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El libro de las preguntas.

Author: Diego Fernando Marín
martes, junio 29
Autor: Pablo Neruda
Ilustrador: Isidro Ferrer
Editorial: Media Vaca
Recomendado para: jóvenes lectores.
Conocí las primeras frases de El libro de las preguntas a los quince años en una columna del periódico El País de Cali (en aquel entonces se consideraba aún un buen periódico, no el adefesio que es hoy).  Fueron esas preguntas las que precisamente me convertirían en un promotor de lectura, muchísimo tiempo antes de saber que ese oficio existía.
A diario anotaba una de las doce frases que había encontrado en la columna editorial y a diario me encontraba con la incomprensión pintada en los rostros de mis compañeros. Se convirtió en una costumbre que se diversificaría con otros autores a lo largo del tiempo y durante la cual tendría la satisfacción de ver a uno o dos de mis condiscípulos anotar una frase o verles el libro después en la mano. 
Muchos años después, quizás ocho o diez, conocí al fin el contenido de El libro de las preguntas en unas páginas sin gracia bajadas de internet. Pero el poder de las frases aún estaba ahí: ¿Quién oye los remordimientos del automóvil criminal?, ¿cómo se reparte el sol en el naranjo las naranjas?, ¿y es verdad que vuela sobre las noches de mi patria un cóndor negro? y así, una tras otra, despertando otro tipos de ecos, remembranzas y pensamientos, en algunos casos; en otros, la paradoja, funcionaba como una suerte de koan.     
Hace tres años vine a encontrarme al fin con este volumen preciosamente ilustrado y editado, por esa inquietante editora de libros que es Media Vaca
Un libro con inquietudes que todos deberíamos enfrentar alguna vez. 

Clásicos, niños y jóvenes.

Author: Diego Fernando Marín
lunes, junio 28
Autora; Ana María Machado.

Colección: Catalejo.

Editorial: Grupo Editorial Norma.

Recomendado para: Grandes lectores, docentes y promotores de lectura.



La discusión está dada, ¿qué se hace con esos libros que denominamos clásicos y que parecen tan lejos de las realidades de nuestros niños y jóvenes? En medio de tanto Frin, Crepúsculo, libros de Disney y adaptaciones de películas, será qué insistimos en que lean Las aventuras de Tom Sawyer, Pippi Calzas Largas. Y qué hacemos con la mitología cuando hoy tienen a Bakugan y el anime.

Esas y otras preguntas son respuestas en el espíritu de este libro de Ana María Machado. Sí, la misma autora de libros tan hermosos como Niña Bonita y Punto a Punto. Esta escritora brasilera toma el toro por los cuernos y se afirma en la necesidad que tienen tanto niños como jóvenes de heredar ese largo cumulo cultural que es la tradición occidental. Así habla de la mitología y su influencia en nuestro lenguaje actual, de la necesidad de cultivar quijotes, de la belleza de adentrarse en los textos de las mil y una noches y, ante todo, en la necesidad de explorar esos miles de mundos que muchas personas quieren dejar abandonados en busca de lo actual y lo que está de moda.

Machado asume la importancia del contenido por encima de la forma, por lo tanto nop tiene ningún reparo en aceptar y recomendar adaptaciones del Quijote para niños o Tirante el Blanco o las Mil y Una Noches o Las Metamorfósis. La idea es que los niños se empapen y tengan conocimiento de esos tesoros, nos insiste una y otra vez la autora.

Con muchos títulos recomendados y la sencillez que la caracteriza a la hora de escribir, este libro permite al docente y/ o promotor de lectura realizar una bitácora de viaje para trabajar con los niños y jóvenes el sabor de la literatura clásica occidental.
viernes, junio 4
2. EL DISEÑO: Ilustración y organización espacial.

La ilustración es, por obvias razones, una de las características que más pesa a la hora de elegir un libro. Sin embargo es muy fácil caer en la trampa de lo conocido. Cuando nos referimos es este caso a lo conocido nos referimos a lo más promocionado, a lo producido en masa y que genera, más temprano que tarde, en mero merchandising.




Si comparamos las dos portadas arriba presentadas, la mayor parte de las personas se inclinarán por la portada de arriba por dos razones. La primera de ellas es que Disney ha sabido mantener una estrategia de mercado y de vigencia entre las personas tanto a nivel conciente como inconciente. La familiaridad es la otra, los padres de hoy crecieron con Disney y su cadena de pensamiento lógico apunta a Disney como la mejor elección.

Sin embargo hay una diferencia radical entre los dos libros. En el libro de Disney existe una marca no un autor. Esta característica nos indica claramente que “El Huerto de Donald” es un producto comercial antes que literario. En este caso la publicación ni siquiera es un producto comercial literario original sino que es secundario a los dibujos animados.

Los productos comerciales (sean de Disney, Hasbro, Barney ó Warner Brothers) tienden a ser estandarizados. Las ilustraciones son por lo general iguales, trazos gruesos delimitantes, colores planos sin profundidad, ninguna variación en técnicas pictóricas, el dibujo suele terminarse en un marco de color que desaparece de un momento a otro en la página sin nada que lo delimite. La estandarización, por supuesto, también se asume en el uso del lenguaje. Existe poco vocabulario nuevo porque es más comercial que grupos de cualquier edad puedan adquirir el producto sin sentirse excluidos.

Si comparamos la ilustración de la portada de la derecha con la siguiente imagen nos daremos cuentas de varias diferencias:


Imagen tomada del libro “Tu Grande, Yo Pequeño”

de Gregoire Solotareff. Publicado por la editorial Corimbó.



La ilustración en este caso da cuenta de una técnica pictórica, cuenta con varios matices de color, existe una “caja” de ilustración (dicho de otra forma, la ilustración está claramente delimitada) y una “caja” tipográfica separadas (aunque no se ve en el extremo inferior izquierdo se lee: “Érase una vez un elefantito”. A pesar de los pocos colores que se están utilizando en la ilustración ésta es lo suficientemente sugerente. La ilustración aquí no está sólo mostrándonos lo que nos afirma el texto, nos está brindando información adicional, permitiendo al lector participar de una manera más activa.

Observemos a continuación dos ilustraciones:


Página del libro: “Barney va al dentista” de Linda Cress Dowdy.

Fotografías de Dennis Full. Publicado por Editorial Norma.



Página del Libro: “El Libro Triste” de Michael Rosen.

Ilustraciones de Quentin Blake. Publicado por Ediciones Serres.



La imagen superior es una fotografía en cuyo lateral izquierdo, interviniendo de manera clara la fotografía, se haya la caja tipográfica. Aunque la fotografía es valida como forma artística y de ilustración (veremos un ejemplo más adelante) en este caso es evidente su uso como extensor del medio audiovisual en que la idea fue plasmada originalmente.

En la imagen inferior encontramos la ilustración de un libro que habla sobre la tristeza. Se puede observar un trazo discontinuo, tembloroso y frágil (sello del artista muy adecuado para el tema del libro: la tristeza) que acompaña incluso el cierre de la “caja” de ilustración.

Por supuesto no todos los libros ilustrados manejan el esquema de división entre la “caja” de ilustración y la “caja” tipográfica. A manera de ejemplo tenemos las siguientes ilustraciones:


Página del Libro “22 Huérfanos” de Tjibbe Veldkamp.

Ilustrado por Phillip Hopman. Editado por Fondo de Cultura Económica.


Página del libro “Tío Lobo” de Roger Olmos.

Ilustrado Por Xosé Ballesteros. Editador por Editorial Ekaré.

En ambos libros podemos observar que la “caja” tipográfica se mezcla con la “caja” de ilustración, sin embargo y a diferencia de lo visto con el libro de Barney anteriormente no hay interferencia. Dicho de otra manera, las letras están sobre el fondo no sobre la acción o la figura principal.

Uno de los casos en donde suele haber desperdicio de la relación imagen-texto es en los libro de Plan-Lector. En estas publicaciones por lo general se encuentra una ilustración en tonos de grises (¡horror de los horrores! En muchos casos la ilustración no es realizada originalmente a blanco y negro sino a color y luego acondicionada a tonos de grises) y frente a ella el texto. Cuando el libro es para niños de jardín al menos se tiene la esperanza de encontrar las ilustraciones a color. La principal razón aducida para mantener este esquema de publicación son los costos. Sin embargo un libro que se puede comparar de alguna forma a un libro de Plan-Lector es la serie de libros de Lemony Snicket: “Una Serie de Catastróficas Desdichas”. Esta serie de libros se halla acompañada de ilustraciones realizadas a lápiz o carboncillo que intervienen el texto acomodándose a él y dando una apariencia más dinámica y atractiva al libro.



Izquierda: Página de: “Una serie de Catastróficas desdichas” de Lemony Snicket. Las Ilustraciones son de Brett Helquist. Publicado por Montena.

 Derecha: Página de “El Camino de las Siete Lunas”. Ilustraciones de Carlo Guillot. Publicado por Alfaguara.


Otro de los errores comúnmente cometidos es cuando se emplean al interior imágenes originales a color transformadas en tonos de grises.


Imágenes tomadas del libro: “El Imperio de las Cinco Lunas” de Celso Román. Las Ilustraciones son de Alekos. Publicado por Editorial Norma.


Por supuesto el caso de los libros de Plan-Lector merece un capítulo aparte en cuanto a su intencionalidad, diseños y objetivos. Cabe sin embargo mencionar que este tipo de libros no tienen como su prioridad la promoción de lectura sino la didactica. En muchos casos los libros no se hallan realizados para satisfacer las expectativas del lector en formación sino de los docentes y de las instituciones educativas. Por lo tanto se hallan plagados de finalidades aleccionadoras, valores, moralejas y enseñanzas.

Una de las mayores aberraciones consiste en disminuir, conforme aumenta la edad del lector, el número de ilustraciones incluidas dentro del texto (existe incluso una tabla estándar para ello). Aberración porque se termina confundiendo con la idea que el único buen lector es el lector alfabético cuando hay otros tres formatos de textos importantes: el texto oral, el texto multimedial, o multimodal, y el texto icónico.
jueves, junio 3
Escoger un libro adecuado para un niño exige dos habilidades conocer al niño y conocer el texto.



La clasificación de los libros por niveles de lectura no obedece a edades ni a grados de escolaridad, obedece, en cambio, a sus niveles de desarrollo y competencias como lector.

Este tipo de clasificación se ha venido arraigando a través del trabajo de Jim Trelease, autor del libro: “Manual de la Lectura en Voz Alta” editado en Colombia por Fundalectura. Ateniéndose a esta filosofía la editorial Alfaguara en su colección “Nidos para la Lectura” sigue esta clasificación, de manera similar los libros infantiles del Fondo de Cultura Económica también tienen distinciones por niveles de lectura y no por edades.



PARA BEBÉS

Una de las preguntas más recurrentes de los padres es ¿desde qué edad puedo leerle a mi hijo?

Desde los cuatro meses de gestación. En el vientre materno el feto ya es capaz de captar ritmos, entonaciones y la prosodia de la voz. Lo que muchos padres olvidan con el paso del tiempo es que la promoción de lectura en niños y jóvenes no debe estar mediada en búsqueda de la utilidad de los textos, sino por el afecto.

Los bebés comienzan a leer a través de sus padres. La lectura, por supuesto, no se halla limitada a la decodificación de símbolos sino a la aprehensión del mundo y del tiempo. Leer entonces es contar cantar y jugar con el cuerpo. Los primeros libros pueden ser de tela o de plástico para acompañarlos en el sueño y la ducha. Un poquito más grandecitos los libros vienen a ser de cartoné (ese material duro y grueso que parece cartón fino). En esa época el libro es un juguete más al que se muerde, se tira al suelo y siempre se ojea. En esta época el niño, al igual que con otros muchos objetos, aprende a manejar el libro y a distinguir que existe una secuencia dentro de ellos.

La compañía del padre entonces ha de ser crucial para ellos, son los padres los que acompañan, los que guían los que relatan los libros de imágenes, los que les cantan y les cuentan el libro y el mundo.

Los libros deben ser sencillos y fuertes, capaces de aguantar el trato fuerte. Son libros de imágenes con colores en fuertes contrates y no muy detallados. En caso de tener texto, este suele ser de unas pocas frases.



PARA LOS PEQUEÑOS

Aún sin el conocimiento del alfabeto ya los niños comienzan a descifrar los libros. Es la época de la lectura en la noche, de la lectura pedida una y mil veces. Son los momentos en que a través de las imágenes los niños ya relatan historias. Es también la edad en que puede aparecer la poesía, esta aliada y compañera de la música. La poesía ocupa un lugar importante por su capacidad de jugar con el lenguaje. Es el tiempo de las adivinanzas y de los trabalenguas, de las retahílas y de los juegos de palabras que se pueden repetir ad absurdum pero que siempre les resultaran a los niños satisfactorios y divertidos.

Libros de poemas y narraciones cortas. Son libros de alta mortalidad sobre todo porque se escribe y se dibuja en ellos. Las imágenes ya son un poco más detalladas y las acciones que representan son más complejas.



PRIMEROS LECTORES

Cuando los niños alcanzan el alfabeto suele haber un desprendimiento de muchos padres de su papel de formadores en lectura. Precisamente esta es una de las razones que determina el inicio de la etapa escolar como una fase crítica en el desarrollo de los hábitos lectores.

Es aquí precisamente donde los niños más necesitan el acompañamiento de sus padres. Es una época de mucha ansiedad. Por una parte el niño ansía comenzar a dominar el alfabeto y por otra parte teme mucho hacerlo por las responsabilidades que ellos pueda implicar y porque puede perder los momentos compartidos alrededor del libro con su padres.

Es este momento ya se puede incentivar al niño a realizar sus primeras lecturas en silencio.

Ya pueden aparecer en este momento las primeras novelas cortas, las primeras colecciones de cuentos y los primeros libros informativos.



LECTORES EN MARCHA

Los libros de misterio, detectives y terror están a la orden del día. Los niños temen y aman a la noche. Los niveles de complejidad aumentan y los libros están divididos por capítulos cada vez más largos. En muchos casos (para disgusto de los padres) se comienzan a fijar los gustos en los libros con elementos sobrenaturales y monstruos tales como dragones, trolls y brujas.



JÓVENES LECTORES

Es el momento en que la reflexión comienza a hacer su aparición. Las estructuras de los textos son más complejas y el lector no depende de largas secuencias de acción para disfrutar el libro. Ahora es capaz de disfrutar las descripciones del paisaje y las dudas que pueden enfrentar sus protagonistas. La poesía, sobre todo la romántica, es importante en esta edad.

La función de los padres tanto en esta etapa como en la anterior está orientada a la conversación, al disfrute de tiempos de lectura en silencio. Eso no es óbice sin embargo para no leerles algo que les haya llamado la atención. Compartir una noticia del periódico, un poema o un artículo son actividades a ser disfrutadas de manera espontanea.



GRANDES LECTORES

Es el momento en que el lector en formación se abre ante estructuras muy complejas y alambicadas sólo por el gusto de sentirse retado. Se abre ante el libro y lo incorpora como un elemento positivo dentro de su vida.
miércoles, junio 2
Esta serie de artículos pretende brindar a los adultos una serie de herramientas para elegir libros para aquellos lectores que apenas se están formando.



1. NÍVELES DE LECTURA



Es común encontrar hoy en día que muchas editoriales manejan una clasificación en sus libros basada en edades. Los libros entonces son anunciados como: a partir de cinco años, a partir de doce años, a partir de 99 años, etc. En algunos casos la clasificación también está acompañada por distintos colores según las edades. Aunque útil para los colegios este sistema maneja varios inconvenientes, a saber:

1. Las competencias lectoras en las personas (no sólo en los niños) no son estandarizables. Un niño de ocho años de una zona rural no tiene las mismas competencias lectoras que un niño de una zona urbana. Esto no tiene nada que ver con la inteligencia sino con la exposición a la lectura que se haya tenido. Muchos de los habitantes de las zonas rurales en nuestro país ven la lectura como una labor que no aporta nada en realidad. Como nada, debe traducirse como nada que aporta algo útil a los estudiantes, ya que no es algo que se traduzca en acciones palpables o que tenga alguna satisfacción pecuniaria. Esto a su vez tiene una repercusión atroz en el sector educativo ya que tanto editoriales como docentes pretenden vender la lectura como una necesidad imprescindible para la supervivencia diaria. Se debe aprender a leer para comprender los contratos, para llenar formularios, para tener buenos temas de conversación, para comprender los mapas y entender el periódico, las vallas y los artículos de internet. No se lee entonces por placer o como forma de ocio o para ser ciudadano crítico, se lee apenas para mantener el status quo, para que se compren más libros de actualidad o de moda. Se debe leer, en otras palabras, para consumir.

El ambiente lector que rodea a los niños y jóvenes es muy importante. Un niño que crece en medio de personas que lee es más susceptible de ser un lector autónomo con mayor rapidez que un niño que está rodeado de personas que no leen. No importa en este caso la mayor o menor exposición a la televisión y los videojuegos sino a gente que lee alrededor de ellos y a la calidad de material lector que hay alrededor.

Una diferencia palpable se puede observar con los libros de Harry Potter. En países con mayor tradición y hábitos lectores que los colombianos un niño de 6 (en algunos casos cinco años) ya están leyendo las aventuras del niño-mago, en nuestro país tal exposición suelen tenerla alrededor de los 9 a 10 años y eso sin contar los centenares de niños a quienes el dichoso libro les está negado por las férreas creencias religiosas de sus familiares.

2. Se realiza una nivelación por lo bajo.

Cuando se piensa en colecciones por edades se debe buscar que la mayor cantidad de niños y/o jóvenes puedan comprender el material que se va a leer, por lo tanto los niveles de complejidad que se proponen suelen acogerse dentro de los estándares de la mayoría y pocas veces se arriesgan a retar la inteligencia de los lectores en formación.

3. Los padres y maestros no leen.

Al no tener tiempo para leer (seamos honestos: tiempo hay, lo que no hay es hábito lector) tanto padres como maestros se acogen de manera tacita a lo que dicta la editorial en su portada y vienen a descubrir el libro cuando lo están leyendo con los niños y jóvenes. En este momento pueden suceder dos cosas. En la primera de ellas se puede exhalar un suspiro de alivio cuando resulta que el libro es atractivo para el lector en formación y se compenetra con el texto. En segundo lugar el caso puede ser más dramático, lectores aburridos, molestos, cerrados ante textos que en algunos casos son inadecuados por razones tan variadas como estado anímico, manejo del tema, desarrollo de personajes, etc.