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El libro como objeto

Author: Diego Fernando Marín
sábado, agosto 25

A finales del año lectivo pasado, Elizabeth, mi persistente esposa bibliotecaria, descubrió y decidió explotar todas las posibilidades de aquellos libros que escapan de la función literaria y/o meramente informativa. Con ahínco y perseverancia se adentró en el tema de los libros de artistas, realizando descubrimiento bello tras descubrimiento bello en su recorrido.  Uno de los primeros es que para ser tratado como arte, el libro debe ser primero reconocido como objeto y, por ende, reconocer que puede ser intervenido.
En principio parece fácil aceptar esto. Es decir, todos reconocemos que un libro es un objeto, pero cuando se trata de intervenirlo son pocos los que se atreven a hacerlo. Culturalmente el libro es un objeto tratado de manera similar a una obra pictórica o una escultura valiosa. Sin embargo, aunque no podemos desconocer su valor, un libro se trata de un objeto artístico producido en masa (Ojo, producido, no creado). Sólo existe una copia de la Gioconda, en contraste con los millares de ejemplares impresos de Crimen y castigo. Aún así, para los amantes de los libros, esa copia que existe en su biblioteca tiene las mismas características de singularidad que la obra de Da Vinci. Es por eso, que ver un libro intervenido puede, en muchas ocasiones resultar doloroso a pesar de su belleza.
Uno de los primeros ejemplos lo podemos encontrar en la red. Se trata del tratamiento que se le da a las revistas de manga para que puedan albergar plantas. Así, de material impreso, pasan a ser materas. 
Este tipo de intervención es el más sencillo. En esta misma línea de ideas se pueden encontrar otras intervenciones que destrozan por completo la idea comunicativa del libro en un primer momento para convertirla en un objeto artístico completamente distinto. Un ejemplo de esto es El caminante eterno de Carolina Ramírez.
(Imágen tomada de: http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/cultura/imagen-libro-de-artista-1 25/08/2012)
 
La unión entre arte y libros, por fortuna para los librofilos, no siempre es tan drástica. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar en los libros de David A. Carter publicados por la editorial Combel. En ellos el arte se funde con el trabajo impreso maravillando a quien los contempla. Es importante realizar el énfasis en el verbo contemplar antes que en el verbo leer, porque la experiencia a la que se somete el lector no es a la que está acostumbrada. Es posible, incluso, que los más ortodoxos incluso desdeñen este tipo de trabajos que no incluyen un gran aparataje narrativo ni informativo, más sí conceptual.
Los libros de Carter, El 2 azul y Un punto rojo no son los libros pop up, o animados, que hemos conocidos de cuando éramos niños. Se trata de obras que suponen un desafío tanto estético como semiótico. En primer lugar, ambas propuestas indagan página a página al lector, quien no sólo se debe servir de los ojos para encontrar las respuestas exigidas sino también debe acudir a sus manos para halar pestañas o mover diales, pero sobre todo a su ingenio.





(Imágen interior de Un punto rojo tomada de: http://ceipgabrielygalan.blogspot.com/2011/12/pequerecomendaciones.html 25/08/12)

Este tipo de propuestas, sobre las que esperamos ahondar próximamente, lector fiel, nos alejan del libro como producto cultural intocable y  nos acercan a una concepción del libro como objeto. Es decir como elemento de interacción constante, que puede ser intervenido sin que por ello pierda, de manera necesaria, su valor.  
Lo curioso es que una parte de todo esto proviene del vídeo, mediado por un libro, de Lille
  

El coleccionista de momentos

Author: Diego Fernando Marín


Autor e ilustrador: Quint Buchholz
Editorial: Lóguez
Recomendado para: lectores en marcha
Libro- álbum
Quien observa por vez primera las imágenes que hacen parte de El coleccionista de momentos puede relacionarlo con Los misterios del señor Burdick. Sin embargo hay una diferencia crucial, las imágenes construidas por Allsburg son similares al test de Rorscharch que exigen ser completadas por medio de un relato. En contraste la narración realizada por Buchholz sumerge primero al lector en la relación existente entre el narrador y su amigo pintor.   Donde Allsburg sugiere, Buchholz completa.
La historia es sencilla. A la vida de un niño llega un pintor con quien comparte sensibilidades y el gusto por el arte. Sin embargo el pintor nunca deja ver al niño los cuadros que ha pintado. Una vez el pintor, Max, se prepara para realizar un viaje largo y deja al niño las llaves del apartamento pidiéndole que riegue las plantas y eche un ojo por allí. Cuando el niño –de gafas, un poco regordete y violinista- entra al apartamento, encuentra que Max ha organizado una exposición especial para él; cada cuadro se halla acompañado de una frase enigmática que, a la manera de Allsburg, exige al niño en primer lugar intentar darle un orden y una coherencia. A partir de allí, los espectadores –el niño y el lector- cruzan referencias entre las imágenes y algunas de las conversaciones que el niño ha sostenido con su amigo el pintor.  
Una gran parte de la magia de esta historia es que se constituye como un elemento importante en el aprendizaje de la lectura semiótica de las imágenes. Estas no sólo acompañan y amplían el sentido del relato alfabético sino que piden al lector interpretarlas en función del relato más que en función de si mismas. El lector entiende que es un invitado a la relación existente entre el niño y su amigo el pintor, y que para desentrañar de la mejor manera el significado de esas imágenes debe acudir a lo relatado en el texto para luego aventurar sus propias interpretaciones. Debe apuntarse empero, que El coleccionista de momentos no parece tener un trasfondo didáctico, tratándose ante todo de una historia cautivadora y bien narrada.