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Mis primeras ochenta mil palabras

Author: Diego Fernando Marín
viernes, agosto 3


Autor: Vicente Ferrer (Ed.)
Ilustrador: Varios
Editorial: Media Vaca
Diccionario ilustrado
Recomendado para: los pequeños

El diccionario que más recuerdo de niño es invariablemente el pequeño Larousse, un monstruoso tomo pleno de ilustraciones que se hallaba dividido en dos partes; la primera correspondía al diccionario común, en tanto la segunda tenía que ver con personajes históricos y sitios geográficos. En aquella época, acudía siempre al pequeño Larousse para resolver mis dudas.
Uno de los recuerdos de aquellos días recae en una adolescente. Yo era apenas un niño que acompañaba a su madre a visitar a una amiga, que para mi bendición tenía una amplia biblioteca, en donde conocí esa colección de Grandes aventuras. Durante mucho tiempo me llamó la atención ver esa chica de largas piernas y pantalones cortos que se sentaba bajo el sol a leerse un mamotreto impresionante, un diccionario. Nunca entendía, pasados los años, porque lo leía en orden si el sentido de la aventura era precisamente encontrarse una sorpresa abriéndolo al azar.  
Con Silvia nos une –entre otras muchas cosas- el juego del diccionario, en donde un grupo de personas toma una palabra extraña y le inventa un significado teniendo en cuenta el modelo literario que plantea el cementerio, como lo llamaba Cortázar.
El último diccionario que tuve, es un voluminoso diccionario enciclopédico que me regaló mi madre en mi época de la universidad. Durante varios meses lo fue pagando por cuotas y aún hoy me acompaña.
Sin embargo tengo que reconocer que los diccionarios, amen de las palabras que contienen, son libros más bien aburridos y sin mayos atractivo. Los niños y jóvenes de hoy en día parecen detestarlo; y dentro de las aulas de clase exigen a los docentes que les digan los significados de las palabras. Ni siquiera recurren a los celulares para consultar en la RAE.
¿Es posible, entonces, acercarse a una nueva forma de presentación de un diccionario? No se trata de reinventar el concepto si no de dotarlo de un mayor atractivo y dinamismo que, sin desafiar la cómoda organización alfabética, pueda ser útil al usuario.
El editor Vicente Ferrer apostó por esa idea, siendo Mis primeras ochenta mil palabras el resultado. Por supuesto, la idea de juntar ochenta mil vocablos en lengua española para un diccionario de este tipo es exagerada, sin embargo si responde al espíritu del proyecto. El concepto fue simple, partiendo de definiciones de diccionarios diversos, se les pidió a un grupo de 294 artistas de 20 países diferentes, que eligieran su palabra favorita, la ilustrasen de acuerdo a la acepción deseada y la enviasen para ser parte del proyecto. Incluso si el artista no hablaba el idioma español podía participar, aunque invariablemente todas las palabras eran traducidas.
El sentido del libro se halla en dos elementos. El primero a saber, el libro trae una gran variedad de propuestas de ilustración; y el segundo, que se trata de las palabras favoritas de los artistas en cuestión, lo que añade el elemento de la lúdica y de la pasión al proyecto.
Por supuesto, creo que aquella joven y tenaz adolescente de la que alguna vez fui testigo, no podría reunir la disciplina de leer todas las palabras una por una, como si ábaco fuera más importante que zompopo, si no que se remitiría ala zar de la exploración y el descubrimiento.