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martes, agosto 20


Promoción de lectura es una expresión que cada vez es más mencionada en Colombia, tanto en las instituciones públicas y académicas como en los medios de comunicación. Sabemos que grandes escritoras de LIJ colombiana como Yolanda Reyes e Irene Vasco son también promotoras de lectura. Así mismo es común escuchar que sólo en Latinoamérica existe eso de la promoción de lectura, que en lugares exóticos y avanzados como Europa y Estados Unidos eso no existe. Al mismo tiempo, cada vez que se mencionan los índices de lectura en nuestro país, se escuchan frases como, es que hace falta hacer más promoción de lectura. Pero, ¿qué significa promover la lectura?

La promoción de lectura hace referencia a un conjunto de prácticas destinadas a promover la lectura en la sociedad, en términos generales, a que la sociedad lea más. En su sentido práctico, hace alusión a que las comunidades no lectoras se acerquen a la lectura. Sin embargo estas prácticas pueden ir desde la enseñanza de la lectura, pasando por la recomendación de un  libro o el acompañamiento en la lectura de determinados tipos de textos, hasta la formalización de políticas estatales que busquen desgravar de impuestos a la industria editorial. Así, que en últimas, la promoción de lectura es una práctica que relaciona desde el más humilde lector hasta el más avezado político. Como se puede observar, esta definición es insuficiente, y es insuficiente en la medida en que la promoción de lectura no existe como tal, en el sentido en que no hay una formación en promoción de lectura en nuestro país. Hay instituciones que promueven la lectura, hay promotores de lectura, hay énfasis, en algunas facultades de bibliotecología, en promoción de lectura, pero no una formación, ni técnica ni profesional en promoción de lectura (Por favor, desmiéntanme).  

En esta línea de ideas, el promotor de lectura resulta ser un profesional en algún área afín a las letras, que gusta de ellas, que conoce de ellas y que está interesado en que la literatura –sí, primordialmente de literatura-, vinculado por lo general a una Biblioteca pública o a instituciones como el CERLALC, Fundalectura, Asolectura o fundaciones como la Casa de la Lectura, Expresión Viva o Letraviva, sólo por nombrar unas cuantas. Empero, si este conjunto de entidades se reuniesen a discutir acerca de la promoción de lectura, sus alcances, definición y actividades posibles, podría encontrarse que el mismo término sería objeto de discusión.     

Curiosamente, este vacío conceptual no afecta a las instituciones relacionadas con la promoción de lectura, sino al propio promotor de lectura, quien puede ejercer funciones variadas que van desde la realización de talleres de origami hasta la catalogación de material de lectura de las más diversas fuentes, puesto que el empleador es quien define que se hace. Esto por supuesto tiene las más variadas consecuencias. Una de ellas, y quizás una de las más temibles, es la exclusividad. Esta se refiere a que las actividades del denominado promotor –animador- mediador, tallerista, o como quiera se le llame-  tienen una vinculación unívoca con la institución a la que presta sus servicios. De tal manera que cualquier forma de ejercer estas actividades por fuera de la institución, en forma teórica, académica o práctica, han de ser informadas (lo que incluye que han de ser autorizadas o reguladas) o realizadas en nombre de la institución con la que se labora. Así, el promotor de lectura, deja de ser un sujeto para pasar a ser parte integral de una institución que regula tanto sus acciones como su formación.   

Esta situación de exclusividad afecta al promotor -bien sea que pertenezca a situaciones privadas como públicas, quien está ocupando un lugar sui generis, puesto que no es formado –como ya se mencionó- más que por el tiempo y por las ganas sin conocer, no tiene una identidad laboral y, por ende, un  perfil laboral determinado- puesto que no le permite una libre asociación ni un intercambio de sus conocimientos, afectando por lo tanto su propia formación.

Estos elementos, vistos de manera harto superficial, hacen que la situación del promotor de lectura en Colombia sea aún bastante precaria, una pregunta que está aún por contestar. 

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