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miércoles, julio 21




Estaremos de acuerdo que reducir la literatura a un uso estrictamente pedagógico es reducir el ser humano a su esqueleto o a su bazo. ¿Qué nos enseña Bukowskii? ¿qué no hay que beber?, o al contrario, ¿qué si se quiere escribir poesía dolorosamente humana hay que beber hasta las heces? Pero planteada en forma de preguntas la cuestión no deja de ser un recurso retórico baladí. Así que entremos en materia.

La reducción del uso de la literatura en la escuela a la búsqueda exclusiva de valores es una cuestión de tipo moral. No podría ser de otra forma cuando, al menos en occidente, ha sido la iglesia católica a la que durante siglos le ha sido encomendada la educación. No ha mucho –de hecho aún hay padres que piden ese tipo de instituciones educativas- la corrección de los menores se hacía bajo el régimen de la biblia y la tabla. Se premiaba a quien se supiera –de memoria- mas salmos y más pasajes de la biblia (no el cantar de los cantares, ese no) y se despreciaba a quien pensara de otra forma. A estos últimos se les intentaba curar de su herejía bajo tiernos cuidados como el ayuno o haciéndolos arrodillar sobre granos de maíz sosteniendo con los brazos extendidos sendos libros de teología.

Pero la culpa no es de la iglesia. La iglesia hacia lo único que se podía hacer en tales casos, buscaba institucionalizar bajo un credo y un paradigma dominante que se consideraba correcto. El libro sagrado de la iglesia católica es la biblia. Es decir la verdad revelada. Es decir una palabra que no se puede discutir y cuya interpretación es de veras complicada. Cuando no se puede discutir sólo queda la opción de memorizar. ¿se nos hace conocido esto? Además de verdad revelada, la biblia cumple la función que toda mitología tiene, entrega un tratado moral a sus seguidores, les dice que está bien y que está mal, dice lo que se puede y no se puede hacer, lo que es propio de los hombres y lo que es propio de los dioses. Bajo de cientos de creencias, paganas o monoteístas, creer implica entregarse a una moral y a la práctica de unos valores. Valores positivos por supuesto; cristianaos, indiscutiblemente.

Estas valoraciones afectan así mismo la relación del lector con el libro. Cuando un libro no es interpretable sino memorizable, no se puede glosar, no se puede subrayar para recordar después (si se puede usar un separador, una biblia de antaño tenía una gran cantidad de cintas de tela que servían de separadores), es un objeto bello que no se puede profanar, que no se puede lanzar contra una pared en caso que nos aburra. Si se le pregunta a un niño que se es un libro nos lo reducirá a una biblia. Todo libro, para un niño pequeño, es una biblia. Sólo los lectores que han logrado introyectar su creencia de manera personal son capaces de subrayar una biblia. Sólo quienes introyectan la práctica de la lectura, superando la idea escolástica de la evaluación, se atreven a tener una relación íntima y personal con la lectura.

Heredamos de la iglesia (la culpa no es de la iglesia – este no es un alegato contra la iglesia-, ella es sólo un accidente) la forma de ver el mundo y por ende asumimos que, al igual que la biblia, toda literatura, todo relato, debe reflejar el mismo orden moral (¿Acaso lo alto no ha de ser reflejo de lo bajo?).