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viernes, marzo 29



Autor: Rafael Chaparro Madiedo
Editorial: Tropo editores
Recomendado para: Grandes lectores
Novela

Hace mucho tiempo leí Ulises de James Joyce, espoleado principalmente porque en alguna parte Borges había escrito, o dicho, que no había pasado de sus primeras páginas.  El encuentro no resultó muy bien, me obligué a leer página tras página y terminé convencido de que era una buena historia narrada de una forma que sólo buscaba que el lector hablara luego de las maravillas del autor. Sin embargo con el correr de los años y las páginas poco a poco he ido valorando la obra de Joyce, e incluso espero algún día tener un nivel de inglés suficiente para leer Finnegans wake.
Escribo sobre Joyce y su obra, por su carácter experimental, por la relevancia que tiene la técnica en muchas ocasiones sobre el relato, porque la forma, aunque a veces lo olvidamos, es tan importante como la historia.
La forma de contar la historia siempre es relevante. Veamos cómo funciona esto en la literatura fantástica. Una de mis historias favoritas en los últimos años ha sido la saga Dresden de Jim Butcher. En ella se cuentan las aventuras que tiene Harry Dresden, el único mago de Chicago que se puede encontrar en las páginas amarillas. Su historia es una mezcla de novela negra con fantasía y funciona condenadamente bien. Cada uno de los tomos de esta saga se leen de un solo tirón. Su exigencia literaria es mínima. Quizás por eso resulta tan atractiva. En el medio podemos poner a Canción de hielo y fuego  de George R. R. Martin, un trhiller político en clave fantástica que contiene innumerables caracteres e historias secundarias que se trenzan alrededor de la historia principal. Sin embargo, el nivel literario de Martin no es muy elevado, el empleo de las figuras literarias no alcanza la pobreza pero tampoco es un dechado de poesía. Al otro extremo de la obra de Butcher se encuentra el mundo construido por J.R.R. Tolkien, quien no sólo construye un mundo y un conjunto de caracteres entrañables, sino que cada una de sus líneas está construida con amor y poesía.
En el caso de la obra de Madiedo, que ha conquistado el corazón de muchos jóvenes, nos encontramos con la importancia capital de la forma dentro del relato, y cómo ambos constituyen un todo indivisible.
Conocí a Chaparro Madiedo, en un programa de televisión que para mi hizo historia en Latinoamérica. En él, la presentadora, creo que era Patricia Castañeda, soltaba segmento tras segmento un hilo de palabras surrealistas que configuraban el mundo del telespectador de una consistencia lúgubre, azarosa, no sé cómo, al mismo tiempo, llena de colorido. El libretista de ese programa, La brújula mágica, era Rafael Chaparro Madiedo.
Años después me encontré un libro negro sobre el que destacaba medio rostro iluminado por un par de ojos verdes irreales y una sonrisa morbosa. El libro era Opio en las nubes y superaba en creces cualquier promesa de escritura que hubiera ofrecido en su momento Andrés Caicedo. Se trataba de un entramado de relatos urbanos, en donde florecían los diminutivos y los personajes marginados que interaccionaban en una Bogotá con mar. Opio en las nubes no dudaba en hablar de los travestis, los condenados a muerte, los bares y la locura. Todo ello narrado con una prosa poética, en donde las palabras eran más importantes que muchos de los hechos cotidianos narrados. Para muchos de sus lectores, Opio en las nubes rompía esquemas porque en muchas ocasiones no empleaba signos de puntuación o porque los hechos no seguían una narración puntual. Así, poco a poco, se fue convirtiendo en una obra de culto entre el público juvenil colombiano.
El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes, no desmerece ser una obra del mismo autor. Sin embargo es mucho más difícil. Chaparro Madiedo, al parecer poseído por un espíritu bicéfalo conformado por la influencia de Joyce y de Huidobro, se lanza de nuevo en la descripción de sus personajes marginados y sus viditas precarias. Los recursos que utiliza en esta ocasión son más evidentes. Los encadenamientos de palabras delirantes que tan bien servían de muletillas en los monólogos de los personajes, se convierten aquí en secuencias poéticas que recuerdan Altazor. En ocasiones esto hace seguir la lectura, exige en el lector una mayor capacidad de concentración para no perder los guiños desquiciados, como aquel que vincula a las drogas de hoy con los dioses páganos. Por ejemplo, como Baal, se convierte en el Bus Amarillo del Ácido Lisérgico. Leer El pájaro Speed y su banda de corazones maleantes, se convierte a veces en el seguimiento de un gran Limerick. Lo curioso es que aquello que adoramos tanto en la niñez, todo ese nonsense, sirve de andamio para la construcción de una novela.
Así, a la manera de su antecesora, esta obra de Chaparro Madiedo, está llamada a ser uno de esos volúmenes que se llevan a toda parte manoseados, arrugados y subrayados. Atesorados.


Para los interesados en conseguir esta obra, lo pueden hacer a través de Librería de la U (https://www.libreriadelau.com), Librería Nacional (http://www.librerianacional.com), Librería Norma (http://www.librerianorma.com/) y Casa del libro (www.casadellibro.com), entre otras.