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Los Once. Como un cuento sin hadas

Author: Diego Fernando Marín
jueves, julio 4



Autores: Sharpball (Hermanos Jiménez y Andrés Cruz Barrera)
Editorial: Appsolutios.co (Programación y desarrollo)
Recomendado para: Jóvenes lectores
Aplicación – Libro electrónico – Novela gráfica

En 1985 tuvo lugar en nuestro país uno de los capítulos más funestos de esta guerra intestina que nos consume, la denominada Toma del Palacio de justicia, por parte del entonces grupo guerrillero M-19. Si bien las acciones del grupo guerrillero fueron funestas, no lo fueron menos las ejercidas por el Ejército en busca de retomar el control de este baluarte simbólico del país. El resultado, amén de la quema de la casi totalidad del archivo de los procesos que allí se llevaban, fue un gran número de muertos, de uno y otro bando, pero ante todo, lo que queda como una mancha de ignominia para la nación, fue la desaparición de un número importante de personas –aunque después de 0, todo número de desapariciones es importante-, constituidas casi en su totalidad por población civil. Sólo una de esas personas pertenecía al M-19. 

El tema aún es fuente de polémica en Colombia, uno de los pocos responsabilizados de estos hechos, el Coronel Plazas Vega, es defendido aún por un importante sector de la población, que ve en él alguien que hizo lo que tuvo que hacer. Sin embargo, ni siquiera el uso desmedido de la fuerza ante una situación descontrolada como esta, puede justificar la desaparición forzada. Una cosa es la muerte en combate por parte de quienes se enfrenten, avatares de la guerra, del conflicto, o de cómo lo quieran llama; y otra cosa es la desaparición forzada.

Aclaremos el término. Desaparecer en este contexto implica que no hay una recuperación del sujeto, ni vivo ni muerto, que se desconoce su suerte, su sino, su hado, el término de su hilo. La desaparición, implica, más allá de la muerte, la incapacidad de realizar el duelo por parte de familias y amigos. Al desaparecido no se le ha determinado su destino. Todo lo que le rodea es incertidumbre y dolor, es una herida que se niega a cerrar.

Los Once. Como un cuento sin hadas, es el reconocimiento a los desaparecidos en la toma del Palacio de justicia. Su formato es el Neo-noir, lo que en términos gráficos – si mal no estoy, y tengo muchas probabilidades de estar mal, se traduce en una profusión del negro sobre el blanco; en términos narrativos implica además que se toman en cuenta importantes elementos de la novela negra, como el hecho que no hayan personajes blancos o negros, buenos o malos, sino que se le da una mayor relevancia a los contextos sociales.

Los Once, narra la toma del Palacio de justicia desde el punto de vista de los avatares sufridos por las víctimas, representadas por ratones, acosadas en un primer momento por los cuervos, el M-19, y luego por las fuerzas del Estado, un perro que en ocasiones parece un mandril. Debe añadirse que intencionalmente la narración abandona las palabras, deja que sea el lector quien construya esos posibles diálogos, esperanzas trucas, declaraciones del horror.

Los Once se configura de esta manera en un documento doloroso, que ayuda a sanar algunas heridas, que recuerda que las raíces de nuestro conflicto no vienen de los últimos dieciséis años, sino que se extienden a lo largo y ancho de nuestra búsqueda de configuración como nación. En esta misma línea de ideas es una afirmación que la narración gráfica va mucho más allá de los superhéroes o las tiras cómicas, convirtiéndose en asiento de ideales políticos y/o sociales.

Para finalizar conviene recordar que este proyecto en particular se afinca en el campo de las aplicaciones para tabletas, que no se consigue en papel, conquistando de manera involuntaria otros medios de comunicación, otros soportes para la comunicación y  transmisión de información. 




 

La naranja mecánica

Author: Diego Fernando Marín



Autor: Anthony Burgess
Editorial: Booket
Colección: remasterizados
Recomendado para: Jóvenes lectores
Novela

La pregunta acerca de los orígenes de la violencia no es actual. Durante largos años, quizás siglos, nos hemos preguntado acerca del origen de nuestra belicosidad, de nuestra ferocidad hacia todo lo que hay a nuestro alrededor. Olvidamos, la mayor parte del tiempo, que somos primordialmente animales instintivos, que se hallan recluidos en espacios muy pequeños, rodeados en todo momento de posibles competidores. Es alrededor de este tópico que gira La naranja mecánica. Sin embargo este tópico se encuentra matizado por un elemento político, el totalitarismo.
Si bien la pregunta acerca de nuestra capacidad de violencia no es reciente, también es cierto que durante muchos años hemos intentado contener esos factores de inestabilidad, de comportamiento “anormal”. Para ellos hemos creado tres instituciones, a saber: las cárceles, el manicomio y el cementerio. Empero, al menos los dos primeros, basados en la vigilancia y el castigo,  no son definitivos. 

Es así como, acompañada del conductismo, la sociedad en la que está inscrito Alex, el personaje principal de La naranja mecánica, encuentra la que parece ser una cura para la extrema violencia que ejercen los jóvenes. Una cura milagrosa que se impone a los delincuentes con el fin de sanar una sociedad que se haya indefensa ante la ultraviolencia que estos ejercen. El resultado no puede ser más aterrador. La cura descubierta, el Método Ludovico, expone al “enfermo” a estímulos audiovisuales de violencia acompañados de la inyección de una droga que produce diversos efectos adversos ante estos estímulos como, dolores de cabeza, nauseas y debilidad general; una situación que deja al individuo indefenso ante el entorno. 

Por supuesto, lo que para el gobierno, los psicólogos y la prensa se constituye como un triunfo en la batalla contra la delincuencia deja a Alex desprovisto de una mínima capacidad de defensa ante una sociedad que lo odia y que no ha perdonado sus crímenes.

La naranja mecánica explora con cinismo y profundidad los efectos del totalitarismo sobre el individuo y su relación con la sociedad, al tiempo que hace visible la doble naturaleza del ser humano como víctima y como victimario, como cazador y como presa; en donde sobre todo se impone la capacidad de elegir. Así, antes que Alex se someta al procedimiento que lo cambiará drásticamente tiene una conversación con el capellán de la iglesia, en donde este le declara sus dudas al respecto: ¿Qué quiere Dios? ¿El bien o que uno elija el camino del bien? Quizás el hombre que elige en mal es en cierto modo mejor que aquel a quien se le impone el bien. (P. 103)

Y luego, una vez el tratamiento se ha hecho efectivo, este mismo personaje, cuestionará los resultados: En realidad no tiene alternativa, ¿verdad? El interés propio, el temor al dolor físico lo llevaron a esa humillación grotesca. La insinceridad era evidente. Ya no es un malhechor. Tampoco es una criatura capaz de una elección moral. (P.130)

Cuestionamiento este en el que se apuntala Alex para hacer una última defensa de su identidad: Yo, yo, yo. ¿Qué hay de mí? ¿Dónde entro en todo esto? ¿Soy un animal o un perro? (…) ¿No soy más que una naranja mecánica? (P. 131)

Por supuesto, hay muchos elementos que se escapan a las intenciones de una reseña, aún así quiero subrayar el papel preponderante que tiene el lenguaje en este relato. Burgess emplea el lenguaje como una forma de establecer divisiones efectivas entre generaciones, de producir el extrañamiento necesario en una historia, que sin necesidad de autos voladores, naves espaciales o androides, se inscribe dentro de la ciencia ficción. Esta edición en particular, contiene un capítulo adicional que no fue incluido en la primera edición de la obra, así como tampoco fue tenido en cuenta por Kubrick en la realización de la película, en donde Alex reflexiona sobre lo que significa la juventud: Sí, sí, sí, eso era. La juventud tiene que pasar, ah, sí. Pero en cierto modo ser joven es como ser un animal. No, no es tanto como ser un animal sino uno de esos muñecos malencos que venden en las calles, pequeños chelovecos de hojalata con un resorte dentro y una llave para darles cuerda fuera, y les das cuerda grrr grrr grrr y ellos itean como si caminaran, oh hermanos míos. Pero itean en línea recta y tropiezan contra las cosas bang bang y no pueden evitar hacer lo que hacen. Ser joven es como ser una de esas malencas máquinas.

La naranja mecánica se convierte de esta forma en un conjunto de engranajes a los que se debe volver una y otra vez para redescubrir sus múltiples significados.
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Booket, fondo editorial de Planeta, ha lanzado hace algún tiempo ya –espero sepáis perdonar la vaguedad temporal- su colección de remasterizados, en donde los clásicos visten nuevas portadas. En este caso Booket ha apostado por ilustraciones de colores como el verde o naranja sobre fondo negros, lo que brinda a estos libros una agresividad que los hacen muy atractivos para el público joven.
En Colombia se pueden adquirir en la Librería Nacional.      
         
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P.D. La imágen de portada no se corresponde con la edición leída.