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La censura en la escuela I

Author: Diego Fernando Marín
lunes, noviembre 14
Los docentes en los colegios fungen como consejeros, maestros, instructores, psicólogos, figuras paternas, escuchas, receptores de frustración y elementos de realidad constantes, entre otras muchas funciones. Esta función proteica del docente sin embargo se debate en tres tipos de relación diferentes: la que sostiene con sus estudiantes, la que asume con los padres y la que enfrenta con las directivas de la institución. Estas relaciones a su vez están matizadas por dos elementos básicos, las notas y los libros elegidos para su lectura en el calendario escolar. Por supuesto, ambas están íntimamente ligadas, pues si los segundos gustan, por lo regular las primeras se ven afectadas de manera positiva.

Los expertos en el tema aseguran que los libros a elegir para un calendario escolar, han de pertenecer al canon, libros que se precien por haber sido aceptados tanto por el público como por los críticos y, necesariamente, juzgados de manera positiva, por la historia. Suenan entonces títulos reconocidos por todos, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cien años de soledad, Cóndores no entierran todos los días, Romeo y Julieta, El cuervo, Otra vuelta de tuerca, Rimas y leyendas y La divina comedia, entre tantas otros. Es curioso que libros tan valiosos como Changó, el gran putas, Los miserables o El señor de los anillos no suelen aparecer en escena. Los temas indígenas y negros, por lo general, son tomados de manera apresurada y dejados a un lado. Son difíciles, son ajenos.

Junto a este gran conjunto de elegidos por el tiempo, que los ubica más allá del bien y del mal, van llegando otro montón de textos que hablan de lo que es ser niño o adolescente y, que para bien o para mal, constituyen una soterrada cátedra de valores, que pretende mostrarles a sus futuros lectores lo que está bien y lo que está mal. Me refiero en estos casos a los libros de plan lector y a los autores de Literatura Infantil y Juvenil que buscan subordinarse a esa franja y a los deseos editoriales.

Hemos hablado hasta ahora de dos tipos de censura, la del canon y la de las editoriales. Algunos podrían pensar que el segundo sector no es una fuente de censura, que las editoriales lo publican todo. Por un lado es cierto, tenemos desde ese adefesio llamado El joven príncipe hasta Nada, desde El libro de Urantia hasta El Aleph de Jorge Luis Borges. Sin embargo cuando hablamos de libros para el ámbito escolar hay además una limitante de número y de precio. Aunque es mi deseo, mis estudiantes no pueden tener acceso a las Obras Completas de Borges, porque su costo es de $180000, en tanto que si quiero visitar con ellos el Medio Oriente por Mil noches y una noches, debe desembolsarse un poco más si se quiere una edición cuidada y elegante. Como punto adicional se halla el número de ejemplares. Intente hallar, el lector atento, más de dos ejemplares de Todos los hombres son mortales de Simone de Beauvoir en una sola librería. De hecho, intente hallar uno sólo.

La tercera fuente de censura viene en muchas ocasiones de los padres. Estos son descendientes directos de aquella elogiable abuela, quien prefirió comprarle a su nieta Crítica de la razón pura en lugar de ese libro de Meyer que ella tanto quería leer, en virtud de lo que el libro le pudiese aportar a su vida. Los padres exigen que los libros sirvan como un elemento de doctrina y a su vez que no los saquen de su mundo de mermelada. Lo libros del canon escapan a esta presión porque el tiempo los ha congelado en un posición privilegiada, porque el tiempo les ha tejido altares inalcanzables. Los libros de nuevos autores son escrutados de una manera poco minuciosa. De hecho la mayor objeción que se les suelen hacer a estos libros es acerca del tema que tocan y la crudeza del lenguaje que utilizan. Ante un libro como Opio en las nubes muchos adultos –léase, padres de familia, docentes de otras áreas, directivas y/o acudientes- se quedan en las primeras veinte o treinta páginas, debido al vocabulario que se utiliza, sin adentrarse en la estructura postmodernista del texto ni en su riqueza vivencial ni en el constante juego con el lenguaje. La razón más importante, sin embargo, se queda en el tintero, no se anuncia, o si se hace es en voz muy queda, ese libro - texto, cuento, novela, antología - enfrenta al lector –al niño, al adolescente, al joven- a un mundo que no se desea enfrentar, que no se desea que conozca.
(continuará...)
  1. Supongo que este tema se había quedado en el tintero por mucho tiempo. Buen comienzo.

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