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lunes, septiembre 29

Siempre he tenido una debilidad por la adolescencia, y aún creo que mi más grande éxito fue haber logrado que un montón de alumnos de décimo y once grado sonrieran al leerles la versión de Caperucita Roja que Roald Dahl presenta en Cuentos en versos para niños perversos.  De ese encuentro conservo la idea de que a los adolescentes no se les debe tener miedo al compartirles libros para niños o libros para grandes, ellos suelen responder muy bien ante el simple hecho de compartir.
Por supuesto no todo ha sido color de rosa, y en mis años como docente he tenido que descubrir que no hay libros infalibles. Así, mientras hubo grupos que disfrutaron enormemente la lectura de Seda de Baricco, hubo también grandes lectores, que querían matarme por hacerlos escuchar los tres viajes de Hervé Joncour. Con todo, creo que mi experiencia ha sido, mal que bien, bien que mal, positiva, y que uno u otro de mis escuchas han desarrollado, sino un amor obsesivo por la palabra escrita, sí un amor por algunos libros, y, en algunos casos, han decidido iniciar un camino lector. Así que eso me gusta creer al menos cuando inicio con un nuevo plan de lectura en voz alta para quienes, insisto en llamar, mis chicos. Más aún cuando me recuerdo que estoy robándole tiempo a la clase y que no enseño lenguaje o literatura sino metodología de la investigación.
Durante mi adolescencia el furor de las editoriales por lo que ahora se denomina literatura juvenil era más bien frío, así que nos debíamos conformar con aquello que conseguíamos. Así, los habitantes de mi generación, aquellos nacidos a finales de los 70’s y principios de los 80´s visitamos de manera indistinta autores como Julio Verne, Richard Bach, Lobsang Rampa, Isaac Asimov, Stephen King, J.R.R. Tolkien, Sir Arthur Conan Doyle y Emilio Salgari, entre tantos otros nombres. Como se puede ver, el escenario era en realidad de lo más variopinto. Ignoro, la verdad no me ponía a pensar en ello, si existía algo llamado literatura infantil y/o juvenil. La verdad, como tantos otros, me dediqué a leer aquello que me cayera en las manos, fuese porque me lo recomendaba un docente, un adulto o un compañero. Así que tiendo a creer que la literatura juvenil es un género más bien nuevo que comienza con una serie de libros protagonizados por un niño de gafas redondas y con una marca de rayo en su frente. El niño por supuesto era Harry Potter, quien a partir de su lanzamiento en 1997 H. P. ha hechizado la mente y las almas de millones de lectores.  
Recuérdese, no tengo el recuerdo de que existiese en mi época una literatura juvenil, al menos en Latinoamerica; a menos que se piense en la obra de Julio Cortázar o la ciencia ficción, que buscaba con desesperación ser tenida en cuenta como un género serio. Tampoco existía, que yo recuerde, eso que hoy se llama promoción de lectura. En el colegio se trataba de hacer resúmenes y presentar exámenes. Así que lectura era, mal que bien, sinónimo de tareas. Recuerdo incluso una vez que visité la Biblioteca Centenario – una de las bibliotecas clásicas dentro de Cali- en busca de libros de Stephen King y me buscaron la biografía del autor. Sin éxito. Sobra decir que durante años no volví a poner un pie en esa biblioteca.
Todo esto me lleva a preguntarme, ¿existe en realidad algo llamado literatura juvenil? Si es así, ¿cuáles son los límites de esa literatura?, ¿de dónde nace?, ¿Quiénes la consumen?, ¿de verdad existe una literatura que sea sólo para jóvenes? Si es así, ¿en qué consiste?, ¿hay alguien que la estudié en serio?
Estas  preguntas no carecen de importancia, puesto que día a día el término y los títulos son cada vez más empleados, en muchos casos para enaltecer, en otros casos para denigrar. De otro lado también nos obliga a preguntarnos acerca del rol del promotor de lectura con los jóvenes, más aún cuando muchos docentes, padres y rectores piensan que los lectores solo se forman en la niñez, y que el campo juvenil es un terreno árido en donde la esperanza de lograr cualquier fruto es incierto.
Así que, amigo lector, a lo largo de esta semana, exploraremos juntos qué es eso de la literatura juvenil y cuál es el papel del promotor de lectura con los jóvenes.     
  1. ¿Por qué me acordé de "No soy un ganster soy un promotor de lectura?

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