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martes, noviembre 20



Autor: Efraim Medina Reyes
Editorial: Planeta
Recomendado para: Jóvenes lectores
Novela

Una de las cosas que más me ha gustado de este libro es que está escrito con rabia y con mala saña, con un amor infinito y con un poco de mal juicio. A través de su alter ego, Rep, Medina Reyes se da el lujo de despacharse contra todas aquellas cosas que le desquicien de su ciudad natal, la Ciudad Inmovil, y de Bogotá y de lo absurdo de tener 25 años y nada más que hacer excepto pensar en el desamor, la soledad y el sexo.
Érase una vez el amor pero tuve que matarlo es también las historias de dos de los ídolos musicales de una generación que alguna vez fue joven y que ya hoy se está acercando a la mediana edad, la generación que fue iluminada por la música de Nirvana y Sex pistols, es una oda al sueño americano y a la falta de identidad, también a la desesperanza, el escepticismo y el desasosiego.
Sin embargo, es capaz de poseer la atemporalidad que permite que los lectores de esta generación, quizás de cualquiera, se sienta identificado aunque sea por momentos. A través de sus páginas se encuentran los elementos adolescentes perpetuos, el desarraigo y el melodrama; la impotencia y el vértigo; el amor y el desconcierto.
Su narración frenética tiene cambios de ritmo en donde se pasa del idealismo apasionado de los ídolos con pies de barro, aquellos que mueren rondando los 27 años, y el enamoramiento constante que sólo se cura cuando se va alcanzando la madurez y los sueños rotos se dejan atrás.
También, y no en menor grado, una reflexión que acompaña el acto creador:
Uno se mete a escribir porque no sabe boxear ni tiene agallas, porque tiene los dientes torcidos y no puede sonreir como quisiera, porque para los impotentes de toda índole no hay otro camino, porque todos los feos escriben o asesinan y uno no es capaz de matar una mosca, porque escribir da importancia, porque para que a uno le digan escritor no necesita hacerlo bien y para que lo llamen hijoputa no importa si su madre es una santa, porque tiene miedo de quedarse a la deriva sin hacer nada, porque no puede beber cada noche, porque ama a Dios pero odia las sociedades sin ánimo de lucro, porque no tiene novia, porque no hay emociones sino insultos, porque en su casa no hay tele y la radio se averió, porque la mujer del vecino es un bombón, porque uno tiene miedo de quedarse calvo y evita los espejos. (pp. 86)