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La ciudad como texto: skateboard

Author: Diego Fernando Marín
martes, julio 13


“Con una tabla de patinar no se puede tener cuidado, hombre.”

Un Chico. It. Stephen King.

Tarde o temprano todos tuvimos la experiencia. Jugueteamos un poco con esa tabla de cuatro ruedas. La impulsamos, la giramos, nos dejamos caer por un declive hasta que al fin nos decidimos y comenzamos a intentar nuestras propias piruetas. Nada arriesgado por supuesto, quizás un derrape, saltar con ella. Entonces, por nada, la bendita tabla nos muerde las pantorrillas o nos hace probar el polvo. Nada que hacer, se acabaron los escarceos amorosos; los patines, las bicicletas son artefactos más seguros, veloces, autónomos y divertidos. Los más, desde la increíble cima de sabiduría que ostentamos a los doce años, abandonamos la tabla de patinaje y nos vamos a otra cosa. Pero hay otros, unos cuantos, los menos, que parecen haberse negado a envejecer, los que no se resignan, los que nunca aprenden a tener cuidado y terminan conquistando unas cumbres inmensas y aparecen sonrientes en ESPN antes de otorgar al mundo algo de gracia y belleza.

En Cali son pocos. En Nueva York, Estocolmo, París o Londres, pueden ser más. En cualquier parte parecen ser mirados como rebeldes sin causa con complejo de Peter Pan. Hay mucho de eso, por supuesto, ver a un hombre de 45 años, con pantalones cortos, rodilleras, coderas y casco mientras va impulsando una tabla de patinaje al borde de unas gradas no causa una buena impresión. Eso, en definitiva no puede ser serio. Excepto que es mortalmente serio, un deporte de competición en donde para poder triunfar se exige un desempeño y una sangre fría que rayan en el absurdo. Y si vamos a ridículos, qué puede ser más ridículo que un grupo de hombres panzones que se reúnen los fines de semana a correr detrás de un balón y celebrar cada gol con unas cervezas y el final del partido con una buena fritanga. Pero nos extraviamos.

Para el skateboard, aquel que se ha formado en la calle, aquel para quien su tabla de patinaje es una suerte de libertad, la ciudad entera es una pista de de entrenamiento diario. Sin embargo mientras el ciclista, el caminante o quien patina, buscan una vía suave y despejada de obstáculos sobre la cual desplazarse, el skateboard buscará unas gradas, unos pasamanos, una hondonada.

Esto por supuesto ha tenido sus inconvenientes. Los practicantes de skate son gregarios por naturaleza. Andan en grupos de 4 ó 5 personas, que se reúnen frente a un edificio o un centro comercial, practicando una y otra vez los mismos movimientos, hasta la perfección o el hartazgo. Siempre se ven los mismos tipos de pantalones, las mismas camisetas, los mismos rostros concentrados y hay quienes juran que tienen los mismos tatuajes. Eso por supuesto puede llegar a ser intimidante, sobre todo cuando toda la indumentaria está acompañada de un rostro feroz de determinación.

Si para un traceur la ciudad entera es un campo de entrenamiento, la ciudad de los skates es más parecida a minúsculas islas perdidas en océanos de nada. Las islas están constituidas por pequeños parques o estacionamientos donde los obstáculos puedan ser divertidos. Es curioso, porque los parques que se han diseñado para ellos se pierden devorados por la maleza. Eso sucede en Cali y en París. Los skates consideran esos espacios de la misma manera en que un conquistador pionero recorrería un parque botánico, espacios demasiados domesticados para que puedan ser divertidos y desafiantes. Hay parques, construido para el solaz de ancianos que van a alimentar palomas, que tienen bancas y bardas y escalones que pueden constituir un verdadero reto para los practicantes del skate. De alguna manera parece ser que en esos espacios los tubos están en el ángulo correcto o las escaleras tienen el número de escalones adecuados. Encontrar un lugar así puede llegar a ser una fuente de alegría, como si Moisés hubiese podido entrar a Nuevo Canaán.

Esto por supuesto ha llevado a que muchas ciudades emprendan una guerra silenciosa pero definitiva contra este deporte. La ciudad quiere deportistas domesticados (no se puede hacer nada contra un traceur cuando cada nuevo obstáculo pasaría a ser un nuevo reto), confinados en sus escenarios deportivos, verlos por ESPN no en los parques o en las calles. Así que si una barda, un arcén proporcionan un buen ángulo o una superficie de deslizamiento adecuada para congregar a un grupo de aficionados se le ponen de inmediato trabas, bandas de metal o interrupciones bruscas.

La ciudad parece estar ganando esta guerra. Quienes lo habitan parecen ser más felices de esta forma. Mientras tanto los skates siguen insistiendo en encontrar sus oasis, sus vías, sus pistas de entrenamiento conquistadas con esfuerzo arte y tesón, en medio del océano de concreto.