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viernes, mayo 29

Recientemente los diarios recogieron un hecho asombroso ante el cual algunos apenas estamos reaccionando. Google Books ha venido escaneando a diestra y siniestra cualquier tipo de material impreso existente. Ya no se limita a contenidos descatalogados sino que asume que cualquier cosa impresa es digna de ser escaneada y publicada completamente en la web con compensaciones ridículas a los autores.
En principio aquellos que leemos en formato electrónico no tendríamos ninguna queja para ello. Sin embargo no deja de ser ridículo (las ventajas del mundo capitalista) que mientras Argentina cierra dos webs por difusión digital de material con derechos de autor aún vigentes y condena a la cárcel a su autor (las webs en particular difundían la obra de dos filósofos de cuyos nombres no me acuerdo –se ve que la filosofía no es mi fuerte) no parece importar a nadie que este gigante electrónico esté haciendo lo que quiere, violando los derechos de autor y aplazando un juicio que revolucionaría de una u otra forma el mercado del libro tal y como lo conocemos. La pregunta surge claro, ¿Por qué Google puede y un autor Argentino que no tenía interés económico no puede?
Cada vez más son los sitios que se dedican al intercambio de libros digitales de manera desinteresada los que son atacados con virus o son cerrados por violar derechos de autor, en tanto Goole Books sigue en su tarea “democratizadora” con impunidad. Dejo abierta la pregunta.
Por supuesto los autores se quejan y reclaman al igual que las editoriales que dejan de percibir sus monstruosas ganancias. El fenómeno de Google Books, a pesar de todo, urge a cuestionarnos acerca de las posibilidades de los productores de cultura en el mundo digital. Se ha abierto todo un campo de investigación (hoy parece que a nadie le importa la investigación) en materias de mercadeo, distribución y producción cultural que debe ser repensado y reconstruido de alguna forma. Una vez más la cultura (música, literatura, cinematografía) se queda atrasada en cuanto a los desarrollos tecnológicos y lo hace de manera pobre y triste. Mientras Mario Vargas Llosa se queja de la pobreza de los libros creados para la pantalla (como si el formato fuera más importante que el contenido) Stephen King cierra tratos con Amazon para distribuir un libro escrito de manera para el Kindle. Mientras Google Books tiene un ejército de escaneadores, los narradores se quejan en lugar de buscar nuevas formas narrativas (aprovechando los elementos multimedia e interactivos) que sin perjuicio del arte los coloque en posición de negociar y de realizar exigencias.
Así vamos, esperemos a ver lo que sucede. A aquellos que no estamos aún siendo directamente perjudicados parece que lo que nos gusta es esperar el resultado de los eventos que nos avasallan…

Bibliotecas II (Bibliotecas Públicas III)

Author: Diego Fernando Marín
Idealmente las bibliotecas públicas deben estar al servicio y disposición de cualquier tipo de usuarios. Sin embargo con la Biblioteca Departamental y otras bibliotecas públicas tiene lugar una sencilla paradoja. En su búsqueda de diferenciarse de las bibliotecas escolares y atraer otro tipo de usuarios buscan (casi con desesperación me atrevería a decir) desestimular la afluencia de los estudiantes de primaria y bachillerato a sus instalaciones. No afirmo con esto que no se ofrezca un buen servicio ni una buena atención a estos usuarios (¿cómo podría haberlo si más del 70% de sus visitantes son escolares?) sino que su material no es apto para las “investigaciones” que las entidades educativas envían a realizar a sus estudiantes. Aquí nos encontramos con una doble falencia, la biblioteca pública no está interesada en cubrir una demanda que cada día es más acusada dentro de un sector de la población y, por otro lado, lo que la educación colombiana denomina “investigación” se asemeja más a una caza del tesoro de definiciones y conceptos enciclopédicos que no los preparan para la educación superior ni para las exigencias de un mundo mediático superficial, tendencioso y en apariencia más interesado en confundir que en profundizar.
Un ejemplo de esta falencia investigativa y académica se puede encontrar en la definición que de los mitos se da en las instituciones educativas (verbigracias, una narración fantástica que da cuenta de los orígenes del mundo) y que se circunscribe principalmente al estudio de los mitos griegos y, sí acaso, las mismas historias de los Chibchas (Bachúe) y los Ticunas (el origen de los hombres) que se contaban hace cincuenta años. Como si las investigaciones sobre folklore colombiano y latinoamericano se hubiesen detenido en el tiempo.
A nivel mundial también encontramos un atraso considerable en los servicios virtuales ofrecidos por las bibliotecas. Las páginas web suelen destacarse por su pobreza tanto en servicios como en contenidos interactivos que en muchos casos se hallan fuera de foco (un ejemplo de estos e puede observar en los contenidos “infantiles” de la Biblioteca Luis Ángel Arango que aunque pretender ser innovadores alejan al usuario potencia con un tipo de letra ridículo e incomodo). La biblioteca del centro Cultural Comfandi no existe y bajo la referencia de Biblioteca en la página del Centro Cultural, lo único que se halla son los precios y contactos para el alquilar de las diferentes salas para eventos.
Colombia, sin embargo, no es la única que tiene fallas en este aspecto. El espacio virtual de la Biblioteca de Alejandría (al menos en lo que para niños se refiere) es tan sólo una colección de vínculos a páginas que en muchos casos son comerciales (Marvel Comics, por ejemplo) sin tener un contenido del que se pueda disfrutar. Lo curioso de esto es que otro tipo de páginas relacionadas con la lectura (la revista virtual imaginaria, blogs -este entre otros tantos-, grupos de intercambio de libros) marcan desde hace unos años una tendencia de la que al parecer las bibliotecas públicas (Sí, la del Congreso de Estados Unidos también) parecen ignorar por completo.