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Locura, libros y escuela I

Author: Diego Fernando Marín
sábado, octubre 15

Es celebre la razón para que Alonso Quijano se convirtiera en don Quijote de la Mancha, así mismo la escena en que el cura y el barbero eligen las razones por las qué los libros se salvan o son condenados a ser quemados, es una de las más recordadas y discutidas. La idea que nos queda es sencilla, leer puede enloquecer. Si bien atribuimos esa creencia a los tiempos donde el analfabetismo imperaba, abuelos, padres e incluso algunos adolescentes consideran que en las páginas de libros como La Biblia y Las Mil y una noches, acecha el virus de la locura.

Recientemente tuve una conversación con un padre de familia, turbado de alguna manera porque se insistía en los cuentos y novelas de terror desde tercero de primaria hasta primero de bachillerato. ¿No es incitarlos?, preguntaba el compungido padre. Por supuesto, no hablaba de incitarlos a la lectura, hablaba de provocarlos a realizar actos siniestros llenos de perversión y malevolencia.

A raíz de la masacre de Pozzetto, triste acto de dolor, humillación y locura acaecido en la capital colombiana a finales del siglo pasado, Mario Mendoza fue interrogado duramente –al menos eso intuimos por sus palabras- acerca de los libros que le había prestado a Campo Elías. El guardián en el centeno, libro sobre la adolescencia, tiene sobre si la enseña de ser el favorito de los asesinos en serie.

Recientemente fueron prohibidos en los colegios de Rusia Cien años de soledad y Lolita, ambos por incitar a la pedofilia. Por supuesto es culpa de los libros que los hombres se exciten más al ver las piernas de una colegiala que las de una anciana. No tiene nada que ver que las figuras del cine, la televisión y el modelaje sean cada vez más jóvenes y que después de los treinta pocas actrices y modelos tengan alguna relevancia. Las estructuras sociales que hemos construido no tienen responsabilidad en absoluto, sólo el libro.

Recuerdo el caso de una profesora en Palmira que fue despedida porque empezó a leer con sus alumnos Sin tetas no hay paraíso, como si de un momento a otro todas las niñas fueran a operarse para conseguir un traqueto en la esquina más cercana.

Obras como Nada, Juul, El pato y la muerte o El libro triste suelen ser mirados por las posibles consecuencias que pueden tener en los lectores antes que pos su calidad artística y literaria. Al punto que es cada vez más difícil para muchos escritores poner una de estas obras en una editorial.

En la escuela esto conlleva a que los libros elegidos sean cada vez más controlados, no en virtud de su calidad literaria sino en razón de los posibles comentarios que puedan tener los padres acerca de ellos. Lo que termina imperando entonces son las razones morales sobre las estéticas. Recuerdo que alguna vez Danny dijo que Cien años de soledad es permitido dentro de las aulas porque ningún padre ni directiva lo ha leído. De ser así de inmediato habrían censurado todas sus alusiones al incesto, la pedofilia, la barbarie y la herejía que allí se puede encontrar. Danny usa todo el sarcasmo que puede al usar la frase pero hay un elemento de base que es el que debe discutirse, ¿conocen realmente los padres, directivas y docentes los libros que los niños y los adolescentes leen?

En alguna ocasión comenté una conversación de una abuela y su nieta, una confrontación dialéctica, en la que la más joven intentaba convencer a la otra para que le comprará Crepúsculo y como la negativa de esta última se debió ante todo al descubrir que la novela trataba sobre vampiros. Siempre he estado convencido que esa señora, tan bien puesta respecto a lo que sirve y no sirve en la literatura, ante lo que es útil y no lo es en relación a la palabra escrita, le encantaba reunirse en las noches con sus amigos a contarse historias sobre miedo.

La locura no se halla oculta en las páginas de los libros, la locura se halla doquiera posemos nuestros ojos y el demorarnos un poco más en reflexionar a través de la palabra escrita en los problemas de la ausencia de significado, la relación que llevamos con el otro, nuestra relación con la muerte y el derecho inalienable que todos tenemos a sentirnos tristes, no nos va a enloquecer si no que va a crear espacios plenos de sentido donde se podrá dialogar respecto a esos elementos que tanto tememos.