no son lectores por sí mismos.
La escuela ha detentado un lugar cada vez más preponderante en la mediación entre el mundo real y las etapas de desarrollo; es en ella en quien se ha descargado la responsabilidad de educar en nuestro tiempo. Al punto de que si un niño es maleducado o simplemente grosero los padres no suelen mirarse a sí mismo, miran a los docentes y a la institución escolar en general. Esto aún es más evidente en la escuela secundaria.
Ya lo decía Pennac en su célebre ensayo Como una novela. Mientras los niños son pequeños y se encuentran en el seno familiar, los padres buscan las bibliotecas públicas e incluso van a librerías con los pequeños a buscar las publicaciones adecuadas para ellos. Son los padres entonces los primeros mediadores, pero al llegar a la edad escolar las orientaciones, la mediación tiene lugar en el colegio. Los padres no suelen discutir, se acogen a las decisiones de los profesores y rectores, las decisiones institucionales. Aquí hay un divorcio de objetivos, puesto que la escuela busca formar, no en gustos lectores, sino en competencias básicas que permitan a los niños y jóvenes enfrentarse a una amplia variedad de textos y, no lo podemos negar, a entregar a los lectores en formación aquello que podemos denominar el canon. Dicho de otra forma, aquellas lecturas que han sido, y son, indispensables en la formación del pensamiento occidental. No podemos discutir la labor que en esto tiene la escuela. No podemos discutir las razones que llevan a los padres a entregar estos procesos de formación a las instituciones educativas. Discutimos en cambio la labor que tienen, que han tenido que asumir los docentes en las escuelas.
En los primeros años de formación, en lo que podemos llamar preescolar y primaria, el acceso a los libros, al material escrito, se halla principalmente guiado por la lúdica, por el aprehendizaje del gusto. Los docentes leen en voz alta, discuten, inventan canciones, proponen interpretaciones a los libros álbum y libros ilustrados, brindan herramientas para que los chicos se apropien de las lecturas. El acceso a la secundaria tiene otro sabor. Se espera que los alumnos hayan accedido a las claves básicas de la decodificación, interpretación y análisis crítico, es entonces cuando se enfrentan, se considera que son capaces de enfrentarse, a los análisis de obras más “duras”. Hacen así su ingreso obras cumbres del pensamiento occidental, El doctor Jekyll y Mr. Hide, El señor de las moscas, El gigante egoísta. Los libros entonces no son mediados en virtud de su valor estético intrínseco, si no de la capacidad de análisis que el lector en formación pueda tener al enfrentarse a ellos. También sucede, de manera casi imperceptible, que se olvidan de los juegos de palabras, la poesía, el goce de la representación y el drama. El papel del mediador cambia de manera drástica, el goce es dejado a un lado, es el lugar de la crítica, de la inferencia, de la construcción de sentido en virtud de X o Y teoría. No nos malentendamos, estos elementos ayudan a que los lectores puedan sacar otros elementos en los que las obras literarias se hallan inmersos, pero el mediador toma un papel más duro, el de juez, el de evaluador. Así el libro se convierte en un conjunto de datos de los cuales se debe poder sacar algo de utilidad, y que va mucho más allá de la moraleja, del deber ser.
Son estas circunstancias las que alejan a los mediadores de los adolescentes, porque a su vez estos se convierten en duros auditorios, sospechosos, repelentes. ¿Dónde está la trampa?, ¿cómo se va a evaluar?, ¿qué se espera que hagamos con esto que se nos entrega? El joven sospecha, y el mediador es comenzado a ver casi como un criminal, pues no es otra cosa que objeto de sospecha. ¿Dónde está entonces la trampa?
Si me permites la dilación, oh amable lector, retomaremos en una próxima entrada estos interrogantes. 
martes, octubre 7
Foto de Nathalia Rivero, tomada de la página de facebook de Riders
He de iniciar esta entrada con una generalización: hasta el lanzamiento de Harry Potter en 1997, no existía una literatura juvenil propiamente dicha. Existían libros para jóvenes, por supuesto, y libros que los jóvenes se habían apropiado. Pero no existía una literatura juvenil como tal.
Antes de continuar debo declarar que no me gusta Harry Potter, que me parece que el mundo que J. K. Rowling describe es demasiado deudor de Tolkien, y que de alguna manera toma sus mejores partes y las infantiliza sin pudor. Con todo esto, sin embargo, la serie de Harry Potter logró algo de lo que muy pocas obras pueden ufanarse, creció con sus lectores. Durante diez años Potter y sus amigos –quienes hacen todo por él- entretuvieron a los lectores, que enamorados de ese universo que se había expandido también con el trascurso de los años esperaron con paciencia a que fueran apareciendo los libros. Por supuesto podría alegarse que no es la única saga que ha hecho esperar a sus lectores. Se puede mencionar entonces la saga de la Fundación de Isaac Asimov, la infinita Dragonlance, la inacabable Dune e incluso a Sherlock Holmes. Sin embargo, gracias a la globalización y al mercadeo –no se puede omitir su participación en este fenómeno-, entre otras razones, ha sido unas de las pocas veces en la historia que un conjunto de lectores ha crecido a la par que su protagonista. Y no sólo crecieron de tamaño, sino que también lo hicieron como lectores. Eso implicó que debieron apoderarse de otras obras, de otros mercados, de otras sagas. Así, autores como Terry Gilliam y Neil Gaiman también vieron acrecentados el número de lectores, lectores que en muchos casos no habrían concebido al principio. Pero el fenómeno escapó del campo de la fantasía, porque no necesariamente (y esto lo olvidaron por mucho tiempo las editoriales) los jóvenes están necesitados de Fantasía. En Colombia, por ejemplo, estos lectores se apropiaron de la obra de Mario Mendoza, que escribe obras de carácter político y realista.
Es aquí donde debemos detenernos para recordar que el mercadeo ha creado un estereotipo de lo que debe leer un joven, pero el sujeto real escapa por mucho de esos débiles límites. Para ejemplificar este punto hablaré de un fenómeno que durante los dos últimos años, aproximadamente, se ha dado en Cali. Este fenómeno se llama Riders.
Riders nace, ya me corregirán ello, como una iniciativa de jóvenes y para jóvenes que un buen día deciden reunirse en un centro comercial para hablar de libros. No son fanáticos de una saga o de un autor en particular, sólo les gusta hablar de libros. Sin embargo ante la dispersión que ofrece un centro comercial deciden acercarse a la Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero –Sí, esa que estuvo a punto de cerrar hace algún tiempo por falta de presupuesto departamental, porque así hacemos las cosas en Colombia- y se encuentran con un promotor de lectura que se reinventa bajo el pseudónimo de Spaguetti Morela Alfin y que no sólo les escucha sino que se convierte en una piedra de toque, un dinamizador del proceso juvenil. Seamos claro, John Jairo Navia -Spaguetti- no inventa Riders, lo que hace es sencillo, los escucha y se compromete con ellos.
En su página de Facebook sus integrantes –que oscilan entre los trece y los veinte años de edad- dan cuenta de sus escritos, sus intereses y, sí, sus lecturas. Estas últimas abordan a autores como Rick Riordan, J.K Rowling –por supuesto-, John Green, Edgard Allan Poe, William Shakespeare, Piedad Bonnet, Suzanne Collins, Stephen King – si hacen un conversatorio o evento sobre King me apunto sin resquemor alguno- y F. Scott Fitzgerald, solo por nombrar algunos.    
Así, el lector juvenil no es sólo aquel que consume lo que las editoriales y librerías ubican bajo el rotulo de juvenil sino que sus lecturas van más allá, mucho más allá.
Más aún, hay que hacer un alto, uno nuevo, y aclarar que el lector joven actual, no solo consume libros impresos, sino que los devora –principalmente ante sus altos precios- en formatos electrónicos, ya sea a través de tabletas, celulares, kindles o computadores. Por eso, las viejas encuestas acerca de hábitos lectores y de consumo ya no pueden detenerse en el número de libros que son adquiridos en las librerías, porque estas no pueden reflejar la actualidad del consumo cultural.  

Queda entonces preguntarse: Si bajo la égida de la literatura juvenil el mundo del mercadeo y la publicidad lanzan uno tras otro productos premasticados –hay muchos títulos y autores que brillan por sí mismo a pesar del mercado- bajo el signo de lo que los jóvenes consumirán, ¿cuál será entonces en papel del promotor de lectura? 
jueves, octubre 2
Portada de Los tres mosqueteros, publicada por Oveja negra, uno de mis libros más recordados.

Si bien la literatura juvenil es un concepto relativamente nuevo, no lo es el de literatura ni mucho menos el de joven. Entonces, ¿cómo era la literatura juvenil antes de la existencia de la literatura juvenil? Revisar este concepto es importante para que entendamos algunos de los comportamientos que se están dando en la actualidad en los campos editorial y de promoción de lectura.
Para poder realizar esta exploración tendremos que retrotraernos muchos años, quizás hasta el surgimiento de los folletines. ¿Por qué nos adentramos en los folletines? Porque los señores Dickens y Dumas cultivaron este tipo de novela que consistía en realizar entregas periódicas de las obras y que supusieron la necesidad de terminar en punta cada uno de los capítulos, para que una semana después los lectores ansiosos por saber que sucedía con sus héroes compraran el siguiente y el siguiente ad absurdum (si lo consideran un género muerto bien se puede observar las técnicas narrativas de autores como Arturo Pérez Reverté o G.R.R. Martin). Más allá del arte, innegable de estos autores, tenemos en ellos a los padres de la literatura por entretenimiento. Muchos de los grandes autores que los lectores de mi generación cultivamos y muchos de los que se tienen por imprescindibles –como Balzac- publicaron folletines.
Es de señalar que en ningún momento estos autores escribieron para un público exclusivo –aunque bien que sí conocían a su público y lo que ellos querían- sino para una masa hambrienta que esperaba semanalmente su dosis de ficción. Así nacieron obras como Los tres mosqueteros, Los hermanos Karamazov, Sandokán y Las aventuras de Pinocho, por nombrar solo algunos títulos.
Si bien en su momento los editores hicieron su agosto, fueron los lectores quienes en últimas eligieron que autores eran sus preferidos, de qué personajes querían saber más y cuáles eran los villanos más detestados. Este género, denostado en su momento, fue, como ya vimos, el padre de una gran generación de autores.
Lo mismo sucedió con mi generación y algunas generaciones anteriores. Las primeras obras que cayeron en mis manos –y muchos de quienes leen estas líneas se sentirán identificados- fueron Los tres mosqueteros y Sherlock Holmes y Veinte mil leguas de viaje submarino, que, o bien aparecían por entregas en suplementos dominicales o en tomos ilustrados que “aparecían” por múltiples razones en las casas, heredados de padres, abuelos o tíos, que ofrecían algunas de sus lecturas favoritas a los más pequeños.
No fue una literatura pensada para jóvenes –a muchos de ellos el estilo de Dickens o Balzac les parecerá demasiado rimbombante y descriptivo- sino que fueron los jóvenes –que fuimos y/o somos- quienes los elegimos como nuestros. Para muchos de los lectores de hoy en día el procedimiento ha sido similar, pero ese es un aspecto que continuaremos revisando en la próxima entrada (espero que esta apropiación folletinesca sirva para mantenerte pendiente, Oh amable lector). 

miércoles, octubre 1
Imágen tomada de: piezasdeaocho.blogspot.com
Al escribir un concepto podemos pensar que aquello que engloba se trata de una unidad. Si bien la lógica nos enseña que bajo el concepto esfera se agrupan todas las figuras que cumplen con la idea de esfericidad, en detrimento de sus características físicas como color o tamaño, aplicar esta idea al campo literario puede ser muy complicado. Así, al agrupar el concepto de literatura latinoamericana podemos encontrarnos en extremos tan diversos como Joao Guimaraes Rosa, William Ospina o Jorge Luis Borges, todos ellos con sus propias características, con sus propios mundos.
De la misma manera, al aplicar el epíteto de Literatura Juvenil, podemos encontrarnos con dos divisiones principales. A la primera de ella correspondería aquello que se considera se ha escrito para jóvenes; en tanto en la segunda se puede considerar todo aquello que los jóvenes se han apropiado como suyo.
En el primer caso encontraríamos un gran conjunto de obras que las editoriales han rubricado con el término juvenil, teniendo en cuenta, en apariencia, que se trata de obras de aventuras o romance o una mezcla extraña de ambas, escritas en estilo cinematográfico y cuyos protagonistas, de manera casi invariable, están entre los trece y los diecinueve años de edad.  Al menos, de manera general, podemos describir así lo que nos encontramos en el mercado en la actualidad. Así, libros tan disímiles como Harry Potter, Crepúsculo, las ventajas de ser invisible o Bajo la misma estrella, se pueden encontrar con el mismo rótulo. El signo del cine no es ajeno a ninguno de estos títulos.
En Colombia los éxitos cinematográficos han dejado su impronta en el mercado editorial. Un ejemplo de ello es que al poco tiempo del éxito de la adaptación de El señor de los anillos, en muchas librerías surgió una nueva sección: Ciencia ficción. Eso, sin importar qua la obra de Tolkien no tiene ningún elemento de extrapolación científica. De esta forma, las librerías amontonaron bajo ese mismo título las obras de Asimov, de H.P. Lovecraft, Ambrose Bierce, Robert E. Howard, Stephen King y J. K. Rowling, solo por citar algunos. Por supuesto, y lo podemos constatar con el simple hecho de que la sección todavía existe, se trató de un éxito en el mercado del libro.
Hace poco tiempo, en una de las sedes de nuestra “amada” Librería Nacional, buscando la sección de Ciencia Ficción – en dónde no están títulos como: Dr. Jekill y Mr. Hyde o 1984, pero sí Vampyr- me encontré con una nueva sección: Juvenil. Ahí se encontraban agrupados títulos como Ghost Girl, Bajo la misma estrella, El libro de los portales u Oscuros. Dicho de otra forma, todo aquello que las editoriales han lanzado al apostrofado como Juvenil y que, a mi parecer, se encuentran más o menos cortadas bajo la misma tijera. Se trata de historias románticas que retratan amores- el amor debe aparecer aunque sea casi innecesario o complique de manera inútil la trama como en Memorias de Idhún- o situaciones imposibles que un joven –el sexo puede ser indistinto- a través de pocas reflexiones y una situación traumática supera siendo transformado en el proceso. El lenguaje, como fue mencionado con anterioridad, suele ser sencillo –no vaya a ser que el lector abandone si se utilizan descripciones largas o palabras muy complicadas-, los diálogos rápidos y efectistas y mucha acción. Todo esto configura un retrato robot que las editoriales han hecho de la juventud de hoy en día. Aclaro, no digo que los jóvenes sean así, digo que las editoriales han concebido así a los jóvenes.
Al mismo tiempo, y siguiendo las enseñanzas adquiridas con Harry Potter, si se trata de una saga, más o menos esquemática, mucho mejor. Por supuesto, y mencionarlo es casi gratuito, son obras de fácil adaptación al medio audiovisual, no tardando así en salir el libro cuando ya se anuncia la película.
Sin embargo la juventud no es, por fortuna, todo lo que un retrato robot hace de ella, pero eso será tema de la siguiente entrada en la que espero, querido lector, que aún nos acompañes.