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lunes, julio 19


Leemos a Shakespeare, a Borges, a Bolaño (y también a Bolaños), a Stevenson, a Lao- Tse, a King –por supuesto-, a Mendoza, a Benedetti, a García Márquez ;leemos interminablemente autores, relatos, crónicas, cuentos, novelas; leemos porque nos divierte, para estar al tanto de lo último que ha salido, porque algo tenemos que hacer en el baño entre tanto, porque la televisión está llena de programas tan malos que no hay más remedio, porque las filas son aburridorsísimas, para hacernos los interesantes, porque nos obsesiona, para no pensar; leemos porque somos animales de relatos, leemos porque podemos, porque somos humanos.

A menudo en nuestros años de formación nos hicieron leer fárragos enteros de cosas que nunca nos gustaron ni parecían tener nada que ver con nosotros (verbigracia, La Celestina. Como he odiado la condenada historia de Calisto y Melibea, tunantes indecisos). A menudo nos encontramos con tareas que tenían que ver con la disección de la obra (personajes principales, secundarios; ubicación de la trama; resumen, etc.) más que con su comprensión real y, por supuesto, no podía ser de otra forma, con la ubicación de los valores principales de la obra. En lo personal todavía estoy buscando los valores principales (la enseñanza si se quiere, al final todo tiene que apuntar a una enseñanza) de Cien años de soledad. He encontrado dos: No hay que tener sexo con los primos porque los hijos pueden nacer con cola de puerco (en mi caso porque mis primas son feísimas y la única bonita la vine a conocer a los diecisiete años cuando ella ya estaba esperando su primer hijo) y que las cucarachas se matan con el deslumbramiento solar (lo he comprobado con una lupa bajo el sol de verano, como se retuercen las condenadas). El libro tiene como quinientas hojas y de esas historias llenas de sexo y violencia no he podido sacar más enseñanzas. Curiosamente eso no parece quitarle nada de su valor literario.

Cada vez que me enfrento al comentario realizado por un docente – o futuro docente- sobre una obra cualquiera no puedo evitar sorprenderme frente a la infaltable aparición del valor de la obra: el cuento nos enseña…Hay casos peores sin embargo, relatos preciosos que terminan siendo condenados por la ausencia de una enseñanza palpable. Entonces los comentarios que surgen son por completo descalificatorios: no perdería el tiempo leyéndole este cuento a mi hijo (hija, alumno, hermana, cónyuge, etc.). En definitiva el libro – la historia, el relato literario- sólo puede subsistir cuando su enseñanza es palpable, mensurable, usable; el libro es sólo una excusa para hacer pedagogía (No hay que olvidar el revuelo causado por Donde viven los monstruos de Maurice Sendak, en el momento de ser publicado, ante todo porque su personaje principal –Max- no era castigado por sus acciones).

Y si la literatura, estimado lector, tiene beneficios que van más allá de su simple valor pedagógico, ¿cuáles serían estos? Intentaremos responder esta cuestión en las siguientes jornadas.
  1. Yo siempre he creído que la literatura o mejor, los libros, son ventanas a otros mundos; el solo hecho de leer, ir a echar una mirada, es un experiencia maravillosa; no solo por lo que se puede aprender acerca de otros mundos y edades, sino también por lo que podemos aprender de nosotros mismos.

  1. ¡Dios mío! estoy de acuerdo con David. Me iré a confesar.

  1. Me encantó, te atrapé y llevé volando a www.losyurumies.blogspot.com
    Luego también puedes pasear por www.orillera.blogspot.com
    ¡Un abrazo desde La Pampa, Argentina!

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